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El sentido de la vida, necesario como el aire

"Quien ha perdido el sentido de la vida se halla en la mayor necesidad que existe. El sentido de la vida es necesario como el aire que se respira"

Sentido de la vida

El sentido de la vida es sano, sanador, necesario como el aire que se respira. Al propio tiempo, la pérdida del sentido de la vida es algo por lo que se puede enfermar. Dice el psiquiatra alemán Von Gebsattel en su libro Imago Hominis (1964): “Si para un hombre la existencia ha perdido el sentido, se encuentra en la mayor necesidad que existe”, “la pregunta latente en muchos hombres que no pueden componérselas con una existencia que ha perdido el sentido para ellos es (precisamente) cómo puedo arreglarme en la existencia sin un sentido” (IH, 37 y 72). En esa situación “deben extremarse los cuidados en lo referente a la amenaza de suicidio” (IH, 37, 72 y 176). En cualquier situación, la escucha de la palabra de Dios puede dar sentido a la vida. Se trata de una experiencia. La experiencia es la toma de conciencia más inmediata de la realidad.

Cifras preocupantes. En nuestra sociedad el suicidio de jóvenes es un problema de salud pública creciente situándose en cifras preocupantes durante los últimos años. Según datos del Instituto Nacional de Estadística (INE), “el suicidio es la primera causa de muerte en jóvenes y adolescentes, entre 12 y 29 años” (Universidad Complutense, Madrid, 20-7-2023). El suicidio adolescente muestra “las cifras más altas en 25 años”, “los expertos ven un mayor crecimiento entre las chicas, aunque se trata de un fenómeno mayoritariamente masculino” (El Mundo, 1-12-2025). Ciertamente, da que pensar: ¿Qué tipo de sociedad tenemos?, ¿qué sociedad se encuentran los jóvenes y adolescentes?, ¿qué les falta?

Relación homosexual. En la experiencia de Agustín de Hipona (354-430) aparece más de una vez cuestionado el sentido de la vida. Lo dice en Las Confesiones: “En mi adolescencia, yo ardía en deseos de saciarme con infernales voluptuosidades, y no sentí vergüenza de hundirme salvajemente en cambiantes y tenebrosos amores” (II,1). Fue “en aquel decimosexto año” (II,4): “Durante aquellos años, que eran la primera época de mis comienzos como profesor en mi ciudad natal, había encontrado un amigo al que quería mucho, por la comunidad de nuestros estudios y la paridad de los años, como yo se encontraba en la flor de su adolescencia”. Sin embargo, esto acabó: “Esta amistad, más dulce para mí que todas las dulzuras de la vida, había apenas durado un año”: “devorado por la fiebre, mi amigo yacía sin conocimiento, bañado en mortal sudor”, “durante una ausencia mía se produjo una recaída febril, y algunos días más tarde expiraba. La pena que me causó su perdida cubrió de tinieblas mi corazón. Todas las cosas que yo contemplaba no eran más que muerte” (IV,7-9). 

En el fango profundo. “Transcurrieron nueve años en los cuales yo me agité en el fango profundo” (III, 20), “desde los diecinueve hasta los veintiocho, permanecí así, seducido y seductor, engañado y engañador, entregado a mis diversas pasiones” (IV,1). Durante estos años vivió con una mujer. Todo indica que fue un matrimonio de hecho: “Durante aquellos mismos años, yo vivía con una mujer que no estaba unida a mí por el matrimonio llamado legítimo, pero que la imprudencia de un amor inquieto me hizo encontrar. Pero era la única mujer que había conocido, y le conservaba la fidelidad del lecho” (IV,2). De esta unión nació un hijo, Adeodato.

Una novia y una amante. Estando Agustín en Milán como profesor de retórica, su madre le busca novia: “Me impulsaban, incesantemente, a tener esposa. Ya había sido efectuada una demanda, ya me habían otorgado una novia. Mi madre se había ocupado de ello con gran celo”, “la jovencita ya había sido pedida. Pero faltaban dos años para que fuese núbil” (VI,23), “impaciente al pensar que debería esperar todavía dos años… me procuré otra mujer, una amante”. La situación se le hizo insoportable: “Me decía en mi interior: ¡Acabemos ya!, ¡acabemos ya! Mis palabras me encaminaban hacia la decisión; iba a obrar, pero no obraba”, “el mal inveterado tenía mayor imperio sobre mí” (VI, 23-25).   

San Agustín y santa Mónica

Toma y lee. En esa situación, con lágrimas en los ojos, Agustín hace una oración: “¿Hasta cuándo, Señor...?”. Entonces, dice, “de pronto, oí una voz, que salía de una casa vecina, voz de muchachito, o de muchachita, no lo sé bien, que cantaba, que repetía varias veces: ‘¡Toma, lee!, ¡Toma, lee!’... la única interpretación que entreveía era que una orden divina me indicaba que abriese el libro del Apóstol, y que leyese el primer capítulo sobre el cual se posasen mis ojos”, “lo cogí, lo abrí, y leí en voz baja el primer capítulo en que se posaron mis ojos: Nada de comilonas y borracheras; nada de lujurias y desenfrenos; nada de rivalidades y envidias. Revestíos del Señor Jesucristo y no busquéis el modo de contentar a la carne en sus deseos” (Rm 13,13-14). Lo contó todo a Alipio, su amigo. Éste “pidió ver lo que yo había leído; se lo enseñé, y leyó lo que venía después de lo que yo había leído. Yo no conocía la continuación. Y decía esto: ‘Asistid al que todavía está débil en la fe’. Consideró que esto iba dirigido a él, y así me lo confesó” (VIII,28-30). 

El hombre de nieve. El sentido de la vida aparece también cuestionado en el sueño de una mujer que tiene un problema de relación: “Me encuentro en un paisaje nevado y estoy a punto de dar forma a un hombre de nieve. Pero este hombre de nieve empieza a crecer en mis manos hasta las nubes. Esto es muy inquietante, y tengo miedo. Algo (¿alguien?) me dice que vaya a buscar leña. Corro al bosque y recojo ramas secas y las apilo en torno al hombre de nieve y prendo fuego a la leña. El hombre de nieve se derrite, se hace cada vez más pequeño, y acaba por desaparecer. También desaparece la nieve a mi alrededor. En su lugar aparece un cálido lago en el que nado a mi gusto”. 

Interpretación. El sueño presenta a la mujer en medio de un paisaje nevado. Ella no reposa en ese paisaje, sino que desarrolla una actividad, se entretiene con la nieve, forma con ella una figura humana. Ahora bien, la nieve, con su blancura, frialdad y ausencia de vida, tiene “algo de ajeno e inhumano”. Esa actividad, ese hecho de moldear una figura humana en la nieve tendría que convertir la nieve en algo familiar., pero sucede lo contrario: “en forma alarmante el hombre de nieve la sobrepasa en estatura”, “su actividad desencadena un suceso, esto es, el alarmante crecimiento del hombre de nieve”, ella “está perdiendo el control de los acontecimientos”.

Nieve, fuego, agua. En esa situación, la mujer “recibe una orden. Deberá buscar leña, apilarla en torno al hombre de nieve y prenderla fuego. Podría creer que sigue un impulso, pero éste tiene el carácter de una intimación, sin que ella pudiera precisar de quién la recibe”, “primero abandona el hombre de nieve y corre rápidamente al bosque a cumplir la orden; luego regresa y hace fuego con sus manos”. Aparecen tres elementos: nieve, fuego, agua. Si se relacionan estos tres elementos con la mujer, parece que el sueño la lleva “de un mundo de nieve a un mundo de agua atravesando el fuego”. El paisaje nevado tiene para ella “algo que la repele”. En cambio, “se siente agradablemente acogida por el mundo del agua”. 

Esclavitud y obsesión. Comenta el autor: “No puede callarse lo que la paciente opina acerca del sueño en su totalidad”. Ella introduce su relato con este comentario: “Hace algunos días tuve un sueño que me ha curado”, “en este sueño comprendí que mi relación con el señor X tiene el carácter de una esclavitud”. La mujer comprende lo que el sueño expresa: “su sentido existencial”, “la manera como trata a su amigo en pensamientos se sustrae a su dominación”, “se apodera de ella con prepotencia; en tal estado, ella ya no se pertenece a sí misma, sino a aquello que se posesiona de ella en forma de una obsesión” (IH, 88-93).  

El dueño de la tintorería. Al sueño preceden semanas enteras de confusión, inquietud y crisis de confianza. En otro sueño de este periodo, acompañada por un amigo, entra en una tintorería, pues había dado a limpiar un abrigo de gran valor para ella: “Este abrigo me lo entrega un señor que por su actitud ambigua no me inspira confianza. Tengo la impresión de que desea ocultar algo que no está en orden en el abrigo que debe entregarme, disimular alguna deficiencia. Y en efecto, al mirar con mayor atención, descubro un corte en la región del hombro izquierdo, en la parte superior del abrigo”. Pero el señor ha puesto un remiendo sobre este corte que no lo oculta muy bien, se le puede ver. “Me quiere inducir a que acepte el abrigo a pesar de que está estropeado y a que me dé por satisfecha con la reparación del daño. Me resisto enérgicamente y exijo un abrigo nuevo exactamente igual, y logro imponerme; al hacerlo me siento apoyada por mi amigo, que es abogado, y da aún mayor importancia que yo (y yo lo sé) a que el abrigo esté intacto. Tengo una sensación de desagrado, algo que se asemeja a la mala conciencia”.

Interpretación. A la mujer la tintorería le recuerda “el consultorio terapéutico”: “Afirma que siempre ha tenido la sensación de que el tratamiento era una especie de limpieza de criterios y actitudes fallidas del espíritu que eran ajenas a su ser y que no respondían a la propia naturaleza y a la ley de la vida y, por consiguiente, la manchaban o deformaban. El abrigo, que en verdad se proponía llevar a limpiar, también en la realidad tenía una gran necesidad de limpieza”. El terapeuta aparece “como el dueño de la tintorería, como el suministrador que no merece su confianza”, que daña el abrigo, ¿no debe desconfiar de él? El sueño muestra a la mujer en una seria crisis de confianza también personal: “Ésta consiste en una tribulación interior que va hasta la desesperación· y “se origina en la duda de que su amor no sea sano”.

Sentido de la vida

Esclavitud enfermiza. Además, “hay circunstancias exteriores que impiden que ella y el abogado contraigan matrimonio”. Esto trae consigo una inseguridad, “su corazón se halla indefenso”: “Para equilibrar esta inseguridad desarrolla una dependencia hacia su compañero que adopta modalidades de extrema dedicación hasta llegar a una esclavitud enfermiza”. Desconfianza en el médico: puede hablarse de una crisis de confianza personal, pero “en el primer momento, en virtud de un desplazamiento, el terapeuta se convierte en el blanco de esta crisis de confianza”. Desconfianza hacia ella misma: “También la desconfianza hacia ella misma subyace, oculta todavía pero ya perceptible, en la sensación de desagrado y de mala conciencia hacia el final del sueño”. En el diálogo se logra aclarar que “la crisis de confianza frente al médico es una crisis de confianza en su propio interior y frente a ella misma” (IH, 97-99).

Los estados del yo. El médico y psiquiatra Eric Leonard Bernstein (1919-1970), conocido como Eric Berne, nació en Canadá, hijo de un médico polaco. Es el fundador del Análisis Transaccional, un modo de psicoterapia enfocado en el crecimiento personal. Este método analiza las interacciones humanas (transacciones) para identificar los estados del yo y modificar patrones de comportamiento que limitan la autonomía. Cada día la persona puede sentir, pensar y actuar según el estado del yo en que se encuentre: según la figura relevante de su infancia (Padre), según las capacidades que ha ido desarrollando a lo largo de la vida (Adulto), según lo hacía en determinadas épocas de su infancia: de forma impulsiva y voluble (Niño). En su libro Juegos en que participamos (1966), el autor presenta la “transacción” como “la unidad de relación social”. Si dos personas se encuentran, “tarde o temprano una de las dos hablará, dará alguna indicación o mostrará agradecimiento por su presencia. Esto se conoce como estímulo de transacción. La otra persona entonces dirá o hará algo que esté relacionado con el estímulo y eso se llama respuesta transaccional”.

Dos formas de trastorno. En lo religioso se dan dos formas de trastorno y en los dos casos se puede enfermar: “Puede suceder que se utilice lo religioso, en especial la práctica religiosa, como como un pretexto para evadir tendencias de la propia naturaleza enteramente legítimas, pero por alguna razón inquietantes”, entonces “se desarrolla una inclinación hacia lo religioso que pretende legitimar la tendencia a evadirse de sí mismo”. También puede suceder que se evade lo religioso, porque le pone a uno “frente a exigencias que parecen insoportables” o porque “el individuo no encuentra el acceso a ello, de manera que, si bien lo afirma por principio, no sabe cómo acogerlo en su vida de adulto”. En los dos casos pueden enfermar los hombres: “en un caso enferman porque toman lo religioso como un pretexto para destruirse injustamente como seres naturales, en el otro porque se sacrifica la verdad en nombre de una vida intelectual, social o erótica siempre unilateral”, “una neurosis puede prosperar también con la represión de una religiosidad auténtica” (IH,191-192 y 68). 

Transhumanismo. Es un movimiento cultural e intelectual que tiene como objetivo transformar la condición humana mediante el desarrollo de tecnologías que mejoran las capacidades humanas tanto a nivel físico, psicológico e intelectual. El biólogo Julian Huxley (1887-1970) es considerado el fundador del transhumanismo, término acuñado en un artículo escrito en 1957. Los pensadores transhumanistas abordan los posibles beneficios y peligros de las nuevas tecnologías. El estadounidense Francis Fukuyama considera el transhumanismo como “la idea más peligrosa del mundo”. Para otros es un “movimiento que personifica las más audaces, valientes, imaginativas e idealistas aspiraciones de la humanidad”.

Ideología de género. El papa Francisco denuncia la ideología de género en la encíclica Amoris Laetitia (2016): “Lleva a proyectos educativos y directrices legislativas que promueven una identidad personal y una intimidad afectiva radicalmente desvinculadas de la diversidad biológica entre hombre y mujer” (AL 56). Durante la Jornada Mundial de la Juventud de Cracovia (julio, 2016), dijo el papa a los obispos polacos: “En Europa, América, América Latina, África, en algunos países de Asia, hay verdaderas colonizaciones ideológicas. Y una de estas -lo digo claramente con nombre y apellido- es el gender. Hoy a los niños en la escuela se les enseña esto: que cada uno puede elegir el sexo”. Esto supuesto, hay que “estudiar cada caso”. La comunidad cristiana ha de acoger, acompañar, discernir.

La verdad del ser humano. El papa León XIV aborda la revolución de la Inteligencia Artificial (IA) en su primera encíclica que se titula Magnifica humanitas (Magnífica humanidad), firmada el 15 de mayo en el 135 aniversario de la Rerum Novarum (De las cosas nuevas) de León XIII sobre la revolución industrial. Dos días después, dice el Papa: “En esta era de la IA animo a todos a comprometerse a promover formas de comunicación que respeten la verdad del ser humano, hacia la cual debe orientarse toda innovación tecnológica”. La encíclica ofrece una pauta en el diálogo global sobre la ética de la IA. La empresa Anthropic es conocida por sus investigaciones sobre una IA ética y segura. Su director afirma que la postura del Papa sobre la IA se convertirá en un nuevo foco de tensión con el gobierno de Trump (EFE, 19-5-2026). 

El Papa y la IA

La experiencia de fe. El poeta español Claudio Rodriguez (1934-1999), que murió a los 65 años enfermo de cáncer, dice en su poema Cielo: “Ahora necesito más que nunca/ mirar al cielo. Ya sin fe y sin nadie”, “hoy necesito el cielo más que nunca. / No que me salve, sí que me acompañe”. En cualquier situación, la escucha de la palabra de Dios puede dar sentido a la vida. Se trata de una experiencia. La experiencia es la toma de conciencia más inmediata de la realidad. La experiencia de fe, si es auténtica, lo hace y, por ello, tiene un efecto sanador, cura. Quien ha perdido el sentido de la vida se halla en la mayor necesidad que existe. El sentido de la vida es necesario como el aire que se respira.

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