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Los “clamorosos silencios” de algunos obispos

La libertad, entonces como hoy -me he dicho- sigue teniendo un precio; también para los cristianos. ¿Es el miedo a pagarlo lo que explica tantos “silencios clamorosos”? ¿O es que hay algo todavía mucho más preocupante?

El silencio que también condena | Foto de Kristina Flour en Unsplash

Tras el ascenso de A. Hitler a la cancillería (enero de 1933) se abrió un proceso de “alineación” de todas las instituciones alemanas -incluidas las eclesiásticas- en torno al partido nazi. El objetivo de tal política no era tanto destruir, en este caso, las iglesias cuanto someterlas y hacer de ellas instrumentos de propaganda nacionalsocialista. Fue así como se abrió un proceso de “nazificación” no solo de las diferentes iglesias alemanas, sino también de todas las instituciones sociales, políticas y culturales. Y, por fortuna, también se abrió otro de desmarque, cierto que minoritario, por parte de algunas personalidades relevantes. Centro la atención en el de algunos cristianos en las iglesias evangélicas. Concretamente, la oposición evangélica a esta política “nazificadora” reunió 139 delegados en Wuppertal-Barmen (mayo 1934) para fijar las líneas rojas que, por coherencia cristiana- no se podían traspasar. Tales líneas rojas eran seis tesis en las que recordaban “la fe común” porque estaban en “gravísimo peligro” dicha fe y la unidad “de la Iglesia Evangélica Alemana”. El lector interesado puede leer íntegramente esta histórica Declaración en internet.

A lo largo de estas últimas semanas no he podido evitar recordar la primera de las tesis: “Jesucristo -entiendo que El que, según el Evangelio, se identifica con los parias del mundo- es la única palabra de Dios. A ella sola debemos escuchar, en ella sola debemos confiar y obedecerla en la vida y en la muerte”. Me lo ha provocado “escuchar” el “clamoroso silencio” del episcopado católico en Gipuzkoa ante la prohibición de las cenas solidarias, así como el, igualmente “clamoroso silencio”, de una buena parte de la Conferencia Episcopal Española en el drama de Ceuta y ante la distinción -que parecen dar por buena- entre personas humanas que luchan por sobrevivir y ciudadanos que defienden con uñas y dientes su calidad de vida. Y ¡cómo no¡ también me lo han provocado las “boutades” o extravagancias a las que, desgraciadamente, nos tiene acostumbrados el arzobispo de Oviedo.

El mapa electoral de una Alemania que vuelve a mirar a sus fantasmas

Pero, para consuelo mío, también me ha venido a la memoria la tesis tercera: “rechazamos la falsa doctrina según la cual la Iglesia podría dejar la forma de su mensaje y de su orden a su propio arbitrio o al cambio de las convicciones ideológicas y políticas predominantemente en boga en tal o cual momento”. En esta ocasión, el activador del recordatorio ha sido la valiente posición que la Iglesia alemana viene manteniendo desde hace tiempo frente a Alternativa por Alemania (AfD): para los obispos católicos alemanes “el nacionalismo étnico y el cristianismo son incompatibles”. Ello quiere decir que tal ideología y sus correspondientes instituciones “no pueden ser un espacio para que los cristianos participen en sus actividades políticas ni son elegibles para las elecciones”. Y también quiere decir que la militancia en ellos “es incompatible con el servicio a tiempo completo o voluntario en la Iglesia”. Quienes, a pesar de estos criterios, sigan militando en AfD y continúen prestando tales servicios en la Iglesia pueden -y deben- ser excluidos “de cargos eclesiásticos”, sean remunerados o no. Blanco y en botella.

Me lo ha provocado “escuchar” el “clamoroso silencio” del episcopado católico en Gipuzkoa ante la prohibición de las cenas solidarias, así como el, igualmente “clamoroso silencio”, de una buena parte de la Conferencia Episcopal Española en el drama de Ceuta y ante la distinción -que parecen dar por buena- entre personas humanas que luchan por sobrevivir y ciudadanos que defienden con uñas y dientes su calidad de vida

Esta tesis tercera también me ha venido a la memoria leyendo la declaración conjunta dada conocer por representantes de las iglesias cristianas de Sajonia-Anhalt, el obispo Friedrich Kramer de la Iglesia Evangélica de Alemania Central, el obispo católico Gerhard Feige de la diócesis de Magdeburgo y Karsten Georg Wolkenhauer, presidente de la Iglesia Evangélica de Anhalt (7 de septiembre): “Como iglesias, observamos con gran preocupación los resultados electorales. Estas elecciones regionales han transformado profundamente la estructura política de Sajonia-Anhalt. El estado está dividido” (…). Y concluyen: “nuestra preocupación también abarca las consecuencias, anunciadas por la AfD, que el resultado electoral tendrá sobre la cultura y la educación, la comunidad y el voluntariado, la Diaconía, Cáritas y las Iglesias, así como sobre la seguridad interna y externa. Como Iglesias, nos enorgullecemos de nuestra larga historia de resiliencia: hemos superado dictaduras y opresión, guerras y crisis, y seguiremos abriendo nuestras puertas a todas las personas que buscan protección y paz, sanación y guía en la presencia de Dios”.

Tras estos recordatorios, han vuelto a resonar en mí los “clamorosos silencios” de una parte del episcopado español y las extravagancias del arzobispo de Oviedo. Y, a la vez, no he podido evitar que me viniera a la memoria cómo el teólogo K. Barth, uno de los redactores de la Declaración de Barmen, se negó a prestar juramento de fidelidad a Hitler, en noviembre de 1934. En junio del año siguiente, regresó a su Suiza natal, incorporándose como profesor en la universidad de Basilea, donde permaneció hasta el final de su labor docente (1968). La libertad, entonces como hoy -me he dicho- sigue teniendo un precio; también para los cristianos. ¿Es el miedo a pagarlo lo que explica tantos “silencios clamorosos”? ¿O es que hay algo todavía mucho más preocupante?

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