"El pecho del amor muy lastimado" ¿Qué teología subyace al Vía Crucis de Manuel Dürr para la basílica de San Pedro?
"Lo que más me sorprende es la composición de la escena de la crucifixión. El pecho herido se insinúa, pero al mismo tiempo queda un poco oculto por la postura de Jesús"
No se debe discutir sobre el arte ni sobre los gustos, ya que toda interpretación es válida. El arte, al igual que la poesía, está lleno de simbolismo y da que pensar. El espectador puede reaccionar de diferentes maneras. Como dijo Hans-Georg Gadamer, la interpretación de las obras de arte se produce en la interacción entre la obra y el espectador. A veces, la obra transmite ciertas connotaciones que condicionan nuestra mirada. Pero solo la fusión con las preguntas o los conocimientos del espectador conduce a una interpretación propia. Cada espectador tiene derecho a «su» interpretación, también el artista. Pero este no tiene el monopolio de la interpretación, ya que las obras desarrollan una vida propia en la interacción mencionada.
Sin duda, los colores y la composición de las diferentes estaciones del Vía Crucis, pintadas por el joven artista suizo Manuel Dürr para la basílica de San Pedro, nos despiertan sentimientos fundamentalmente positivos. Pero en mí también me producen cierto asombro. Porque las imágenes me resultan demasiado «edulcoradas». En ellas se nos presenta, por así decirlo, el «Cristo de la fe», que pasa por el sufrimiento terrenal de forma inmaculada como el rayo de luz por la ventana, y no el Jesús de Nazaret con «la cabeza llena de sangre y heridas» («O Haupt voll Blut und Wunden»), como dice el famoso himno del teólogo protestante Paul Gerhardt (1607-1676) que se canta en la Pasión según San Mateo de Bach, o el «varón de dolores» del que habla el profeta Isaías (53:3). Sin vello corporal, sin sangre, sin heridas en el cuerpo brillante de un Cristo (casi rubio) que lleva la corona de espinas más bien como una corona de laurel.
Lo que más me sorprende es la composición de la escena de la crucifixión. El pecho herido se insinúa, pero al mismo tiempo queda un poco oculto por la postura de Jesús. Porque lo que llama la atención es más bien el lado derecho, en el que se refleja la luz. Ahora bien, el pecho herido es lo decisivo en una representación de la crucifixión. En la historia de la piedad cristiana, no solo ha centrado la mirada «mística» en el crucificado, sino que, para los Padres de la Iglesia, es alegóricamente la herida de la que brotan la Iglesia y el torrente inagotable de la gracia divina... ¿y eso se «oculta» precisamente en la iglesia de todas las iglesias, como se entiende la basílica de San Pedro? ¿En qué «teología» se basó el artísticamente muy talentoso Manuel Dürr para su vía crucis?
Al gran Diego Velázquez (1599-1660) le debemos quizás la más bella representación de la crucifixión con los ojos de la fe. Data de 1632 y se encuentra en el Museo del Prado. Aquí también Jesús aparece en la cruz como un vencedor, no como una víctima. Pero nos muestra claramente su pecho herido. La cabeza de Jesús, inclinada en esa dirección, atrae la mirada. La sangre fluye y el claroscuro de la composición, que invita a la «devocion», no tiene nada que ver con los colores dorados y azules de Manuel Dürr. Hasta agnósticos como Miguel de Unamuno han «sentido» ante esta imagen algo místico, como se desprende de su famoso poema «Al Cristo de Velázquez». Me cuesta créer que la crucifixión de Manuel Dürr despierte algo parecido.
No solo el arte plástico y la pintura han hecho referencia repetidamente al costado herido de Jesús en las representaciones de la crucifixión, sino también la poesía mística, para la que se aplica igualmente la interacción mencionada anteriormente en la interpretación. Juan de la Cruz (1542-1591), el gran poeta y místico castellano, declarado doctor de la Iglesia («doctor mysticus») hace exactamente 100 años por Pío XI, escribió un hermoso poema sobre un pastorcico (alegoría de Jesús) que muere por amor a su pastora (alegoría de la humanidad). «In crescendo», como en el Bolero de Ravel, Juan de la Cruz nos invita a contemplar el pecho herido de Jesús en la cruz con los ojos internos de la fe.
En esta Cuaresma, me gustaría invitar a los lectores de Religión Digital a saborear interiormente esta poesía y, como quería el propio Juan de la Cruz, a fijar la mirada únicamente en Cristo con «el pecho de el amor muy lastimado» en este tiempo de profundas convulsiones en el mundo y anhelos de reforma en la Iglesia. Porque eso es lo que importa para todos, como dice Apocalipsis 1,7: «Mirad: viene entre las nubes. Todo ojo lo verá, también los que lo traspasaron».
Un pastorcico
Un pastorcico, solo, está penado,
ajeno de placer y de contento,
y en su pastora puesto el pensamiento,
y el pecho del amor muy lastimado
No llora por haberle amor llagado,
que no le pena verse así afligido,
aunque en el corazón está herido;
mas llora por pensar que está olvidado.
Que sólo de pensar que está olvidado
de su bella pastora, con gran pena
se deja maltratar en tierra ajena,
el pecho de el amor muy lastimado.
Y dice el pastorcico: ¡Ay, desdichado
de aquel que de mi amor ha hecho ausencia
y no quiere gozar la mi presencia,
y el pecho por su amor muy lastimado!
Y a cabo de un gran rato, se ha encumbrado
sobre un árbol, do abrió sus brazos bellos,
y muerto se ha quedado asido dellos,
el pecho de el amor muy lastimado.
*Dr. mult. Mariano Delgado, catedrático emérito de Historia de la Iglesia en la Universidad de Friburgo (Suiza) y miembro de la Academia Europea de las Ciencias y las Artes en Salzburgo