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Sanar las heridas que nadie ve: Jesús ante el sufrimiento mental

La intención de oración de León XIV para octubre coloca ante la Iglesia una de las heridas actuales más silenciosas: la salud mental. Ansiedad, depresión, soledad y otros trastornos no pueden reducirse a debilidad personal ni resolverse con mágicas recetas espiritualistas. No todo sufrimiento humano es una enfermedad. Entre la estigmatización de ayer y la medicalización apresurada de hoy, el Evangelio propone algo profundamente humano: mirar, acercarse, escuchar, acompañar y sanar.

salud mental | P&P

Hay dolores que pueden mostrarse en una radiografía, un análisis o una cicatriz; otros están en ese territorio interior de sufrimiento invisible. León XIV ha querido rezar en octubre por quienes padecen problemas de salud mental y pide que superemos prejuicios y discriminaciones, acogiendo y acompañando.

No es algo marginal. Más de mil millones de personas viven con algún trastorno mental. Y detrás de la estadística aparecen rostros de adolescentes desbordados por la ansiedad, adultos agotados, depresiones sin explicación, ancianos en el pozo de la soledad, familias que no saben cómo acompañar y profesionales sanitarios sin recursos. La salud mental contemporánea es paradógica: mientras hablamos de ella con mayor libertad y disminuyen prejuicios, aumentan también la ansiedad, la depresión y otras formas de sufrimiento psíquico.

¿Qué nos está pasando?

La ciencia ha superado explicaciones crueles que durante siglos identificaron determinados trastornos con debilidad moral, falta de voluntad e incluso deficiencia espiritual. Psicología, psiquiatría y neurociencias nos han enseñado que las enfermedades mentales responden a complejas interacciones biológicas, psicológicas, biográficas y sociales. El uso correcto de psicofármacos pueden salvar vidas; la psicoterapia aborda sufrimientos que antiguamente quedaban en el silencio.

Pero una comprensión integral de la persona requiere mirar también el mundo en el que esa persona intenta vivir.

La cultura de productividad permanente nos hace sentir que nunca hacemos lo suficiente. La precariedad laboral y económica nos mantiene en incertidumbre constante. La hiperconexión nos comunica instantáneamente con cualquier lugar del planeta mientras paradójicamente crece la soledad. Las redes sociales nos exponen a una comparación interminable con vidas ajenas artificialmente editadas. Dormimos peor, vivimos acelerados, no toleramos el aburrimiento y convertimos el descanso en sentimiento de culpa.

¿qué está ocurriendo en nuestra sociedad para que tantas personas encuentren cada vez más difícil habitarla serenamente?

Existe otro riesgo: transformar cualquier sufrimiento en enfermedad. Una ruptura amorosa duele, un duelo desgarra, fracasar entristece, un examen produce ansiedad y atravesar la adolescencia es problemático. No toda tristeza es depresión ni toda inquietud es un trastorno. Hay una patologización del malestar cotidiano y autodiagnósticos simplificados por redes sociales.

cuidar a los enfermos | P&P

No se trata de desconfiar de la psiquiatría ni de los medicamentos, sino tomarnos en serio la salud mental como para no reducirla a una pastilla. Cuando faltan profesionales, tiempo de consulta, psicoterapia pública y redes comunitarias, existe el peligro de medicar aquello que también necesitaría escucha, vínculos y, algunas veces, cambios en las condiciones de vida. Los fármacos pueden ser indispensables; pero ningún ansiolítico puede sustituir indefinidamente una amistad, un trabajo digno, una vivienda, el descanso, la pertenencia a una comunidad o un horizonte de sentido.

Jesús no veía diagnósticos, veía personas

El Evangelio tiene mucho que decir, aunque no sea un manual de psiquiatría. Sería anacrónico identificar diagnósticos de la época con enfermedades actuales. Pero el modo de Jesús de encontrarse con las personas heridas es igual.

Jesús devuelve humanidad antes que normalidad.

Bartimeo grita mientras la multitud intenta hacerlo callar. Jesús se detiene y pregunta: «¿Qué quieres que haga por ti?» (Mc 10,51). Jesús le devuelve palabra y protagonismo.

Al leproso, socialmente intocable, Jesús lo toca (Mc 1,40-45). En el hombre de Gerasa, que vive entre sepulcros, aislado y encadenado porque la comunidad ya no sabe qué hacer con él, Jesús ve alguien recuperable; al final del relato aparece nuevamente vestido, sereno y capaz de relación (Mc 5,1-20). La curación evangélica no termina cuando desaparece un síntoma: culmina cuando la persona puede regresar a la comunidad.

El propio Jesús conoce la angustia. En Getsemaní confiesa: «Mi alma está triste hasta la muerte» (Mt 26,38). No niega lo que siente, no lo disfraza mediante un discurso religioso ni considera su tristeza incompatible con la confianza en Dios. Y hace algo muy humano: pide compañía.

Tal vez allí encontremos una de las claves cristianas para nuestro tiempo. La fe no promete inmunidad psicológica. Creer no significa permanecer siempre alegre, equilibrado y seguro. Hay cristianos que padecen depresión, sacerdotes agotados, religiosos atravesados por la ansiedad, adolescentes creyentes que necesitan psicoterapia y personas profundamente espirituales que requieren medicación. Decirles que "deberían curarse rezando", puede añadir culpa religiosa a un sufrimiento que ya es insoportable.

Sanar también los vínculos

La Doctrina Social de la Iglesia da otro paso. Si la dignidad humana es integral, cuidar la salud mental no es "reparar" individuos para devolverlos rápidamente al mismo engranaje que los quebró.

Hay trabajos que enferman, pobrezas que angustian, viviendas precarias que destruyen la intimidad familiar, discriminaciones que hieren, soledades que deterioran y modelos de éxito exageradamente competitivos. Por eso la salud mental es también cuestión de bien común, justicia social y fraternidad.

La Iglesia tiene la misión de ser hospital de campaña que no solo venda heridas sino que también pregunta por qué llegan tantos heridos.

Una comunidad cristiana no debe diagnosticar ni prescribir. Para eso existen profesionales cualificados. Su tarea es crear lugares donde una persona pueda reconocer «no puedo más» sin ser juzgada; formar agentes pastorales capaces de escuchar y detectar cuándo hace falta ayuda profesional; acompañar a las familias; colaborar con psicólogos, psiquiatras y trabajadores sociales; visitar a quien se ha aislado; generar vínculos y recuperar algo que nuestra sociedad hiperconectada parece estar perdiendo: tiempo gratuito para otro.

Salud mental (2) | P&P

Francisco decía que ante una persona desesperada muchas veces solo debemos escuchar, porque «no hay receta». León XIV pide ahora que la salud mental sea parte de la misión de la Iglesia, una comunidad que escuche sin juzgar y se acerque sin miedo. El documento recuerda que este acompañamiento no pretende diagnosticar ni tratar, sino ayudar a la persona a descubrir una dignidad que ninguna enfermedad puede arrebatarle.

La auténtica sanación cristiana no es promesa irresponsable de que la oración sustituirá al tratamiento, ni el sufrimiento falta de fe, sino una comunidad que reza, acompaña, escucha, deriva cuando es necesario y permanece.

Jesús no preguntaba primero qué enfermedad tenía delante. Se detenía ante alguien que sufría.

La Iglesia ha acompañar a quienes atraviesan su noche, respetando el trabajo de quienes tratan sus heridas y permaneciendo a su lado para recordar que ninguna enfermedad puede agotar su nombre, su dignidad ni su esperanza.

poliedroyperiferia@gmail.com

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