'Magnifica humanitas': Carta a la humanidad ante los desafíos de la Inteligencia Artificial
"Esta Carta que busca y propone la intercolaboración para hacer frente y orientar positivamente los avances tecnológicos en servicio de la humanidad es una aportación importante que debe ser considerada y puesta en práctica"
Los avances exponenciales del progreso científico y de la tecnología plantean hoy preguntas decisivas en todos los ámbitos de la existencia humana que nos afectan con preguntas de amplio alcance. Los desafíos son de un gran calado y de enormes consecuencias para la humanidad.
¿Cómo lograr que esos avances sorprendentes y con posibilidades insospechadas contribuyan al bien de la humanidad y de la tierra en la que habita? ¿Cómo afrontar este nuevo mundo que la Tecnología nos ofrece y está ya desarrollando? ¿A dónde nos conduce una Inteligencia Artificial (IA), que puede alcanzar posibilidades de información y comunicación muy superiores a las de la mente humana e incluso generar un campo cognitivo que supere las capacidades humanas, es decir, que piense por nosotros?¿Acabaremos siendo conducidos por las máquinas o por el espíritu? ¿De dónde puede provenir la confianza en un progreso tecnológico sometido a los intereses de quienes quieren controlarlo para su poder geopolítico y enriquecimiento económico? ¿Qué podemos ofrecer y qué criterios proponer ante una IA imparable en su desarrollo a fin de que sirva a un auténtico progreso de la humanidad ?
Hay quienes consideran el desarrollo tecnológico como alto peligro para la humanidad y su futuro. Desde su visión los valoran negativamente y alertan y previenen ante él; puede conducir a la destrucción de la especie humana. Otras opiniones ven las nuevas tecnologías con un optimismo ilimitado, de forma que las consideran como solución definitiva de los problemas de la humanidad, incluso de la muerte (Ray Kurzweil), y nos proyectan a una supuesta ‘trans’ o ‘posthumanidad’ donde el ‘Homo Sapiens’ supere sus limitaciones para convertirse en ‘Homo Deus’ (Youval Noah Harari). Otros planteamientos abordan los desafíos tecnocientíficos con una valoración crítico-ética abierta a sus posibilidades para el bien de la humanidad, como expone Agustín Gil en Ciencia y filosofía para el siglo XXI (2023).
De todas formas ante estas diversas valoraciones no hay duda de que con el desarrollo de la Tecnociencia nos encontramos ante un momento crucial para la humanidad que necesita, por supuesto, criterios interdisciplinares para afrontarlo y, sobre todo, una interpretación de su sentido.
Una respuesta antropológica
En concreto el papa León XIV ofrece ante la tecnología de la IA una amplia reflexión que aborda con profundidad y amplitud sus implicaciones desde estas preguntas: ¿La tecnología y en concreto la IA puede contribuir a un proceso de humanización, a facilitar y potenciar las relaciones humanas, a la búsqueda de la verdad, la colaboración, la solidaridad, alejar las tragedias bélicas y promover la paz? ¿Pueden ser agente ecológico eficaz de cuidado de la naturaleza? ¿Favorecen la cultura de cada pueblo y la relacionan con otras para un enriquecimiento mutuo y, en definitiva, para la dignidad humana, el bien común y una sociedad democrática?
Lo ha hecho por medio de una carta encíclica titulada Magnifica humanitas. Sobre la custodia de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial. Es un documento dirigido no solo a los católicos, sino a “todos los hombres y mujeres de buena voluntad” donde cita y recurre también a pensadores, filósofos, científicos, artistas, escritores, políticos, es decir a personas implicadas con su pensamiento y acción en la búsqueda del bien de la humanidad (Martin Luther King Jr., Nelson Mandela, Romano Guardini, Hannah Arendt, Laura Montoya, Teresa de Calcuta, Dorothy Day, Maria Skłodowska-Curie, Maria Montessori, Elisabeth Elliot, Wangari Maathai, Benazir Bhutto, entre otros).
Tal vez el título -Magnifica humanitas- pueda sorprender cuando hoy nos encontramos con una humanidad invadida por injusticias, desigualdades, opresiones, guerras, imperialismos y que, por tanto, no invita a valorarla como ‘magnífica’. Por supuesto, el Papa no ve la humanidad desde una engañosa utopía o falso optimismo. Comienza alertando del mito de ‘Babel’ o pretensión de una humanidad “uniforme, autosuficiente que, absolutizando lo humano, sacrifica la dignidad de la personas”.
Esta Carta precisamente quiere ser continuidad de la que su predecesor León XIII escribió con el título Rerum novarum en 1891 para alertar y denunciar las injusticias de la primera revolución industrial que, aportando ‘cosas nuevas’ y un innegable progreso, sin embargo estaba dominada por intereses capitalistas o totalitarios y ha generado una “economía que mata”, una injusta desigualdad creciente y una “economía que mata”, como afirmó el papa Francisco (Evangelii gaudium 53).
Ante los desafíos tecnológicos
No se trata ahora de volver a aquella época. La nuestra es muy diferente; sin embargo León XIV ve un importante paralelismo entre el cambio de la humanidad entonces y las nuevas y cualitativas transformaciones que hoy emprende la humanidad en la “cuarta revolución industrial, cuya innovación suele acogerse únicamente con el fin de reducir costes y aumentar los beneficios”. Con las nuevas tecnologías, en especial con la IA, esos intereses han adquirido un poder creciente e ilimitado y son una amenaza para la humanidad y su magnífica dignidad.
Desde criterios éticos y bases referenciales humanizadoras y reconociendo, sin duda, el indudable progreso de las nuevas tecnologías, exponente de la admirable capacidad humana, esta Carta propone las líneas que deben orientar esta nueva época de la humanidad.
Ante el “paradigma tecnocrático en el que estamos inmersos, potenciado por la revolución de la IA, que hace parecer justa y normal una visión antihumana, según la cual la plenitud de la vida consistiría en tener más, reducir la fragilidad, eliminar lo imprevisto y controlarlo todo”, la Encíclica subraya nuestra dignidad como imagen de Dios, los derechos humanos, el bien común, el destino universal de los bienes, la subsidiariedad, la solidaridad, la justicia social y el desarrollo humano integral. En definitiva afirma: “Las innovaciones tecnológicas —incluida la inteligencia artificial— no son neutrales; pueden aumentar la participación y la justicia, o ampliar las desigualdades, el control y la exclusión. Por eso, han de ser examinadas con una pregunta decisiva: ¿contribuyen realmente a hacer crecer a las personas y a los pueblos en humanidad y fraternidad, en el respeto a la Casa común y a las generaciones futuras?”.
Apoyado en los principios, que acabo de indicar, de la ‘Doctrina Social de la Iglesia’ -inaugurada con la Rerum novarum- analiza el “paradigma tecnocrático y el poder digital” subrayando “su valiosa ayuda”, pero exigiendo “responsabilidad, transparencia y gobernanza de la IA”. Se centra especialmente en “algunas corrientes que interpretan el progreso como una superación del ser humano y que se califican con los nombres de ‘transhumanismo’ y ‘posthumanismo’. Estas corrientes constituyen el trasfondo ideológico que reside en algunos centros de poder tecnológico que colonizan el imaginario colectivo, especialmente en los medios y en las redes sociales, induciendo el entusiasmo por las nuevas tecnologías con una visión futurista de “humanidad potenciada” o de “hombre hibridado” con la máquina.
León XIV las caracteriza de esta forma: “el transhumanismo imagina una potenciación del ser humano por medio de las tecnologías —biomedicina, ingeniería del cuerpo, dispositivos, algoritmos— con la aspiración de incrementar el rendimiento y las capacidades. El posthumanismo, sobre todo en sus versiones más radicales, va más allá: critica el antropocentrismo y plantea una forma de hibridación entre el ser humano, la máquina y el ambiente, hasta imaginar que atravesará el umbral en el que la humanidad se superará a sí misma, entrando en una nueva etapa evolutiva. Aun cuando estas hipótesis siguen siendo en gran parte especulativas, van adquiriendo relevancia, porque modifican el imaginario colectivo y, en consecuencia, orientan las decisiones sociales, económicas y políticas”.
Una humanidad fiel a su dignidad
Ante esta errónea superación de lo humano que pretende superar toda limitación, la Encíclica afirma que “edificar en el bien significa aceptar los límites y la fragilidad de la humanidad sin considerarlos un error que haya que corregir”. Los valores más auténticos como la compasión, la sincera preocupación ante las necesidades de los demás, la generosidad que sorprende incluso en medio de la oscuridad y el fracaso, la experiencia espiritual se encuentran a partir de ese profundo reconocimiento de nuestra realidad humana limitada. Sin la aceptación y toma de conciencia del límite nos deshumanizamos y el poder opresor se hace la norma social y política para dominar y poseer. Una IA orientada-entrenada por estos parámetros y algoritmos, un “paradigma tecnocrático” que pretenda superar toda limitación humana, será la ruina de la dignidad humana, generando “nuevas esclavitudes” y dominios explotadores.
Una de sus consecuencias más perniciosas, subrayada en la Encíclica, es el “armamentismo militar, económico y cognitivo” alentado por “la cultura del poder” al que la IA aporta algoritmos entrenados con objetivos de domino, como ya la está haciendo, con posibilidades trágicas para el porvenir de la humanidad. Por ello el Papa pide desarmar la IA que “no significa renunciar a la tecnología, sino impedirle el dominio sobre lo humano. Significa sustraerla a los monopolios, hacerla discutible, refutable, y por tanto habitable, restableciendo en ella la pluralidad de las culturas humanas y de las diversas formas de vida. La tarea, hoy, no es sólo ética o técnica; es ecológica en el sentido más radical, porque interpela una nueva dimensión de nuestra Casa común. La IA es ya un ambiente en el que estamos inmersos y un poder que debemos afrontar. Por eso, no basta regularla; es necesario desarmarla y hacerla acogedora”.
Como alternativa imprescindible para la dignidad humana la Encíclica concluye proponiendo “la civilización del amor que no es una utopía ingenua, sino un proyecto exigente. Consiste en traducir la caridad en estructuras de justicia, en dar cuerpo institucional a la fraternidad y en considerar al otro —ya sea persona o pueblo— como un aliado necesario para la construcción del bien común” en el respeto de los derechos humanos, de las personas y de los pueblos, del multilateralismo, del valor del trabajo, superando todas las esclavitudes en una “responsabilidad compartida” desde las víctimas.
En definitiva, esta Carta que busca y propone la intercolaboración para hacer frente y orientar positivamente los avances tecnológicos en servicio de la humanidad es una aportación importante que debe ser considerada y puesta en práctica desde plurales puntos de vista filosóficos, científicos, éticos, teológicos, ecológicos. Para el recientemente fallecido Edgar Morin, pensador de la complejidad, que León XIV también considera para interpretar adecuadamente nuestro mundo, es necesario abrirnos a un pensamiento plural y relacionado que conduzca al encuentro con el otro y con lo otro sin subyugarlo, a la “humanidad de la humanidad” y, como subraya Sonia Contera, entrelazarlos con todo lo viviente donde los algoritmos no son único camino, sino una ayuda para habitar este mundo guiados por el bien común, la justicia, el cuidado, respeto y, en definitiva, por el amor para realizar una humanidad magnífica.
.