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Todo sobre la tragedia de Urda, #primeroRD

Los farmacéuticos y los sacerdotes de Dios: de Cracovia a Urda

El farmacéutico de Urda
José Miguel Martínez Castelló Doctor en Filosofía y profesor de bachillerato de filosofía, psicología y religión en el Patronato de la Juventud Obrera de Valencia (PJO)  
01 nov 2026 - 10:54

Solía decir Juan XXIII que es en las tragedias donde suele reconocerse el rostro del hermano. El accidente de Urda nos ha vuelto a recordar nuestra visión suicida de la vida y cómo nos dejamos llevar por odios que se disipan en el momento mismo donde todo se trunca y se paraliza. No somos nada. Nuestra vida depende de un hilo tan fino que nos resulta inverosímil. Aprendemos tan poco, tenemos tan poca memoria, que necesitamos de los diferentes mazazos para despertar, y cuando todo vuelve a su cauce ya somos presos, automáticamente, del olvido y de la lógica de la vuelta a la rueda. Estos días estamos siendo testigos directos de testimonios desgarradores, de lágrimas que podrían ser las nuestras, pero de enseñanzas oceánicas, de ejemplos que deberíamos colocar en los frontispicios de nuestros corazones y de nuestras conciencias.

Cada cual estará digiriendo lo sucedido a su manera. Personalmente, Urda me ha llevado a la Cracovia de la ocupación nazi y del holocausto. Las comparaciones pueden resultar odiosas, estas, no, porque comparten el principio más importante de nuestra existencia: el vínculo profundo e inexpugnable del amor a través del servicio incondicional a los otros, a nuestros hermanos. Han aflorado muchos nombres propios, el testimonio desgarrador del joven Guardia Civil que identificó a una mujer por llevar una pulsera de una hermandad. Qué casualidad. Hay decenas; que cada cual elija uno, para aprender y agradecer que estamos vivos. Personalmente, son dos los que me han partido por la mitad: el padre Fernando, el cura del pueblo y Antonio el farmacéutico de Urda.

Dos de los nombres más importantes y significativos del holocausto son Maximiliano Kolbe y Tadeusz Pankiewicz. Sus historias han inspirado y guiado a generaciones enteras. Son un punto y a parte frente a la barbarie humana. Esa barbarie que creemos irrepetible de épocas pasadas, pero que hoy estamos acariciando sin darnos cuenta. El primero, sacerdote católico franciscano, murió en Auschwitz al dar la vida por un preso que había sido condenado a pasar sus últimos días en las celdas del hambre. Desnudos, sin agua y comida, hasta una muerte segura. Kolbe al enterarse que era padre de familia decidió ir él para que tuviese la posibilidad de sobrevivir y de reencontrarse con los suyos. Fue canonizado el 10 de octubre de 1982 por Juan Pablo II y el 14 de agosto la Iglesia Universal celebra su santoral como referencia y ejemplo de cómo llevar el amor de Cristo hasta sus últimas consecuencias.

El padre Fernando, un cura de pueblo, nos ha sorprendido. Fue de los primeros en llegar, consolando a los moribundos y administrando el sacramento de la confesión. Tenía una cita médica, se la saltó, cogió el coche y se dirigió ahí, sin más. Al contemplar la inmensidad de la tragedia dio la absolución colectiva que pueden darse en situaciones de catástrofe sin que se dé la confesión individual. En una entrevista lo ha contado con las siguientes palabras: “Entonces, a voz en grito, me dirigí a todos los que estuviesen en peligro de muerte. Hice lo que sentí que podía hacer en ese momento y que no podía hacer nadie más que yo: el perdón del os pecados y prepararlos por si tenía que llamarlos el Señor al cielo”. A continuación, su puso al servicio de las órdenes de los sanitarios. Cogió muchas manos, se presentaba como cura y repetía que iba a rezar por cada uno. Ni un solo rechazo. La Guardia Civil le invitó a que hiciera lo mismo en el lado del tren Iryo. Hace un año fue operado de cáncer con ciertas limitaciones físicas. Éstas ni aparecieron. Los dolores desaparecieron. Acaba con una reflexión a tener en cuenta: “Mi mediación puede ser simple y aparentemente inútil, pero Dios sabe aprovechar las rendijas”. Se cuenta que Kolbe consolaba por las noches a muchas personas, confesaba y acompañaba hasta la muerte. Hoy sabemos que es posible, que a pesar de estos tiempos de miseria moral, política y social se puede vivir de otra forma porque el amor es lo único que perdura y sostiene.

Tadeusz Pankiewicz | Wikipedia

Por su parte, Tadeusz Pankiewicz fue un farmacéutico polaco católico que desafió a los nazis al convertirse en el único residente no judío dentro del gueto de Cracovia entre 1941 y 1943. A través de su farmacia, conocida como Apteka pod Orlem (Farmacia Bajo el Águila), ayudó y salvó a cientos de personas. Le ofrecieron la posibilidad de regentar otra farmacia en un lugar diferente y seguir con una vida normal regentada por un judío. Se negó. Junto con sus empleadas distribuyó medicamentos de forma gratuita, incluso cosméticos y tintes para rejuvenecer la piel de los ancianos para evitar la deportación a los campos de exterminio, sobre todo al de Plaszów y Auschwitz. El instituto Yad Vashem lo condecoró en 1983 con el título de Justo entre las Naciones, máxima distinción para los no judíos que protegieron a las víctimas del Holocausto. Su extraordinaria historia se recoge en sus memorias que escribió con el título La farmacia del gueto de Cracovia.

Otro farmacéutico creyente nos ha conquistado estos días. Antonio, conocido en el pueblo, acudió junto con su familia a atender a los heridos. La farmacia la dejo abierta a disposición de todo el mundo. Llevo lo que pudo, consoló, y relata que un hombre, despidiéndose de su mujer, Mayte, que cuidara de los hijos, y sus últimas palabras que pronunció: “Dios es bueno”. Solo podía calmar. Qué se podía hacer si no. ¿Cabe algo más grande que ofrecer dicha calma final? En medio del dolor hemos atisbado que hay esperanza y que las personas ante el sufrimiento de los demás sienten un vínculo inexpugnable que las une. No deberían chocar dos trenes para que nos demos cuenta que la visión del mundo de Jesús de Nazareth no es un sueño, es la realidad más concreta y directa que existe. Todo ello con una Iglesia que tiene que estar a pie de obra, ese hospital de campaña de Francisco, atendiendo, consolando y sirviendo. León XIV es la voz hoy de los sin voz, de los que lloran, de los descartados, de esa dignidad a la que se le pone precio. Todos y cada uno de nosotros tiene una misión, de bondad, fraternidad y misericordia, ya sea en la Cracovia ocupada, en Urda o en nuestra vida cotidiana y diaria. El crucificado nos los recuerda a menudo: “Amaos los unos a los otros como yo os he amado”. Es decir, hasta la muerte. Mi más sincero apoyo y recuerdo a todas las víctimas y a sus familias.

        

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