El cristianismo como presencia

El Cristianismo es Presencia que desinstala, no ideología que controla y tranquiliza

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El cristianismo corre siempre un riesgo: dejar de ser acontecimiento para convertirse en ideología. Cuando eso sucede, Cristo queda reducido a una construcción cultural de ideas correctas, la fe a un conjunto de fórmulas defensivas y la Iglesia a una institución preocupada principalmente por defenderse y reproducirse. Todo puede continuar funcionando —ritos, discursos, jerarquías, normas, solemnidades— y, sin embargo, haber perdido el temblor originario de aquel anuncio que comenzó con una presencia: «El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros» (Jn 1,14).

El cristianismo no nace de una teoría sobre Dios, sino de Dios encarnado en una historia concreta, caminando entre gente que da vueltas sin sentido, enfermos, pobres, pecadores, mujeres despreciadas, extranjeros y personas sin prestigio social o religioso. Por eso, cuando la trascendencia termina administrada como propiedad de especialistas de lo sagrado -clericalismo-, cuando Dios parece quedar secuestrado detrás de un lenguaje inaccesible o para reforzar privilegios, el Evangelio sobra. Jesús no aparece como chamán de lo sagrado que conserva a Dios fuera del alcance de los demás, sino que dice: «El que me ha visto a mí ha visto al Padre» (Jn 14,9) y, de modo más desconcertante: «Cada vez que lo hicisteis con uno de estos mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis» (Mt 25,40).

Ahí se juega la diferencia entre un cristianismo ideológico y un cristianismo encarnado. La ideología necesita sistemas cerrados, enemigos claros y respuestas perfectamente ordenadas al servicio del poder. La Encarnación, en cambio, obliga a entrar en la complejidad humana, a dejarse afectar por el sufrimiento, las preguntas del sentido y a descubrir que Dios puede cruzarnos donde nuestras seguridades religiosas pasan de largo o son incómodas.

Un Pueblo en camino, no una secta que se perpetúa

La Iglesia no ha sido convocada para convertirse en una secta que conserva indefinidamente las formas culturales cómodas en determinada etapa histórica, como pretende cierta ideología eclesiástica. El Vaticano II recuperó una imagen más bíblica: la Iglesia como Pueblo de Dios peregrino, una comunidad que camina en la historia hacia una plenitud que todavía no posee.

Ser peregrino significa llevar memoria profética y no instalarse en el campamento. Significa conservar una dirección sin confundir una etapa con la meta. Por eso una Iglesia verdaderamente tradicional no puede limitarse a repetir aquello que funcionó ayer; debe preguntarse cómo transmitir hoy la misma fe con renovadas mediaciones culturales.

Moisés expresó esta apertura cuando respondió a quienes estaban preocupados porque otros profetizaban fuera del circuito esperado: «¡Ojalá todo el pueblo del Señor fuera profeta!» (Nm 11,29). Una comunidad adulta no teme que sus miembros piensen, disciernan y escuchen al Espíritu; los necesita.

Ser profeta no es adivinar el futuro sino vivir una fe que interpreta los signos de los tiempos, especialmente cuando éstos revelan faltas de sentido, sufrimientos que nuestras estructuras suelen normalizar. Profeta es el tábano de la Misericordia que desestabiliza falsas seguridades institucionales.

La falsa seguridad de una religión burguesa

Existe una religión especialmente resistente a la conversión: aquella que consigue consentir la injusticia como algo normal mientras preserva una apariencia de respetabilidad espiritual. Puede celebrar liturgias impecables, defender valores elevados y hablar de trascendencia sin permitir que nada altere realmente la distribución del poder, del dinero o de las oportunidades.

Los profetas de Israel eran disruptivos. Amós reclama: «Aborrezco, desprecio vuestras fiestas... que fluya el derecho como agua y la justicia como arroyo perenne» (Am 5,21). Isaías formula algo semejante: el culto pierde sentido cuando las manos permanecen llenas de violencia y el pobre continúa abandonado (Is 1,11).

Jesús pone esa crítica en el meollo de la experiencia religiosa. La parábola del buen samaritano no pregunta quién posee la doctrina o moral “perfectas”, sino quién se hizo prójimo del herido (Lc 10,25-37). El sacerdote y el levita representan una religión instalada en rituales que perpetúan su poder, mientras el extranjero descartado obra conforme al corazón de Dios.

El cristianismo se vuelve burgués cuando deja incomodar. Cuando bendice el orden existente porque nos beneficia. Cuando convierte la fe en garantía de tranquilidad interior para no escuchar el clamor de las víctimas de los sistemas. La opción por los pobres no es un suplemento ideológico añadido al Evangelio: nace de un Dios que escucha el clamor del esclavo en Egipto.

Creer más para amar más

También existe otro peligro: reducir la fe a «cuatro verdades» perfectamente cerradas, defendidas como un sistema que ya no necesita crecer en comprensión.

San Anselmo definió la teología como fides quaerens intellectum, la fe que busca inteligencia. No porque dude necesariamente de aquello que cree, sino porque ama lo suficiente como para querer comprender más. Creer no cierra la pregunta; la expande.

Los discípulos caminan lentamente hacia la comprensión. Recibieron la semilla de la Palabra y esta crece haciendo preguntas, problematizando disonancias, no anulándolas. Discuten, se equivocan, interpretan mal a Jesús, desean poder y finalmente deben volver a aprender qué significa seguir al Maestro.

No es un modelo cerrado y repetitivo, es un proceso en expansión. Somos discípulos en camino de conversión permanente, no propietarios de respuestas acabadas. La verdadera seguridad cristiana no consiste en tener controladas todas las preguntas, sino en “guardar cosas en el corazón”, como María, mientras caminamos.

Por eso la misericordia se convierte en el lugar donde la doctrina demuestra si está verdaderamente viva. No una misericordia sentimental que evita la verdad, sino aquella que, como recuerda el Magníficat, derriba tronos, levanta humildes y colma de bienes a los hambrientos (cf. Lc 1,52-53).

La utopía cristiana empieza cuando se hace carne

El cristianismo contiene una utopía, ciertamente, pero no una utopía como huída de la historia o imposición ideológica de futuros paraísos terrenos. El Reino de Dios es horizonte y promesa, pero ya comienza allí donde alguien decide vivir según su lógica.

Comienza cuando una comunidad comparte en lugar de acumular, cuando la autoridad sirve en lugar de dominar, cuando escucha víctimas sin silenciarlas, cuando acoge al extranjero, cuando una Iglesia se deja reformar para ser más fiel a su misión y cuando una persona descubre que creer más es amar más, concretamente.

La esperanza cristiana no nos instala en el futuro. Nos compromete con el presente.

No necesitamos convencer al mundo de que poseemos mejores ideas religiosas, sino mostrar que el Evangelio todavía produce una presencia nueva: menos obsesionada con conservar privilegios, menos temerosa de las preguntas, más libre para aprender, más cercana al herido y más confiada en un Dios cuya fidelidad no necesita nuestras murallas.

El cristianismo deja de ser ideología cuando vuelve a ser Presencia de Cristo en un Pueblo que camina, una misericordia que desinstala y una esperanza que no huye de la historia, sino que entra en ella para transformarla.

Y esa esperanza sigue diciendo, contra toda resignación: el Reino está delante, y caminamos caminar hacia él.

poliedroyperiferia@gmail.com

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