Las vocaciones entre el llamado de Dios y la exclusión humana
Pastores y Ladrones
Las vocaciones entre el llamado de Dios y la exclusión humana
El capítulo 10 del Evangelio de Juan presenta una de las imágenes más inspiradoras de Jesús: “Yo soy la puerta de las ovejas”. No es una metáfora bucólica. Es un criterio de discernimiento radical: no toda autoridad es legítima, no toda guía conduce a la vida, no todo liderazgo es pastoral.
Jesús contrasta al verdadero pastor con los ladrones. El pastor entra por la puerta, conoce a las ovejas y les entrega su vida; el ladrón salta por otro lado, roba, destruye y vive para sí mismo. La pregunta no es solo quién lidera, sino qué tipo de autoridad se ejerce y con qué finalidad.
Este evangelio interpela a la Iglesia de todos los tiempos. Particularmente hoy, en un contexto en el que el clericalismo sigue usurpando la vida eclesial, es urgente la conversión del pastor: una autoridad que hace crecer, acompaña y sirve, en contraposición a toda forma de dominio, narcisismo y control.
Jesús es la puerta y el criterio de autenticidad de toda mediación religiosa. Quien no entra por él —es decir, quien no actúa según su lógica de servicio, entrega y misericordia— no es pastor, sino impostor.
El verdadero pastor no aplasta, sino que contagia; no uniforma, sino que reconoce la singularidad; no manipula, sino que guía. Esta forma de autoridad no domina, sino que libera; no absorbe, sino que potencia, no condena, sino que misericordea.
“He venido para que tengan vida y la tengan en abundancia”. Esta es la clave hermenéutica de todo liderazgo cristiano. La pregunta decisiva no es cuánto poder tiene, sino cuánta vida genera. Allí donde hay crecimiento humano, dignidad, libertad y comunión, existe pastoreo auténtico. Donde hay miedo, dependencia, infantilización o sometimiento, allí actúan los ladrones que “roban para la corona”, la suya.
Este modelo de autoridad implica cercanía. El pastor camina al lado del rebaño; comparte su destino, experimenta sus heridas, escucha sus voces. Su presencia no es distante ni sacralizada, sino encarnada. Por eso, el verdadero pastor no teme perder privilegios, pues su identidad no se basa en el poder y el prestigio, sino en el servicio. No infunde “temor reverencial” a siervos sumisos, sino confianza fraternal a sus “amigos” (Jn 15,15)
El clericalismo, en cambio, es una deformación que niega el Evangelio y transforma el ministerio en estatus, el servicio en privilegio y la comunidad en una red de control. En lugar de acompañar al Pueblo, lo sustituye; en lugar de caminar con él, se coloca por encima; en lugar de escuchar, se impone para ser el centro de la vida religiosa.
La crítica de Jesús a los “ladrones” no es abstracta. Es una denuncia concreta de toda autoridad que se legitima a sí misma sin pasar por la lógica del amor y del servicio. Juan 10 sigue invitando a discernir estructuras, prácticas y actitudes que configuran la vida eclesial.
El Día de las Vocaciones “sacerdotales” plantea una pregunta incómoda pero necesaria: ¿a quiénes se llama —y a quiénes se excluye— del ministerio?
La ausencia de sacerdotes casados en la vida eclesial no es solo una cuestión disciplinar, sino también un agujero pastoral y teológico.
Ni el planteo de la pederastia, ni las frustraciones, dobles vidas y otras situaciones de abuso ampliamente conocidas y encubiertas no hacen mella en la estructura del sacerdocio ministerial basado en el celibato obligatorio de varones impuesto por el clericalismo de otras épocas. Una medida disciplinar humana se ha convertido en el mayor filtro que descarta vocaciones. El faraón tuvo que soportar 7 plagas antes de conceder la liberación de Israel...¿cuántas plagas soportará obsecadamente la iglesia antes de aflojar con esta sacralización sacrificial inhumana?
Sin negar el valor del celibato como carisma, resulta imprescindible reconocer que la exclusión sistemática de sacerdotes casados empobrece a la Iglesia. Se trata de hombres que viven la fe desde la experiencia de la doble sacramentalidad del matrimonio y del ministerio. Son portadores de una riqueza humana y espiritual singular. Su descarte y silenciamiento —una mafiosa omertá eclesiástica— es uno de los errores más graves de la iglesia cautiva del clericalismo.
No existe doctrina que justifique esta marginación. Es una práctica que discrimina, privando a la Iglesia de una forma más encarnada, cercana y familiar de pastoreo. Recuperar estas vocaciones -23 ritos católicos en comunión con Roma lo hacen desde tiempos apostólicos- no es una concesión, sino una necesidad para una Iglesia que se queja de que le faltan vocaciones y descarta a legítimos sacerdotes casados que Dios formó en su Pueblo (aproximadamente 8.000 solo en España y 100.000 en el mundo, el doble de las parroquias sin párrocos).
El Evangelio advierte que los ladrones no siempre son externos; muchas veces operan dentro de la misma religión (Mt 10, 36). Dos de las deformaciones más persistentes son el ritualismo y el moralismo, expresiones del clericalismo contrarias al Buen Pastor.
El ritualismo convierte la liturgia en protagonismo clerical. El ministro deja de ser servidor y se vuelve figura central exageradamente sacralizada. El rito se convierte en autoexaltación, deja de ser puerta hacia Dios y se vuelve mecanismo de poder.
En este contexto, el celibato —exclusivo— es utilizado como signo de superioridad más que como don. No es el carisma lo problemático, sino su instrumentalización como criterio único de jerarquía espiritual.
Por otro lado, el moralismo reduce el Evangelio a vigilancia y juicio. La misericordia es reemplazada por el señalamiento constante. El líder religioso, investido del “angelismo” del celibato, se cree por encima, denunciando pecados ajenos mientras oculta las vigas en el ojo propio (Mt 7,3).
Esta hipocresía estructural daña profundamente a la comunidad y distorsiona el rostro de Dios, especialmente en una época en que salen a la luz miles de casos de pederastias de aquellos que, desde el podio de la superioridad religiosa, señalan con el dedo a la sociedad mientras abusan de víctimas a las que menosprecian, pues “la institución” que ellos rigen importa más que las personas.
A estas deformaciones se suma una tercera, más silenciosa pero igualmente grave: la exclusión de quienes no encajan en el modelo clerical dominante, como los sacerdotes casados. Se les desplaza, se les invisibiliza, se les priva de reconocimiento, a pesar de su experiencia y fidelidad.
Se los calumnia diciendo que “salieron de la Iglesia”, cuando en realidad solo respondieron a la santa vocación matrimonial para enriquecer la opción cristiana. Esta sentencia es injusta y profundamente anti-evangélica. No han salido de la Iglesia, sino que el clericalismo dominante ha escondido maliciosamente sus talentos.
El verdadero pastor integra, no excluye; reconoce, no descarta; abre caminos, no los cierra. Toda forma de exclusión sistemática contradice la lógica del Reino, donde los últimos son los primeros.
El pasaje de Juan 10, 1-10 es una llamada a discernir qué tipo de Iglesia queremos ser. Una Iglesia de puertas cerradas, marcada por el control y la exclusión, o una Iglesia abierta, donde todos puedan encontrar vida en abundancia.
El Día de las Vocaciones solo tendrá sentido si ampliamos nuestra comprensión de la llamada. Habrá vocaciones cuando todos sean llamados, comenzando por los ya descartados. Porque en el corazón del Señor, ellos siempre ocupan el primer lugar.
Recuperar a los sacerdotes casados, superar el clericalismo, purificar el ritualismo y abandonar el moralismo no son tareas opcionales. Son condiciones necesarias para que la Iglesia vuelva a ser signo creíble del Evangelio.
La esperanza nace de esta conversión. Una Iglesia donde la autoridad sirva, donde la diversidad sea acogida y donde la vida florezca sin miedo. Porque solo así podremos reconocer, en medio de nosotros, la voz del verdadero Pastor que sigue diciendo: “Yo he venido para que tengan vida, y la tengan en abundancia”.
poliedroyperiferia@gmail.com
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