Reconstruir la esperanza: Foro KRISARE Foroa, ante el nuevo curso
"El mayor fruto que quizás nos deja este curso: haber descubierto que el silencio ya no puede condenarnos y que la denuncia, la palabra compartida, la escucha sincera y la corresponsabilidad pueden abrir un futuro distinto para nuestra diócesis"
Ahora que arrancamos un nuevo curso, volvemos la mirada al pasado y recordamos el Foro KRISARE Foroa 2026 de Vitoria-Gasteiz, que nos convocó y reunió bajo el título «El silencio que condena». Un lema que no solo dio nombre a un encuentro, sino que acabó convirtiéndose en el mejor resumen de un curso que marcará un antes y un después en la historia reciente de la Diócesis de Vitoria.
Porque, durante demasiado tiempo, el silencio fue la respuesta de muchos ante una realidad que generaba preocupación, desconcierto y sufrimiento. Un silencio nacido, unas veces, del respeto institucional; otras, del miedo; y otras, de la esperanza de que las cosas pudieran reconducirse por sí solas. Pero llega un momento en que callar deja de ser prudencia para convertirse en complicidad. Y este curso ha sido, precisamente, el año en que ese silencio comenzó a romperse.
Ahora bien, este curso no puede quedar únicamente en la memoria de las tensiones vividas. La tarea que comienza es mucho más importante que todo lo ocurrido hasta ahora.
Es tiempo de reconstruir.
Reconstruir comunidades heridas.
Reconstruir grupos que han sufrido el desgaste de estos meses.
Reconstruir proyectos pastorales que quedaron paralizados.
Pero, sobre todo, reconstruir la confianza.
Y esa confianza no se decreta. Se cultiva. Se trabaja. Se gana.
Desde este equipo nos ponemos ya manos a la obra. Con responsabilidad transformadora, trabajamos en el próximo Foro KRISARE, del que ya podemos anunciar que tendrá lugar los días 12 y 13 de marzo de 2027, bajo un lema tan sugerente como necesario: «Reconstruir lo común».
Recordando lo vivido
Cronológicamente, el pasado curso estuvo jalonado por acontecimientos que fueron configurando una respuesta cada vez más amplia y plural. Primero fueron muchas conversaciones discretas en parroquias, comunidades y grupos. Después llegaron las reflexiones compartidas y los primeros pronunciamientos públicos. Más tarde, un número significativo de sacerdotes diocesanos decidió expresar con claridad su preocupación por el rumbo que estaba tomando la diócesis.
A esa voz se fueron sumando cientos de personas laicas mediante su firma: creyentes que quisieron manifestar públicamente su deseo de una Iglesia más dialogante, más participativa y más fiel al estilo sinodal que la Iglesia universal viene proponiendo. Otras muchas personas dirigieron su palabra al Santo Padre para transmitirle su preocupación y su esperanza. También surgieron artículos de opinión, espacios de reflexión e incluso iniciativas musicales que, desde distintos lenguajes, expresaban una misma convicción: había llegado el momento de dejar de callar.
No se trataba de levantar banderas contra nadie. Tampoco de alimentar enfrentamientos estériles. Lo que se reivindicaba era algo profundamente evangélico: una diócesis donde el diálogo no sea interpretado como una amenaza; donde la diversidad de sensibilidades encuentre espacio; donde el discernimiento comunitario sustituya a la imposición unilateral; y donde la autoridad se ejerza escuchando antes de decidir.
Ese ha sido, probablemente, el mayor aprendizaje de este año: descubrir que romper el silencio no significa romper la comunión. Al contrario. La comunión auténtica solo puede construirse sobre la verdad, la confianza y la escucha mutua.
Habrá quien siga esperando que las soluciones lleguen desde arriba. Sin embargo, la experiencia de este año invita a pensar justamente lo contrario. El papa Francisco insistió una y otra vez en que la Iglesia debía caminar sinodalmente, poniendo en marcha procesos en los que el Pueblo de Dios fuera protagonista y en los que la iniciativa naciera también desde la base. Esa llamada sigue plenamente vigente, y las conclusiones del Sínodo no hacen sino reforzarla.
También el papa León XIV ha invitado recientemente a «promover el diálogo y no ceder a una polarización extremista y engañosa», recordando que solo el libre intercambio de ideas permite construir una sociedad y una Iglesia verdaderamente humanas.
Ese parece hoy el único camino posible.
Pero, incluso en medio de esta situación, ya están brotando signos de esperanza.
Son muchas las comunidades, equipos, colegios, parroquias y personas que, lejos de instalarse en el desánimo, han decidido seguir construyendo Iglesia desde abajo, fortaleciendo redes, generando espacios de encuentro y manteniendo viva una forma de ser Iglesia profundamente corresponsable.
No podemos permitirnos perder más tiempo.
Vivimos un momento histórico especialmente delicado. En nuestras sociedades avanzan corrientes ideológicas cuya máxima política es la de levantar muros; que convierten al diferente en sospechoso; que dejan nuevamente al borde del camino a las minorías de siempre; que cuestionan el consenso científico cuando este reclama cuidar la Casa Común; que ponen en riesgo avances irrenunciables en igualdad, sabiendo que la desigualdad MATA; que pretenden decidir quién merece dignidad e incluso quién puede amar a quién.
Y basta con mirar estos días hacia Ceuta para comprender hasta dónde puede llegar esta lógica de deshumanización. Lo que allí está sucediendo, con miles de personas atrapadas en una situación de enorme vulnerabilidad, con menores solos, personas durmiendo en las calles y una convivencia cada vez más tensionada, nos interpela directamente como sociedad y, de manera especial, como Iglesia.
Ante esta realidad, echamos de menos una palabra episcopal clara y valiente que sea evangélica e que de un mensaje de acogida incondicional. Una palabra capaz de defender sin ambigüedades la dignidad de quienes llegan, especialmente de los más vulnerables, la Iglesia no puede encerrarse en sí misma ni hacer de los modelos exclusivamente clericales o autorreferenciales su apuesta prioritaria.
Porque lo humano es de Dios. Ese es el lugar del Evangelio. Ese es el lugar donde la Iglesia resulta creíble.
Como Pueblo de Dios, estamos llamados a situarnos en la vanguardia de la defensa de la dignidad humana, de la justicia, de la fraternidad y del cuidado de la creación.
Y quizá ese sea también el mayor fruto que nos deja este curso: haber descubierto que el silencio ya no puede condenarnos y que la denuncia, la palabra compartida, la escucha sincera y la corresponsabilidad pueden abrir un futuro distinto para nuestra diócesis.
Con esa esperanza queremos terminar mirando ya al próximo horizonte.
Porque el camino continúa.
Y lo hacemos recordándoos que nos veremos en el Foro KRISARE Foroa de Vitoria-Gasteiz, los próximos 12 y 13 de marzo de 2027, para seguir caminando juntos, dialogando, soñando y construyendo una sociedad y una Iglesia cada vez más abiertas, más fraternas y más evangélicas.
Porque cuando el silencio deja paso a la palabra, siempre nace la esperanza…