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León XIV y la Iglesia de Francia: siete tareas para un nuevo tiempo (II)

Viaje Apostólico de León XIV a Francia (25-28 septiembre 2026)

"Cada etapa pone delante de la Iglesia una responsabilidad concreta y, juntas, dibujan una agenda que va mucho más allá de los cuatro días de septiembre"

El Papa en Francia

El itinerario de León XIV en su viaje apostólico a Francia (25-28 se septiembre), permite leer la situación de la Iglesia francesa como un conjunto de tareas. Cada etapa pone delante de la Iglesia una responsabilidad concreta y, juntas, dibujan una agenda que va mucho más allá de los cuatro días de septiembre. París y Saint-Denis, Lourdes y Metz; las autoridades de la República y la UNESCO; los jóvenes, los catecúmenos y los recién bautizados; las víctimas de abusos y los obispos; Europa, la paz, la unidad y el diálogo interreligioso. No es únicamente un recorrido geográfico. Es una suerte de mapa de las preguntas que hoy tiene planteadas la Iglesia en Francia.

Logo y lema del viaje papal a Francia

1. Estar presente en la sociedad sin buscar una posición de privilegio

La presencia ante las autoridades de la República y ante instituciones como la UNESCO plantea una primera tarea: aprender a ejercer una presencia pública proporcionada a la realidad actual de la Iglesia. La pérdida de influencia social abre así la posibilidad de encontrar una manera nueva de estar en la vida pública: desde la libertad, el diálogo y la aportación de aquello que la Iglesia puede ofrecer. El cambio de posición abre también la forma de relacionarse con la sociedad.

La laicidad francesa ofrece precisamente el marco para esa transformación. Puede ser no sólo el ámbito jurídico en el que la Iglesia desarrolla su misión, sino también el espacio de una presencia libre, dialogante y propositiva. La cuestión consiste en discernir qué palabra merece ser escuchada cuando la Iglesia habla desde un lugar que ha dejado de ser dominante: una palabra capaz de entrar en conversación con una sociedad plural y de proponer el Evangelio desde la convicción y el respeto.

De este modo, la presencia pública encuentra su medida en aquello que la Iglesia es capaz de aportar. La dignidad de la persona, la fraternidad, la solidaridad, el cuidado de los más vulnerables y la búsqueda de la paz constituyen ámbitos en los que puede ofrecer una mirada propia y colaborar con creyentes, no creyentes e instituciones diversas. En este nuevo escenario, la autoridad de la Iglesia dependerá cada vez más de la credibilidad de su testimonio que del peso de la posición que ocupa.

2. Volver a anunciar el Evangelio a quienes comienzan de nuevo

La presencia de jóvenes, catecúmenos y recién bautizados señala una segunda tarea: hacer de la evangelización una prioridad real. En una sociedad en la que la fe ya no llega a muchas personas como una herencia familiar, cada encuentro con el cristianismo puede convertirse en un primer anuncio.

Bautismo de adultos en Francia

Los catecúmenos representan de manera particularmente visible esta transformación. Llegan a la Iglesia desde trayectorias diferentes y, en muchos casos, sin una familiaridad previa con sus palabras, sus símbolos o sus prácticas. Su presencia obliga a la Iglesia a preguntarse cómo anuncia, cómo acompaña y cómo introduce en la vida cristiana a quienes descubren la fe como una elección personal.

La cuestión va mucho más allá del crecimiento del número de bautismos. Se trata de construir comunidades capaces de acoger, formar y acompañar a quienes llegan, para que el primer descubrimiento de Cristo encuentre un espacio donde madurar y convertirse en una verdadera vida cristiana.

3. Dar a los jóvenes un lugar real en la Iglesia

La presencia de los jóvenes introduce una tercera tarea, relacionada con la anterior pero diferente: no limitarse a hablarles del futuro, sino reconocerlos como protagonistas del presente de la Iglesia. Una comunidad que atraviesa una transformación profunda necesita escuchar a quienes viven en un mundo en el que la pertenencia religiosa se construye desde la búsqueda y la elección personal.

Escucharles significa también tomar en serio las grandes cuestiones que forman parte de su experiencia y afectan al futuro de la sociedad: el valor y la dignidad de toda vida humana, el cuidado de la creación, la justicia social, las nuevas formas de relación y el uso responsable de las tecnologías, incluida la inteligencia artificial. En estas cuestiones, sus preguntas y su sensibilidad pueden ayudar a la Iglesia a comprender mejor el mundo que está emergiendo y a encontrar un lenguaje capaz de anunciar a Cristo como Buena Noticia en medio de sus desafíos.

La renovación pasa por crear espacios en los que puedan encontrar comunidad, plantear preguntas, discernir, asumir responsabilidades y participar realmente en la misión de la Iglesia. Se trata de que descubran que la fe cristiana no pertenece al pasado, sino que ofrece una mirada sobre la persona, la sociedad y el futuro, y puede convertirse en una forma plena y esperanzada de habitar el presente.

Abusos en Francia

4. Convertir las heridas en un camino de verdad y reparación

Lourdes, y particularmente el encuentro con las víctimas de abusos, introduce una cuarta tarea que ninguna renovación eclesial puede eludir: afrontar las heridas con verdad, humildad, responsabilidad y una actitud profundamente cristiana de escucha y cuidado. El Evangelio se hace creíble también en la manera de acercarse a quienes han sufrido, de reconocer su dolor y de devolverles dignidad y voz.

Una Iglesia que quiere volver a anunciar el Evangelio necesita hacer creíble ese anuncio en la forma en que acompaña a las víctimas. La credibilidad se reconstruye mediante una conversión personal e institucional capaz de reconocer el daño, escuchar sin defensas, ofrecer un acompañamiento integral —también psicológico y espiritual— y crear condiciones para que quienes han sufrido puedan recorrer un camino de recuperación. La atención a la salud mental forma parte de esta responsabilidad: cuidar las heridas interiores, respetar los tiempos de cada persona y ofrecer apoyos adecuados constituye también una expresión concreta de la caridad cristiana.

Esta responsabilidad alcanza igualmente a quienes cometieron los abusos. La actitud cristiana hacia ellos pasa por la verdad, la justicia y la asunción de las consecuencias de sus actos. El perdón cristiano nunca significa ocultar el daño, diluir responsabilidades ni evitar las consecuencias que correspondan. Una Iglesia fiel al Evangelio debe sostener al mismo tiempo la dignidad de toda persona, la protección de los más vulnerables y la exigencia de justicia, con procedimientos transparentes y una cultura de prevención que impida la repetición del abuso.

La visita a Lourdes puede adquirir así un significado especialmente profundo: el lugar tradicional del consuelo y de la esperanza se convierte también en un lugar desde el que mirar de frente el sufrimiento que la propia Iglesia ha causado y asumir el camino de verdad que conduce a la reparación. La renovación pasa por esta conversión: escuchar a las víctimas, proteger a quienes están en situación de vulnerabilidad, exigir responsabilidades y construir comunidades donde el cuidado, la transparencia y la dignidad humana formen parte inseparable de la vida cristiana.

Laicismo

5. Vivir la laicidad como una oportunidad para una Iglesia libre

La relación con la República y con el mundo de la cultura plantea una quinta tarea: vivir la laicidad francesa desde una Iglesia que encuentra precisamente en su posición social renovada la libertad para ofrecer su contribución específica al bien común.

Una Iglesia menos poderosa puede ser también una Iglesia más libre. Libre para concentrarse en su misión, para dialogar con quienes piensan de otra manera y para proponer sin pretender controlar. En este contexto adquieren especial importancia cuestiones como la educación, la cultura y los nuevos desafíos tecnológicos, incluida la inteligencia artificial: ámbitos en los que la Iglesia está llamada a aportar una visión de la persona, de su dignidad y de su libertad.

La presencia ante la UNESCO resulta significativa precisamente por eso. La Iglesia puede entrar en diálogo con la cultura contemporánea no para recuperar una influencia perdida, sino para ofrecer una mirada cristiana sobre las grandes preguntas humanas.

6. Reconstruir la comunión y una Iglesia capaz de caminar unida

El encuentro con los obispos señala una sexta tarea: reconstruir la comunión eclesial y fortalecer una conciencia compartida de la misión. En un tiempo de transformación, una Iglesia fragmentada en respuestas parciales difícilmente podrá ofrecer una orientación convincente. Caminar juntos requiere espacios de escucha, discernimiento y diálogo, pero también una referencia común capaz de sostener la unidad en medio de sensibilidades diversas.

La comunión no significa uniformidad. Significa reconocer una misma misión, discernir juntos y asumir con responsabilidad las tensiones que acompañan inevitablemente una época de cambio. La unidad necesita vínculos concretos, capacidad de corrección y una disposición sincera a buscar el bien de la Iglesia por encima de posiciones particulares. En este sentido, algunas decisiones adoptadas por León XIV ante situaciones que afectan a la comunión eclesial pueden leerse también como expresión de una convicción de fondo: la unidad requiere verdad, responsabilidad y límites claros cuando están en juego la comunión y la misión de la Iglesia.

Catedral de Metz, Francia

Esta perspectiva puede resultar especialmente significativa para la Iglesia francesa. Sus comunidades necesitan vitalidad y capacidad de iniciativa, pero también una visión compartida de hacia dónde caminar. León XIV puede ayudar a situar esta búsqueda en un horizonte más amplio: una Iglesia particular que encuentra su fuerza en la comunión con la Iglesia universal, que afronta sus tensiones desde la verdad y que convierte la diversidad en una riqueza al servicio de una misión común.

7. Servir a Europa desde la paz, la unidad y el diálogo

Finalmente, Metz sitúa a la Iglesia francesa ante una tarea que desborda sus propias fronteras: contribuir a una Europa capaz de recuperar el sentido de la unidad, la paz y la fraternidad. En un continente marcado por guerras, fracturas y heridas todavía abiertas, esta responsabilidad adquiere una especial urgencia.

La memoria europea recuerda hasta dónde puede conducir la lógica de la confrontación y cuánto esfuerzo exige reconstruir la convivencia. Por eso, la paz merece ser entendida como una tarea exigente: la paz no es para los cobardes. Requiere valentía para defender la dignidad humana, firmeza para proteger a los más vulnerables y voluntad política para sostener el diálogo incluso cuando el acuerdo parece lejano. La paz auténtica necesita justicia, respeto del derecho internacional y compromiso con unas reglas comunes capaces de proteger la dignidad, la libertad y la soberanía de los pueblos.

Europa tiene ante sí una responsabilidad propia en la construcción de la paz. Su proyecto nació precisamente de la decisión de convertir la reconciliación entre antiguos adversarios en un principio político duradero. Ese legado adquiere hoy una nueva actualidad: Europa está llamada a defender la paz, fortalecer sus instituciones, sostener el derecho internacional y preservar un orden en el que la fuerza encuentre límites en la justicia y en el respeto a la dignidad de las naciones. La unidad europea no puede reducirse a intereses económicos o estratégicos; necesita también una voluntad compartida de convivencia y una cultura política capaz de rechazar la guerra como instrumento de resolución de conflictos.

Europa, frontera mortal

En este horizonte, la Iglesia puede ofrecer una contribución específica y concreta a la construcción de la paz. Su servicio a Europa se despliega en distintos ámbitos: la acción diplomática y la mediación, la ayuda humanitaria, el acompañamiento pastoral de las víctimas y de quienes sufren las consecuencias de la guerra, la defensa de la dignidad humana y el trabajo social en favor de la reconciliación y la convivencia. A través de sus comunidades, instituciones y organizaciones, puede sostener espacios de encuentro allí donde el conflicto ha roto los vínculos, acompañar a quienes han sido desplazados, promover una cultura del diálogo y educar para la paz.

La Iglesia puede así unir la defensa de la persona con la responsabilidad hacia el otro y traducir la fraternidad en iniciativas concretas. La paz se construye también desde abajo: en la atención a las víctimas, en la acogida del que llega, en la reconciliación de las comunidades heridas y en la creación de vínculos capaces de resistir la lógica de la confrontación. En una Europa marcada por nuevas divisiones, esta presencia pastoral, social y diplomática puede convertirse en una aportación decisiva a una cultura de la paz.

Estas siete tareas permiten leer de otro modo el viaje apostólico de León XIV. Más allá de las palabras que el Papa dirija a la Iglesia francesa, su presencia puede ayudarla a reconocer el camino que tiene por delante. Evangelizar de nuevo, acompañar a quienes llegan, dar un lugar real a las nuevas generaciones, sanar las heridas, vivir con libertad en una sociedad laica, fortalecer la comunión y servir a la paz: siete tareas para una Iglesia que vuelve a poner la misión en el centro, que encuentra en el Evangelio su fuente de vida y que mira al futuro con libertad, confianza y esperanza.

Y ahí se encuentra, a mi juicio, el verdadero sentido de este quinto viaje apostólico internacional de León XIV. El Papa llega a Francia para acompañar a la Iglesia en el discernimiento de una nueva etapa, en la que la pérdida de influencia se convierta en libertad, la secularización abra nuevas posibilidades para el anuncio del Evangelio y las heridas encuentren un camino de verdad, reconciliación y reparación.

Asamblea Nacional de Francia

En el fondo, se trata de volver a lo esencial: anunciar a Cristo como Buena Noticia, formar comunidades vivas, acompañar a quienes buscan y abrir caminos de esperanza. En este nuevo comienzo, quienes buscan un horizonte para su vida ocupan un lugar privilegiado. Sus preguntas, sus inquietudes y su deseo de futuro pueden convertirse en un espacio fecundo para el Evangelio. Una Iglesia que sabe escuchar y acompañar estas búsquedas puede ofrecer razones para la esperanza y descubrir, al mismo tiempo, caminos nuevos para su propia misión.

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