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Sor Lucía se encuentra con León XIV a su regreso de Ucrania: "Él y Francisco siguen el Evangelio"

Sor Lucía Caram, con el Papa León | Mario Tomassetti

He venido de Ucrania con el alma herida. He vuelto de constatar, una vez más, que la guerra es un infierno. Un infierno real, concreto, que tiene nombres, rostros, cuerpos mutilados y corazones desgarrados. Pero también he visto algo que nadie podrá destruir: la resistencia de un pueblo que ama a los suyos, que abraza a sus hijos con una ternura infinita y que lucha —sí, lucha hasta el extremo— por la libertad. No por ideologías, sino para que sus hijos y las futuras generaciones no sean rehenes del imperialismo ruso, para que puedan crecer en dignidad y en esperanza.

Después de tocar ese dolor, he pasado por Roma. Y allí he tenido un encuentro con el Papa León XIV.

He encontrado a un hombre con el corazón abierto. Un hombre profundamente preocupado por la paz, pero no por una paz retórica o diplomática, sino por la paz que nace de la justicia, de la verdad y del respeto sagrado a la dignidad humana. Sus criterios son evangélicos al cien por cien. Un Evangelio que se conmueve ante el sufrimiento y que no pasa de largo. Un Evangelio que confirma en la fe y fortalece en el servicio a todos aquellos que luchan por un mundo más justo, más humano y más fraterno.

He encontrado a un hombre con el corazón abierto. Un hombre profundamente preocupado por la paz, pero no por una paz retórica o diplomática, sino por la paz que nace de la justicia, de la verdad y del respeto sagrado a la dignidad humana. Sus criterios son evangélicos al cien por cien

Es conocido mi amor, mi cariño y mi amistad por el Papa Francisco, a quien visité esa misma mañana. Y he podido constatar el cariño, el respeto profundo y el amor sincero que el Papa León tiene hacia él. No se trata de hablar de continuidad como si fuera una estrategia humana. Se trata de algo mucho más simple y más radical: uno y otro siguen el Evangelio.

Francisco siguió el Evangelio y lo encarnó con su estilo profético, cercano y valiente. León sigue el Evangelio y lo continúa con su propia sensibilidad, con su modo de estar, de escuchar y de acompañar. No es una cuestión de nombres, sino de fidelidad.

Sor Lucía Caram, con el papa León XIV | Mario Tomassetti

He visto en él una sonrisa generosa. Una escucha atenta que no es diplomacia, sino compasión. Una empatía que va más allá de la cortesía y se convierte en presencia orante, en una mirada que abraza y en una preocupación real por los pueblos que sufren.

Y pronto vendrá a nuestro país. Estará en Madrid, Barcelona y Canarias, y desde ellas irá conociendo y abrazando a toda España. Creo sinceramente que vale la pena disponer el corazón. Prepararnos interiormente. Abrirnos a escuchar su palabra y dejarnos confirmar en la fe, en el servicio y en el compromiso concreto con nuestros hermanos, especialmente con los que más sufren.

No esperemos del Papa un discurso político, partidista o ideológico. Su misión es otra. No viene a alinearse con banderas ni a reforzar trincheras. Viene, seguramente, a ofrecernos luz. A ayudarnos a purificar la mirada y a disponer el corazón para hacer opciones verdaderamente humanas y humanizadoras

No esperemos del Papa un discurso político, partidista o ideológico. Su misión es otra. No viene a alinearse con banderas ni a reforzar trincheras. Viene, seguramente, a ofrecernos luz. A ayudarnos a purificar la mirada y a disponer el corazón para hacer opciones verdaderamente humanas y humanizadoras. Opciones que no utilicen a las personas ni por la derecha ni por la izquierda, que no las conviertan en instrumentos de estrategias o de poder, sino que las pongan en el centro. En el centro para cuidarlas, para trabajar juntos, para reconstruir lo que está roto y para rescatar esa dignidad sagrada que toda persona merece, independientemente de su raza, de su condición social o de su color.

Sor Lucía Caram, ante la tumba de Francisco

Hoy quería compartirlo y dar gracias porque nuevamente he constatado que tenemos un Papa profundamente humano. Y tal vez esa humanidad tan palpable nace precisamente de su contacto vivo con el Evangelio. Es un hombre de oración. Un hombre de fe. Un hombre de compromiso.

Y en tiempos tan duros como los que estamos viviendo, eso no es poco. Es esperanza activa y es fuerza.

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