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No es solo Argüello, es todo lo que la Iglesia española se niega a curar

Carta abierta de una víctima que acudió al PRIVA (y lo ha hecho ante el Defensor)

"Argüello no es una rareza, ni un tropiezo, ni un accidente. Argüello es el portavoz reconocible de una forma de estar en la Iglesia española: una forma defensiva, corporativa, autocomplaciente, más pendiente de preservar poder, relato y patrimonio que de ponerse de verdad al lado de las víctimas. En la Iglesia española hay muchos Argüellos. Y ese es exactamente el problema"

Salvar a las víctimas | Foto de Cristian Palmer en Unsplash

Soy una víctima de abuso sexual infantil en el ámbito de la Iglesia católica. Pasé por el PRIVA. He iniciado también una solicitud en el nuevo sistema de reconocimiento y reparación acordado entre el Estado, el Defensor del Pueblo y la Iglesia. Escribo ahora desde una calma que me ha costado media vida conquistar. Y precisamente por esa calma puedo decirlo con más claridad: el problema no fue solo el abuso. El problema ha sido también la Iglesia española después del abuso.

Luis Argüello importa, claro que importa. Pero no me interesa solo como individuo. Me interesa como símbolo. Porque Argüello no es una rareza, ni un tropiezo, ni un accidente. Argüello es el portavoz reconocible de una forma de estar en la Iglesia española: una forma defensiva, corporativa, autocomplaciente, más pendiente de preservar poder, relato y patrimonio que de ponerse de verdad al lado de las víctimas. En la Iglesia española hay muchos Argüellos. Y ese es exactamente el problema.

Se nos ha querido vender durante años que la Iglesia escuchaba, acogía y reparaba. Qué conmovedor. Qué lenguaje tan evangélico. Qué delicadeza institucional. Lástima que luego aparezca la realidad y arruine la homilía. Porque lo que han contado las víctimas sobre el PRIVA no se parece a un camino de reparación, sino a un laberinto de opacidad, lentitud y distancia, mientras Argüello seguía elogiándolo públicamente. Y el dato más humillante para la jerarquía es muy sencillo: el nuevo sistema con el Defensor del Pueblo recibió 300 solicitudes en dos semanas, cuando el PRIVA había recibido 156 en más de un año. Cuando la gente huye de tu sistema reparador para confiar en otro, quizá no estás reparando: quizá solo estás administrando el daño a puerta cerrada.

También se publicó que la Iglesia se opuso a las cuantías que se estaban negociando para indemnizar a las víctimas, y que una de las grandes fricciones era impedir que quienes ya habían pasado por el PRIVA pudieran acudir al nuevo sistema. Es decir: no bastaba con haber reparado mal; además había que blindar esa mala reparación para que no pudiera revisarse demasiado. Una mezcla admirable de generosidad cristiana y contabilidad defensiva.

Bolaños, con las asociaciones de víctimas | Ministerio de Presidencia, Justicia y Relaciones con las Cortes

Y cuando por fin el acuerdo salió adelante, no fue precisamente porque la Conferencia Episcopal se arrodillara ante la verdad y dijera “hemos fallado, vamos a reparar”. No. Se publicó que el proceso fue largo, tenso y que incluso el Vaticano tuvo que intervenir para que no encallara. Hace falta subrayarlo porque es muy revelador: para que la Iglesia española diera un paso decente hacia las víctimas, hubo que empujarla desde fuera. El Gobierno presionando. El Vaticano interviniendo. Las víctimas hablando, escribiendo, exponiéndose, insistiendo. Todo muy espontáneo, sí. Todo muy nacido del corazón.

Para que la Iglesia española diera un paso decente hacia las víctimas, hubo que empujarla desde fuera. El Gobierno presionando. El Vaticano interviniendo. Las víctimas hablando, escribiendo, exponiéndose, insistiendo. Todo muy espontáneo, sí. Todo muy nacido del corazón

Y luego está el gran clásico: la insinuación de que las víctimas solo quieren dinero. Esta es, probablemente, una de las formas de hipocresía más obscenas de todo el proceso. Porque si hoy se habla de reparación económica es precisamente porque la Iglesia no ha reparado bien. Si la dimensión económica está en el centro es porque durante décadas se tapó, se retrasó, se minimizó y se revictimizó. El dinero no borra el abuso, pero el daño también fue económico: terapias, medicación, deterioro laboral, pobreza, dependencia, trayectorias vitales reventadas. Negar eso no es espiritualidad: es cinismo.

Y resulta todavía más grotesco que la sospecha sobre “el dinero” venga de una institución que acumula patrimonio, privilegios fiscales, exenciones y financiación pública; de una institución que sigue recibiendo recursos por la casilla de la renta mientras a muchas víctimas se las ha obligado a pelear incluso por el reconocimiento más elemental. Cuando una estructura tan rica mira con recelo la reparación económica de quien fue abusado de niño, no está defendiendo la moral: está defendiendo su caja. Si hablamos de pecados capitales, el que asoma aquí no es precisamente la codicia de las víctimas.

La verdad es mucho más cruda: una gran parte de la cúpula eclesiástica española ha pasado años haciendo exactamente lo contrario de lo que predica. Ha tapado hechos, ha justificado inercias, ha protegido estructuras, ha infantilizado a las víctimas, las ha tratado como problema a gestionar en vez de como heridas humanas a acompañar

Lo más grave es que todo esto contradice no solo la justicia, sino el Evangelio que dicen representar. La Iglesia que predica a Jesús no debería parecerse a esto. No debería reaccionar como una empresa en crisis reputacional. No debería comportarse como una institución ofendida porque se le pida que repare. No debería necesitar que la empujen a hacer lo mínimo. No debería esconderse detrás de comisiones opacas, discursos paternalistas o frases grandilocuentes sobre la escucha mientras las víctimas siguen fuera del centro real de las decisiones.

La verdad es mucho más cruda: una gran parte de la cúpula eclesiástica española ha pasado años haciendo exactamente lo contrario de lo que predica. Ha tapado hechos, ha justificado inercias, ha protegido estructuras, ha infantilizado a las víctimas, las ha tratado como problema a gestionar en vez de como heridas humanas a acompañar. Y cuando por fin la sociedad ha dicho “hasta aquí”, han respondido muchas veces no con conversión, sino con resistencia.

Rueda de prensa en Añastro, sede de la CEE | EFE

Argüello, en ese sentido, no es una anomalía. Es la versión educada, bien vestida e institucionalmente presentable de una enfermedad mucho más profunda. Es el representante de una Iglesia española que todavía no ha entendido que reparar no es dosificar, ni controlar, ni administrar la verdad en fascículos. Reparar es perder poder, perder relato, perder comodidad, perder dinero si hace falta. Reparar es ponerse del lado del dañado y no del lado de la institución. Y eso es justo lo que demasiados obispos siguen sin estar dispuestos a hacer.

Las víctimas al frente, los medios de comunicación, el Defensor del Pueblo, el Gobierno, una parte de la sociedad e incluso, hay que reconocerlo, el Vaticano, hemos conseguido presionar a la Iglesia española y a su cúpula para que bajen la cabeza, arrastren los pies y firmen.

Pero hay algo que también debe decirse con claridad: lo importante de todo esto ha sido la unión de fuerzas. Al final, las víctimas al frente, los medios de comunicación, el Defensor del Pueblo, el Gobierno, una parte de la sociedad e incluso, hay que reconocerlo, el Vaticano, hemos conseguido presionar a la Iglesia española y a su cúpula para que bajen la cabeza, arrastren los pies y firmen. Como víctima, yo sí puedo decirlo así: hemos ganado la batalla más grande. Ahora queda ver si terminamos ganando la guerra. Y esa guerra solo se ganará si la reparación final está a la altura de lo que pedimos las víctimas, si el nuevo sistema funciona de verdad y si no vuelve a convertirse todo en una nueva maniobra de maquillaje institucional.

Pero no quiero terminar solo señalando su fracaso. Quiero terminar señalando nuestra fuerza.

Porque, a pesar de ellos, las víctimas hemos conseguido mover lo que parecía inmóvil. Hemos hablado cuando querían silencio. Hemos presionado cuando querían agotarnos. Hemos escrito cartas, dado entrevistas, sostenido la verdad públicamente y abierto grietas en un muro que parecía sagrado e intocable. Si hoy existe un nuevo sistema con más garantías, más control externo y más posibilidades de justicia, no es por la valentía de la cúpula de la Iglesia española. Es por la perseverancia de las víctimas y por la presión de una sociedad que ya no acepta que la reparación siga dependiendo de la buena voluntad de quienes nunca estuvieron realmente del lado de los heridos.

Eso es lo esperanzador. No ellos. Nosotras y nosotros.

Porque al final, aunque la jerarquía haya llegado tarde, mal y arrastrando los pies, ha quedado una verdad imposible de borrar: la Iglesia española ya no puede controlar del todo el relato sobre lo que hizo con las víctimas.

Y eso, para quienes durante años fuimos obligados a callar, ya es una forma de victoria.

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