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Todo el viaje del Papa a Francia, #primeroRD

Un León en el país de las revoluciones

Un León en el país de las revoluciones | P&P

León XIV en Francia: la fe vuelve a las fronteras donde se piensa el futuro

El viaje del Papa a Francia no debería verse como una gira protocolaria ni como una exhibición de músculo católico. El Papa ha llegado a un país en el que el cristianismo forma parte del subsuelo cultural, pero ya no determina por sí solo la vida pública. Ha llegado, por tanto, a una de esas fronteras donde la fe pierde seguridades, pero puede recuperar profundidad.

El viaje, iniciado el 25 de septiembre y previsto hasta el día 28, incluye etapas en París, Lourdes y Metz, además de una visita a la sede de la UNESCO. Este artículo se escribe con la esperanza de que aún falta lo mejor. El programa combina encuentros políticos, diálogo cultural, atención a los migrantes, escucha de catecúmenos, celebraciones populares, oración mariana y diálogo interreligioso. No parece una agenda para reafirmar una identidad amenazada, sino para situar la fe en conversación con las heridas y esperanzas de la sociedad.

Una Francia que ya no es la de los manuales

Durante siglos se llamó a Francia “la hija mayor de la Iglesia”. La expresión conserva una resonancia afectiva, pero actualmente ilusoria. Francia no ha generado solo catedrales, monasterios, santos y misioneros. También ha sido laboratorio de revoluciones, secularización, conflictos entre conciencia y autoridad, debates sobre la laicidad y profundas transformaciones culturales.

Precisamente ahí reside su fecundidad…en que “hace lío”. Es un país de revoluciones contagiosas, desde la de 1789, pasando por la de 1830, 1848, la comuna de París de 1871, la del mayo del ´68 entre muchas otras. La Revolución francesa, con sus luces, violencias y contradicciones, obligó al catolicismo a replantearse su relación con el poder político, la libertad de conciencia y los derechos humanos. La del ´68 “empujó la imaginación al poder”. La ley de separación entre las Iglesias y el Estado de 1905 consolidó un modelo de laicidad que continúa provocando tensiones. Sin embargo, el conflicto no siempre destruye la fe. A veces la despoja de privilegios y la obliga a discernir qué pertenece verdaderamente al Evangelio y qué era simple costumbre social.

León XIV reconoce las raíces cristianas del país, pero sin convertirlas en un argumento de propiedad. Ante las autoridades francesas recordó que libertad, igualdad y fraternidad no son únicamente palabras en los edificios públicos, sino exigencias éticas que encuentran en el Evangelio una fuente de inspiración. También presentó a Francia como un faro cultural, artístico y espiritual, capaz de unir ciencias, filosofía, literatura y búsqueda religiosa.

El lenguaje del Papa no reclama una reconquista confesional del espacio público. Propone que la tradición cristiana participe en la conversación común sin nostalgia imperial ni complejo de inferioridad. La fe no necesita dominar para iluminar. Tampoco debe encerrarse en las sacristías para resultar aceptable.

Una Iglesia de puertas abiertas

En Notre-Dame de París, símbolo herido y reconstruido, el Papa pidió una Iglesia abierta, capaz de acoger al extranjero y a las periferias. La restauración de la catedral fue presentada como signo de una cooperación que superó la pertenencia eclesial. El edificio renació porque creyentes y no creyentes reconocieron en él algo perteneciente a la memoria común.

No basta con reconstruir piedras si no se ensanchan las puertas. Una Iglesia-monumento podrá recibir turistas, pero no necesariamente engendrará esperanza. La reconstrucción que necesita el catolicismo europeo no es ante todo arquitectónica ni estadística. Es evangélica. “Repara mi casa” le dijo Jesús a San Francisco de Asís, apuntando a eso.

El programa papal va por ese camino. La visita a la Maison Bakhita, dedicada al acompañamiento y la integración social, precede al encuentro con la asamblea sinodal, los catecúmenos y los recién bautizados. En esa secuencia se dibuja una Iglesia que aprende a reconocerse no desde el centro del poder, sino desde quienes llaman a su puerta, llegan de otros países o descubren la fe desde fuera de sus hábitos tradicionales.

El Papa no se olvida de los jóvenes y en la vigilia de Saint-Denis, el Papa los llamó a elegir el bien, la justicia, la fe y la mansedumbre, frente a una cultura que promete poseerlo todo, pero corre el riesgo de vaciar la identidad personal. No les pidió refugiarse en una burbuja piadosa, sino convertirse en protagonistas responsables de su tiempo.

Educar para seguir siendo humanos

En la visita a la UNESCO, una apuesta por organismos internacionales en una época de exaltación nacionalista,  situó la educación, la ciencia y la cultura al servicio de la dignidad humana y de la paz. Advirtió que ninguna educación puede considerarse completa si evita la pregunta por el sentido de la vida, y que el progreso científico, separado de la ética, puede convertirse en instrumento de dominación.

La inteligencia artificial no podía estar ausente de su preocupación antropológica. No para demonizarla, sino para reclamar que no sustituya al discernimiento y que el ser humano termine adaptándose dócilmente a las máquinas que él mismo ha creado. En una sociedad tecnificada, la pregunta religiosa sigue viva y ninguna máquina puede reemplazar: para qué vivimos, qué debemos amar y de quién somos responsables.

La paz es el otro gran eje que el Papa anuncia como seguidor de Jesús. En la UNESCO recordó que las instituciones internacionales deben afrontar problemas que ningún Estado puede resolver aisladamente y defendió el diálogo frente a la desconfianza y la lógica de bloques.

El lejano eco de la nouvelle théologie

En este viaje resuena, aunque no se la nombre constantemente, la gran aventura de la nouvelle théologie. Teólogos como Henri de Lubac, Yves Congar, Marie-Dominique Chenu, Jean Daniélou, etc. comprendieron que la fidelidad no consiste en repetir fórmulas anacrónicas. Propusieron la renovación como vuelta a la Escritura y a los Padres de la Iglesia para dialogar más hondamente con la cultura contemporánea. Su pensamiento, inicialmente sospechoso y muchas veces condenado, influyó decisivamente en el Concilio Vaticano II.

Aquellos teólogos renovaron el cristianismo bebiendo de las fuentes. Entendieron que la Tradición no es un museo de respuestas, sino una memoria viva capaz de engendrar preguntas nuevas. La teología francesa mostró así que las periferias conflictivas también pueden convertirse en lugares de revelación.

Una fe que siempre sorprende

Francia ha sido cuna de revoluciones que han ensanchado la conciencia moderna. También ha recordado a la Iglesia que la fe, cuando es evangélica, no bendice el orden establecido ni se refugia en una sacristía temerosa del mundo.

Jesucristo irrumpió en la historia con una palabra libre, inconformista y humana. Su Evangelio consoló a los heridos, pero también inquietó a quienes habían convertido la religión, la ley o el poder en instrumentos de dominio. Por eso, creer implica conservar algo de aquella santa disrupción: cuestionar lo que deshumaniza, incluso a la misma Iglesia cuando lo hace, abrir caminos donde todo parece cerrado y reconocer la novedad de Dios en lugares inesperados.

Francia, con sus catedrales y revoluciones, sus santos y controversias, muestra que las crisis no tienen la última palabra. Pueden convertirse en umbrales de renovación. Este viaje importa porque recuerda que la Iglesia será fecunda cuando no tema la intemperie: cuando escuche, dialogue y anuncie que la fe siempre sorprende porque siempre genera vida.

poliedroyperiferia@gmail.com

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