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El actual horno del odio

Carta a los políticos españoles

En teoría, habéis sido elegidos por el pueblo para servir al pueblo y, que yo sepa, solo os miráis al ombligo o a las siglas de vuestro propio partido. La cosa pública para vosotros no es la casa de todos, sino una escalera con tramos para ascender en vuestro propio orgullo, dinero y poder

Ya el enfrentamiento parlamentario no sirve para intentar hallar la luz, ni para dialogar u ofrecer razones, sino para insultar al adversario. Da la sensación de que, antes de llegar al hemiciclo, todos o casi todos os habéis desayunado con sapos y culebras

 La Iglesia, a Dios gracias, tiene hoy casi nulo influjo en la política. Eso debería aproximarla al desnudo testimonio del Evangelio de simple grano de mostaza. Pero vuelve a ser manipulada por Vox, que la traiciona con su ideología —no mencionemos la politización de los ultracatólicos— y una ultraizquierda que resucita trasnochados anticlericalismos

insultos

En realidad, quiero intentar averiguar dónde vivís, si en España, el mundo, o enclaustrados en la crisálida de vuestro propio ego. Os oigo en la radio, os miro en la tele y alucino. En teoría, habéis sido elegidos por el pueblo para servir al pueblo y, que yo sepa, solo os miráis al ombligo o a las siglas de vuestro propio partido. La cosa pública para vosotros no es la casa de todos, sino una escalera con tramos para ascender en vuestro propio orgullo, dinero y poder.

Hace años, cuando estrenábamos democracia, asistimos a algunos rasgos de generosidad, renuncias necesarias para conseguir la transición, incluido el “ogro” del PC. Luego, aunque siempre con corrupciones y disimulos, en la apariencia al menos, se mantenía cierto respeto y esbozos de diálogo. Ya sabemos, desde Bruto y Maquiavelo, que las manos limpias, la mentira y la honestidad nunca abundaron en este negocio. Pero hemos vivido tiempos de esfuerzos y la Constitución ha sido una plataforma válida para entendernos.

Ahora el circo político se ha violentado. Ya el enfrentamiento parlamentario no sirve para intentar hallar la luz, ni para dialogar u ofrecer razones, sino para insultar al adversario. Da la sensación de que, antes de llegar al hemiciclo, todos o casi todos os habéis desayunado con sapos y culebras. El resultado es un malestar y un escepticismo que al ciudadano medio le llenan de frustración y desencanto de la clase política. Al final, ¿para qué votar? Y, si votas, la papeleta acaba saliendo de la bilis, no del corazón o la ideología de cada uno. La mayor parte de las veces te ves obligado a votar “en contra de” en vez de “a favor de”, si es que no dejas de hacerlo.

Además, el bipartidismo está roto. Los dos extremos, por la izquierda y la derecha, lo único que están consiguiendo es la polarización y la inutilidad del voto. Resulta imposible que el elector pueda elegir un centroizquierda o un centroderecha, que es, en mi opinión, lo que desea y lo que votaba la gran mayoría de españoles.

Todo ello nos retrotrae a enfrentamientos guerracivilistas, como se ha puesto de manifiesto en la supresión del reciente congreso de Sevilla (muchos ya no quieren dialogar, sino darse mamporrazos) y en el absurdo problema suscitado por la confesionalidad de los funerales por el accidente de Ademuz. Afortunadamente, Huelva dio un ejemplo emocionante de sobriedad y protagonismo de las víctimas desde su fe no impuesta, secundado por la cercanía de los reyes.

 La Iglesia, a Dios gracias, tiene hoy casi nulo influjo en la política. Eso debería aproximarla al desnudo testimonio del Evangelio de simple grano de mostaza. Pero vuelve a ser manipulada por Vox, que la traiciona con su ideología —no mencionemos la politización de los ultracatólicos— y una ultraizquierda que resucita trasnochados anticlericalismos. Los dos grandes, PSOE y el PP, juegan con ella a dos bandas, utilizándola cuando les conviene. Sánchez dice que escucha al Papa, y Feijóo coquetea con la antinmigración anticristiana de sus obligados socios de Vox. No hablemos de los niños de papá, que sin tener idea de lo que fue, están poniendo una vela a Franco.

Solo os pido una cosa, políticos españoles: salid de la burbuja de vuestros planteamientos egoístas y de partido, pensad por una vez en los demás, devolved un gramo de honestidad a vuestra gestión. ¡Si no sois capaces de ser honrados, que al menos no se os vea tanto el plumero! Estáis convirtiendo España otra vez en un horno de odio. Solo pensáis en atrapar al pedazo más grande de la tarta. No importa el estado de las vías —todas, también el estado de los débiles— de nuestro país. Como decía el papa Francisco: "La buena política está al servicio de la paz y, cuando el ejercicio del poder político apunta únicamente a proteger los intereses de ciertos individuos privilegiados, el futuro está en peligro".

 

 

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