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Menos empatía y más compasión

Es frecuente que al hablar de empatía sintamos una predisposición favorable hacia lo que representa esta palabra. Ocurre lo contrario con la compasión, al asimilarla con experiencias paternalistas y, en todo caso, a actitudes propias de otro tiempo. Sin embargo, es frecuente encontrarnos personas que hablan de la necesidad de ser compasivos y mostrar empatía hacia los demás, quizá presuponiendo que ambas palabras significan lo mismo. Creo que ambos términos tienen su propio valor y forman parte de una escalera un poco más amplia: simpatía, empatía y compasión.

La empatía va más allá de apiadarse y sentirse afectado por una circunstancia, como ocurre con la simpatía (sentir pena). La empatía implica ponerse en el lugar de la persona que experimenta la dificultad. Es una capacidad de la inteligencia emocional para ponernos en el lugar de otra persona, comprender cómo se siente e identificarnos con sus sentimientos de felicidad o sufrimiento. La pregunta adecuada, sería: "¿Cómo te sientes?".

La verdadera compasión va un paso más allá: es la capacidad del ser humano de entender la dificultad por las que traviesan otras personas mediante conductas para facilitarles las cosas, de resolver el problema que tengan. No se limita a sentir empatía, sino que dan un paso más al tener en cuenta formas concretas de ayuda. La compasión pregunta: "¿Qué necesitas?" sin atender a lazos afectivos, sino a la necesidad de quien necesita verdadera compasión.

Con todo, la empatía es necesaria. Pensemos en cómo me siento cuando alguien me mira a la cara y me pregunta si estoy bien; es mucho mejor esto que escuchar el consabido "¿cómo estás?" que utilizamos a modo de saludo. Las personas empáticas transmiten una conexión con su interlocutor aunque no tenga una relación previa especial. Es decir, las emociones pueden lograr que nos sintamos conectados con los sentimientos y el dolor de otra persona, aun sin conocermos a fondo.

Pero a la vez puede provocar algunos problemas cuando hay emociones negativas de por medio. Puede llevar a hacer suposiciones y tomar decisiones en base a ellas en lugar de basarnos en la verdadera realidad. Además, la empatía con el dolor de otra persona no basta que las entrañas se estremezcan hasta el punto de actuar. Como señala Rutger Bregman en su estupendo libro Dignos de ser humanos, la empatía puede ser agotadora si mantenemos la conexión emocional en demasía. La empatía es necesaria, sin duda, pero la compasión es acción, el impulso a hacer algo más que "comprender" y "sentir" para mejorar la situación de quien lo necesita, y que nos lleva a movernos para ayudar. Más exigente que la empatía, pero libera, no agota. Solo así es posible construir relaciones saludables y contribuir al bienestar de quienes nos rodean.

La compasión va más allá de comprender la situación anímica y busca formas de ayudar para resolver el problema. Es necesario, pues, que repensemos la compasión como fortaleza, no como debilidad, por difícil que resulte, que por algo es “la única forma de conocimiento verdadero” (Simone Weil) más allá de un sentimiento. En la terminología bíblica, la compasión del Padre está estrechamente ligada a su misericordia, encarnada en Jesús. Él es nuestro ejemplo.

Para algunos, son dos términos sinónimos. Sin embargo, el salmista (sal 102) muestra que sus contenidos se complementan y enriquecen: “El Señor es compasivo y misericordioso”, no dice “o”, sino “y”. Ambas -compasión y misericordia- muestran actitudes y conductas distintas, pero estrechamente conectadas. La misericordia, sería la virtud compasiva que perdona las miserias ajenas y facilita la reconciliación; es magnanimidad y perdón amoroso ante el daño recibido. Y lo normal es que, si alguien es compasivo, sea misericordioso. Actuar con ambas virtudes, en definitiva, es la vocación a la que todos hemos sido llamados, incluso los que no han experimentado todavía el regalo de la fe o la han perdido. Es el camino para lograr una convivencia llevadera; de lo contrario, vivimos como en la selva… y lo podemos comprobar.

La escalera de la excelencia, humana y cristiana, podría completarse y quedar así: simpatía, empatía, compasión, misericordia.

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