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León XIV y el cinismo de nuestro tiempo

"Tenemos la obligación de denunciar este cinismo que no cree en lo que dice, sino que sobreactúa según en el sentido de las modas y de la dirección del viento"

León XIV habla a los periodistas en el avión

Los analistas políticos suelen otorgar los cien días de gracia a todo Gobierno que se constituye antes de entrar en la crítica a partir de las primeras decisiones y medidas adoptadas. A León XIV le aplicaron la misma medida desde que el 8 de mayo accediera a la cátedra de san Pedro. Los medios se esperaron al arranque del curso en septiembre para comenzar sus diatribas. Conviene hacer memoria y traer a colación qué se decía del Papa y qué se dice ahora, porque él no ha cambiado ni un milímetro su discurso ni la intensidad con lo que lo expresaba.

Más de un analista, de estos todólogos que creen que de todo lo saben, describía la figura de León XIV desde un adjetivo: el Desaparecido. Llegaban a afirmar que cuando hablaba no decía nada nuevo y que sus intervenciones eran escasas a diferencia de las comparecencias directas y vivas de Francisco. El problema es que León XIV sí hablaba y muy claro, pero la cuestión radica en la perspectiva de los medios que son los que deciden si algo existe o no. Recordemos que Jan Baudrillard argumentaba que los medios de comunicación crean una realidad propia que sustituye a la realidad real, haciendo que la gente consuma situaciones ficticias en lugar de hechos.

León XIV en Guinea Ecuatorial

Estamos, pues, ante un cinismo sistémico donde se obvia la profundidad de los problemas y sólo adquiere sentido lo que se publicita y muestra. Como León XIV no se mostraba ante los medios, no existía, estaba desaparecido, pero él ya advertía lo que estamos viviendo ahora. ¿Nadie recuerda su discurso tras ser elegido, cómo se iniciaba y qué posición estaba tomando ante el mundo?: “La paz esté con todos ustedes: hacia una paz desarmada y desarmante, humilde y perseverante”. Este fue, precisamente, el lema para el mensaje de la Jornada de la Paz del 1 de enero de 2026. La guerra es el resultado de un mal uso de nuestra libertad que nos hace creer en la lógica de la posesión y dominación absoluta sobre la tierra y los demás. Convendría recordar que el primer libro que ha publicado el Vaticano de León XIV lleva por título Que sea la paz. La paz no sólo se tiene que proclamar, sino que debe ser encarnada. El 28 de agosto pasado, y ante unos cuarenta miembros de la delegación de representantes políticos y personalidades civiles de Val de Marne, en la diócesis francesa de Créteil, recordó la esencia misma del cristianismo para que no existan equívocos y sepamos cuál es la prioridad de seguir a Cristo en nuestro mundo: “No una simple devoción privada, sino una forma de vivir en sociedad impregnada de amor a Dios y al prójimo que, en Cristo, ya no es un enemigo sino un hermano”. 

Ahora se ha convertido en la voz y en la conciencia del mundo porque así lo han decidido los medios. Tenemos la obligación de denunciar este cinismo que no cree en lo que dice, sino que sobreactúa según en el sentido de las modas y de la dirección del viento. No olvidemos que se enfrentará a Trump, a Israel y a quien haga falta. Su No a la guerra no es el de aquellos cínicos que pactan acuerdos comerciales con países que masacran y oprimen a sus poblaciones, llámese China o Arabia Saudí. Su No a la guerra es una advertencia proveniente de la cruz que desnuda hasta donde puede llegar la destrucción de los seres humanos y recordarnos que el amor es más fuerte que la muerte.

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