Discernir la inteligencia artificial desde el Evangelio: Entre el cálculo y la relación
"¿Quién era el ser humano que necesitaba ChatGPT?, ¿por qué lo necesitaba?, ¿para qué?… podría ser un gran punto de partida para el discernimiento y para aportar, ante una visión antropológica, la lógica humana del evangelio: amistad, cuidad, relación"
En su carta sobre la custodia de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial, el papa León XIV expresa que todo en la revolución digital «requiere un discernimiento sobre la visión antropológica que lo guía y los fines que persigue» (MH, n. 94). Ciertamente, el discernimiento «no se puede limitar a preguntarse si usamos un determinado sistema para un fin bueno o malo, sino que debe interrogarse también sobre el modo en el que está diseñado y qué idea de persona y de sociedad queda inscrita en los datos y en los modelos que lo guían» (MH, n. 104). Sin embargo, tras cinco meses de su publicación, parece que todavía no se formula la pregunta decisiva: ¿quién era el ser humano que necesitaba ChatGPT?, ¿por qué lo necesitaba?, ¿para qué? Este podría ser un gran punto de partida para el discernimiento y para aportar, ante una visión antropológica, la lógica humana del evangelio: amistad, cuidad, relación.
Aquello que Alessandro Baricco expresaba sobre los smartphones se puede expresar perfectamente sobre la inteligencia artificial: «el nuevo [ser humano] no es el producido por el smartphone: es el que lo inventó, el que lo necesitaba, el que lo diseñó para su uso y consumo, el que lo construyó para escaparse de una prisión, o para responder a una pregunta, o para acallar un miedo» . Aquel proyecto de humanidad o visión antropológica, como expresa León, que dio inicio a la revolución digital supuso introducir a los seres humanos, sus ideas y sus cosas en un sistema dinámico «donde la fricción con el mundo se redujera al mínimo y la facilidad de movimiento se convirtiera en el valor más alto, y su razón primera, y su único fundamento».
Para construir todo este proyecto privilegiando la no-fricción (la fluidez o la hiperconectividad) hizo falta poder traducir un mundo-universo al peso más liviano posible, garantizando así su capacidad de viajar más rápido. Por eso, aunque la IA tiene sus propias particularidades y afecta de manera distinta a cada persona que la prefiere y utiliza —lo mismo cabría afirmar del universo de las redes sociales—, lleva inscritos los elementos que dieron inicio a la revolución digital y a su proyecto de humanidad. En este sentido, la inteligencia artificial es un rostro técnico —uno más, una capa más— de «la idolatría del lucro que sacrifica a los débiles, la uniformidad que aplana las diferencias, la pretensión de un lenguaje único —incluso digital— capaz de traducirlo todo, incluso el misterio de la persona, en datos y rendimientos» (MH, n. 10). Que los chatbots hagan esto, lo mismo que los algoritmos; o algún VUI en alguna casa, no es un error del sistema: han sido construidos persiguiendo este modelo de humanidad.
¿En dónde desemboca la eliminación completa de la fricción con el mundo y, por tanto, de la mediación? La pérdida del rostro-otro. ¿Por qué?
Para el discernimiento conviene no olvidar que eliminar la fricción con el mundo ha sido el objetivo principal, si bien no el único que da coherencia a toda la revolución digital: desde el ordenador hasta Fable 5. En otras palabras, aquello que todavía late en su vientre, es un «instinto elevadísimo de instalar un mundo a tracción directa, saltándose todos los pasos posibles y reduciendo al mínimo las mediaciones entre [el ser humano] y las cosas o entre [una persona y otra]» como muy bien explicó Baricco hace algunos años. Esta supresión de las mediaciones, sin embargo, es solo aparente. Hoy se sabe que han sido reemplazadas por otras más opacas: plataformas, sistemas de recomendación, modelos de inteligencia artificial y empresas tecnológicas. Que, por cierto, debido a su nebulosidad y casi invisibilidad, tienen común que dificultan la interpelación.
¿En dónde desemboca la eliminación completa de la fricción con el mundo y, por tanto, de la mediación?La pérdida del rostro-otro. ¿Por qué? Porque el otro introduce demora, resistencia e imprevisibilidad. No siempre responde como se espera, no confirma necesariamente nuestros deseos y exige escucha y reciprocidad. Cuando la rapidez, un modo de hablar homogeneizante, la inmediatez —entre otros valores— se convierten en criterios dominantes, esa alteridad puede aparecer como un obstáculo que conviene evitar o como un dato que debe administrarse.
Primero se tradujeron al peso más liviano algunas cosas del ser humano, por ejemplo, sus cartas. Sin embargo, pronto no solo se digitalizó todo lo propio —ideas y pensamientos—, sino que el otro también quedó integrado en este universo digital. Así, el ser humano que quería «delimitar el contacto con la realidad física, para hacer más fluida, más limpia y más agradable la relación con el mundo, con las cosas, con las personas» necesitó que todas sus cosas—su música, por poner otro ejemplo—, sus ideas, sus pensamientos y todo lo humano navegaran sin fronteras, sin orden y sin estancamiento: leve, casi sin peso, siempre a salvo de la realidad material que, por supuesto, hace todo más lento, complicado y lleno de fricciones; una realidad que, entre otras cosas, con su fricción y orden obliga al encuentro con un-otro-distinto-de-mi. Tal vez, para discernir la visión del ser humano que dio origen a la revolución digital y, dentro de ella, a la inteligencia artificial, esto suponga una idea clave.
De todos modos, conviene precisar que el problema no es toda reducción de la fricción, sino convertirla en el criterio rector de la vida social y aplicar su lógica a realidades como la amistad, la educación, el cuidado y el discernimiento, cuyo valor depende precisamente del tiempo, la resistencia y la reciprocidad. Así, mientras un modelo de progreso (digital) busca reducir la fricción y desplaza las mediaciones humanas, el obispo de Roma apunta en otro sentido: «El verdadero progreso nace siempre de un corazón abierto al otro, de una inteligencia dispuesta a escuchar, de una voluntad que busca lo que une más que lo que separa» (MH, n. 15). Desde esta perspectiva, resulta preocupante que, en ausencia de fricción, el rostro-otro tienda a desaparecer y que, por tanto, se tornen inciertas las posibilidades de un proyecto de fraternidad-sororidad.
Recordaba Francisco en Christus vivit que la cultura digital puede obstaculizar «el desarrollo de relaciones interpersonales auténticas» (Ch, n.88). A su vez, en Fratelli tutti apuntaba: «Las relaciones digitales, que eximen del laborioso cultivo de una amistad, de una reciprocidad estable, e incluso de un consenso que madura con el tiempo, tienen apariencia de sociabilidad. La conexión digital no basta para tender puentes, no alcanza para unir a la humanidad» (Ft, n. 43). Ante esta incertidumbre, una pregunta para el discernimiento consiste en plantear la siguiente cuestión sobre la inteligencia artificial —en concreto— y la revolución digital —de manera más amplia—: «¿Contribuyen realmente a hacer crecer a las personas y a los pueblos en humanidad y fraternidad, en el respeto a la Casa común y a las generaciones futuras?» (MH, n. 85).
Ante esta visión antihumana, el obispo de Roma contrapone el Evangelio 'porque proporciona los criterios para reconocer lo que humaniza o deshumaniza, lo que libera u oprime, en situaciones siempre nuevas' (MH, n. 36)
Se podría sumar a este elenco de reflexiones una buena síntesis de la problemática recordando las palabras de León XIV en su catequesis del 16 de septiembre de 2026. En ella, el papa expresaba: «Por un lado, de hecho, el desarrollo tecnológico, la difusión de los medios de comunicación y de las redes sociales, el siempre creciente recurso a la inteligencia artificial, abren nuevas posibilidades, derribando barreras y distancias; por el otro lado, las relaciones tienden a convertirse en cada vez menos personales, más virtuales, y se corre el riesgo de acostumbrar a delegar en los algoritmos decisiones que corresponden solo a la conciencia humana».
A partir de lo anterior, debe admitirse, además, que esta revolución y esta cultura (digitales) tiende más bien a «una uniformidad que elimina la diversidad y que, en lugar de la comunión, elige la homogeneización» y que, al mismo tiempo, «sacrifica la dignidad de las personas en aras de la eficiencia» (MH, n. 7).
¿Qué propone León XIV ante la revolución digital y, concretamente, ante su hito más reciente, las inteligencias artificiales generativas?
Si el paradigma digital concibe la plenitud como disponibilidad inmediata, eliminación de la resistencia y control, la antropología cristiana propone un movimiento contrario: recibir la existencia como don, reconocer la vulnerabilidad y aceptar que el otro nunca puede reducirse a una función disponible. En sus palabras, la visión antihumana de la revolución digital y de la IA sostiene que «la plenitud de la vida consistiría en tener más, reducir la fragilidad, eliminar lo imprevisto y controlarlo todo. Cuando la eficiencia se vuelve medida de valor, el ser humano es tentado a considerarse como un proyecto que debe optimizarse más que como una criatura llamada a la relación y a la comunión» (MH, n.112).
Ante esta visión antihumana, el obispo de Roma contrapone el Evangelio «porque proporciona los criterios para reconocer lo que humaniza o deshumaniza, lo que libera u oprime, en situaciones siempre nuevas» (MH, n. 36). Por ello, en gran parte de su reflexión expone y enfatiza los elementos de humanidad que forman parte fundamental de la propuesta cristiana, es decir, del Evangelio. Por supuesto, dirige la mirada principalmente a la humanidad de Jesús, en su encarnación, se encuentra para el creyente el camino, la verdad y la vida —afirma León XIV—. La describe como «plenamente libre, abierta a los demás, capaz de construir relaciones solidarias y preciosas, y entregada al don total de sí» (MH, n. 49). La plena humanidad del Verbo encarnado sirve como criterio para discernir —en el horizonte del proyecto del Reino— qué es lo que humaniza y plenifica. «Aprendiendo a acoger a toda mujer como hermana y a todo hombre como hermano, hijos de un mismo Padre» (MH, n. 49), quien sigue libremente al maestro de Nazaret, va humanizando cada vez más la realidad (digital).
¿Cómo se traduce esta visión relacional en la cultura digital?
Al dirigirse a los misioneros digitales, León XIV los invitó a reparar las redes mediante la construcción de «otras redes: redes de relaciones, redes de amor, redes de intercambio gratuito, en las que la amistad sea auténtica y sea profunda. Redes donde se pueda reparar lo que ha sido roto, donde se pueda poner remedio a la soledad, sin importar el número de los seguidores —los follower—, sino experimentando en cada encuentro la grandeza infinita del Amor. Redes que abran espacio al otro, más que a sí mismos, donde ninguna “burbuja de filtros” pueda apagar la voz de los más débiles. Redes que liberen, redes que salven. Redes que nos hagan redescubrir la belleza de mirarnos a los ojos. Redes de verdad».
Reparar las redes consiste en devolver espesor humano a unas relaciones sometidas a la rapidez, la visibilidad y el cálculo. Esta tarea cobra especial importancia a la luz de lo que León XIV sostuvo en su catequesis del 16 de septiembre de 2026. Allí señaló que la contribución de la comunidad cristiana consiste en «hacer que las relaciones sociales tengan sustancia real y profundidad personal» en medio de la revolución digital y en tiempos de la inteligencia artificial.
Lo dicho podría parecer poco relevante para discernir (en) la era de la IA. Sin embargo, lo que expresa el numeral cincuenta contiene una clave importante: «Cada persona, hecha constitutivamente para la relación, es pensada y querida por Dios para entrar en una historia de comunión con Él, con los demás y con la creación» (MH, n. 50). Para la visión cristiana, la relación es constitutiva: sin ella, algo se quiebra en cada ser humano. Esta relación gira y se alimenta orgánicamente del vínculo con Dios, con esos rostros-otros y —no menos importante— con la creación, porque «todo ser humano es creado a imagen de Dios e incorporado a una red de relaciones que lo vinculan a los demás, a los pueblos y a la creación» (MH, n. 73).
En esta etapa de la revolución digital el modelo de humanidad que predomina expresa que la dignidad de la persona «depende de las capacidades que posee, de las riquezas o del rol que desempeña, de las decisiones justas o equivocadas que toma» (MH, n. 50). Pero, para León XIV, es un don que la precede y la excede. Cada vez que esto se olvida, el ser humano «termina reduciéndose a un medio para obtener resultados, a un recurso para ser usado y explotado» (MH, n. 51). De ahí que se juegue con la atención de las personas, por ejemplo, y que cueste tanto detenerse después de haber visto un video en Tiktok (economía de la atención). La dificultad radica en que «las plataformas y los servicios están diseñados para captar el tiempo y la mirada de los usuarios, explotando sus fragilidades y debilitando la libertad interior. Cuando los modelos de negocio prosperan a costa de la debilidad humana, la persona es tratada como un medio y no como un fin» (MH, n. 170).
En el presente, en lugar de la anti-humanidad o la in-humanidad, será necesario construir un modo de habitar en el mundo que no se reconozca 'por el poder de sus medios, sino por el cuidado que sabe ofrecer, por la capacidad de reconocer un rostro en el otro y no una función'
Asimismo, entre los videos que parecen imposibles de dejar de ver, aparece un contenido capaz de producir la impresión de que todo el mundo (digital) piensa del mismo modo. ¡No hay fricción! «El control no pasa sólo por prohibiciones explícitas, sino por la arquitectura de la visibilidad: lo que se amplifica o se vuelve invisible, lo que se recompensa o se penaliza, termina moldeando opiniones y elecciones, generando conformismo y autocensura» (MH, n. 171).
En otras palabras, lo que queda es el cálculo: «No es la experiencia de quien se deja modelar por la vida y crece en el tiempo por medio de decisiones, errores, perdón y fidelidad; es más bien una adaptación estadística a partir de datos y retroalimentaciones, que puede ser muy eficaz, pero no implica un crecimiento interior» (MH, n.99).
Así, se puede reconocer que la inteligencia artificial no trata exclusivamente de un asunto técnico, sino también humano. Lo que hoy se llama revolución digital está íntimamente ligada a una revolución mental y a un «modelo de humanidad para el que todo esto trabaja». Hoy resulta necesario conservar esa precisión. De ahí la pertinencia de las palabras del obispo de Roma:
El riesgo no es sólo que algunas tecnologías se usen mal, sino que el paradigma tecnocrático en el que estamos inmersos, potenciado por la revolución digital y la IA, haga parecer justa y normal una visión antihumana, según la cual la plenitud de la vida consistiría en tener más, reducir la fragilidad, eliminar lo imprevisto y controlarlo todo. Cuando la eficiencia se vuelve medida de valor, el ser humano es tentado a considerarse como un proyecto que debe optimizarse más que como una criatura llamada a la relación y a la comunión (MH, n. 112).
Por esto, algo en lo que se debe seguir insistiendo en los cursos de formación sobre Pastoral Digital es que nunca se trató únicamente —ni principalmente— de aprender a utilizar instrumentos. Esta es una de las grandes conclusiones del trabajo del Grupo 3 del Sínodo: «el entorno digital no es solo un conjunto de herramientas que hay que dominar, sino que es una cultura». Años atrás, el Directorio para la catequesis apuntaba hacia algo similar: «la verdadera cuestión no es cómo utilizar las nuevas tecnologías para evangelizar, sino cómo convertirse en una presencia evangelizadora en el continente digital». En palabras de Baricco, «no se trataba únicamente de una cuestión técnica, de ordenación del material: [es] una cuestión de estructura mental, de movimiento de los pensamientos, de uso del cerebro».
En el presente, en lugar de la anti-humanidad o la in-humanidad, será necesario construir un modo de habitar en el mundo que no se reconozca «por el poder de sus medios, sino por el cuidado que sabe ofrecer, por la capacidad de reconocer un rostro en el otro y no una función. La capacidad de saber cuidarnos los unos a los otros es una dimensión importante de nuestro ser humano» (MH, n. 114). Así, mientras la revolución continúa impulsando a la humanidad hacia un movimiento cada vez más veloz y sin mediaciones, y nuevas deidades afianzan su dominio, el cristianismo narra un movimiento contrario: «el misterio del Hijo de Dios que entra en nuestra condición narra un movimiento opuesto: el Dios vivo que desciende a nuestra historia para liberarnos de toda esclavitud, asume nuestra debilidad y la transforma en lugar de salvación. No hay un momento ni una condición humana que no sea digno de Dios» (MH, n. 232).
¿Cuándo dejó esto de constituir el horizonte, incluso ético? El amor, el servicio, la entrega generosa y, sobre todo ahora, la confianza «en la fuerza del Reino, que se desarrolla a partir de la pequeñez de un grano de mostaza, como una semilla que, una vez sembrada, brota y crece (cf. Mc 4,26-32). Mientras el ruido de la confusión nos rodea, el bien crece silenciosamente desde la tierra» (MH, n. 210). Elegir esta confianza, esta lentitud, el rostro-otro, la escucha, el diálogo, la palabra, la reflexión serena, el cuidado y la paz requiere libertad interior y un pensamiento crítico. En perspectiva cristiana exige, más aún, una opción fundamental por el Reino de Dios y por el Evangelio.
Queda abierta, ahora, una pregunta: ¿podrá el cristianismo renovar su compromiso con este modo de ser —de encarnar— lo humano? Si lo humano se vive desde la humanidad de Jesús —es la esperanza del obispo de Roma y con él, la de toda la comunidad de fe— será posible navegar esta revolución digital y la era de la inteligencia artificial. Así, mientras la inteligencia artificial prolonga un proyecto antropológico anterior —reducir la fricción, eliminar mediaciones y traducir la realidad, incluida la persona, en datos disponibles—, el discernimiento cristiano debe confrontar ese proyecto con una antropología de la relación, el cuidado y la comunión.