El ex ministro Romay Beccaría prologa una obra de bioética
Este libro de José Ramón AMOR PAN, Introducción a la Bioética. PPC. Madrid 2005, culmina una larga dedicación de su autor al estudio de las cuestiones que en él examina y una fecunda presencia en los medios de comunicación, participando con asiduidad y solvencia en el “debate público” sobre estos temas. Estamos ante un riguroso y completo estudio que sobrepasa con creces la modestia de su título.
Más que ante una “Introducción” estamos ante un extenso trabajo que estudia desde el concepto de la ética – con sus diferencias con el Derecho, la Religión y la Política – y su fundamentación, hasta un variado repertorio de cuestiones que plantean problemas bioéticos, que van desde la atención al paciente crónico y terminal hasta el respeto de la Naturaleza y los derechos de los animales, pasando por la temática de las personas con discapacidad intelectual, la ancianidad, el uso de los recursos sanitarios, la reproducción humana asistida y la genética.
Completísimo repertorio como se ve, que nuestro autor trata con seriedad, rigor y lucidez. De la calidad de su trabajo, en algunos extremos – la relación del Derecho y la Ética o el uso de los recursos sociosanitarios, por ejemplo – puedo dar un testimonio de alguna autoridad, pues se trata de cuestiones que por formación o experiencia conozco con cierta profundidad. Eso mismo me autoriza a suponer que todo el trabajo se ajusta a unos excelentes estándares de calidad.
Hay ciertos principios morales, nos dice Isaiash Berlin en El fuste torcido de la humanidad (1992: 191) “que forman parte profunda de lo que concebimos como naturaleza humana. Han sido aceptados por la mayoría de los hombres durante, por lo menos, la mayor parte de la historia escrita; esos principios no pueden abolirse; no conocemos ningún tribunal, ninguna autoridad, que pudiese, a través de algún procedimiento reconocido, permitir a los hombres prestar falso testimonio, o torturar libremente, o asesinar a otros hombres por placer. Se trata de una especie de retorno a la idea antigua del derecho natural pero, para algunos de nosotros, dice Berlin, con un ropaje empírico, no ya necesariamente basado en fundamentos teológicos o metafísicos. Equivale a decir que no podemos evitar aceptar esos principios básicos porque somos humanos. Como estos principios son fundamentales y han sido reconocidos durante mucho tiempo de un modo generalizado, tendemos a considerarlos normas éticas universales”.
Más recientemente Jürgen Habermas en Tiempo de transiciones (2004:187-8) ha escrito algo tan luminoso, a mi juicio, como esto: “Desde un punto de vista sociológico, las formas de conciencia modernas, que caracterizan al derecho abstracto, a la ciencia moderna, al arte autónomo, no habrían podido desarrollarse sin las formas de organización que aparecen en el helenismo cristiano y en la iglesia romana, en las universidades, monasterios y catedrales. Y esto se aplica tanto más a las estructuras mentales. Ya la idea de Dios, esto es, la idea de un Dios uno y oculto, creador y redentor , significó en su momento la irrupción de una perspectiva enteramente nueva frente a los relatos iniciales del mito. Y es que con ello el espíritu finito alcanzaba un punto de vista que trasciende todo lo intramundano. No obstante, es con el tránsito a la Modernidad cuando el sujeto que conoce y juzga moralmente hace suyo el punto de vista de Dios, en el sentido de que hace suyas dos idealizaciones muy ricas en consecuencias. Por una parte, objetiva la naturaleza externa bajo el punto de vista de una totalidad de estados y procesos vinculados entre sí nomológicamente; por la otra, expande el mundo social conocido hasta entonces a la noción de una comunidad que incluye, más allá de toda frontera, a cualquier persona cuya actuación se entiende como responsable. De este modo se abre la puerta a la penetración racional de un mundo opaco, y ello en dos dimensiones: la de la racionalización cognitiva de una naturaleza convertida en objeto en su conjunto, y la de la racionalización social- cognitiva del conjunto de las relaciones interpersonales sometidas a regulación moral.
En Occidente el cristianismo no sólo ha hecho realidad las condiciones de partida cognitivas adecuadas para la formación de las estructuras modernas de la conciencia, sino que ha favorecido también aquel tipo de motivaciones que constituyeron, en su momento, el gran tema de las investigaciones de Max Weber sobre ética de la economía. Para la autocomprensión normativa de la Modernidad, el cristianismo no se limita a ser una prefiguración o un catalizador.
El universalismo igualitario del que proceden las ideas de libertad y convivencia solidaria, de configuración autónoma de la propia vida y emancipación, de una moral anclada en la conciencia individual, de los derechos humanos y de la democracia, es un heredero directo de la ética judía de la justicia y de la ética cristiana del amor. La sustancia de esta herencia no ha cambiado, pero sí ha sido objeto una y otra vez de apropiación crítica y de nueva interpretación. Y a esto sigue sin haber en la actualidad otra alternativa”.
José Ramón Amor, cualquiera que sean sus opciones personales, se produce con la misma racionalidad y con el mismo amor a la verdad que estos dos autores, que difícilmente pueden ser adscritos a ninguna ortodoxia que pudiera limitar la libertad de sus juicios. Por todo ello, felicito al lector por su interés por materia tan trascendente como la que contiene este libro y le auguro que en sus textos encontrará esa dosificación adecuada de lo útil y lo agradable que es la clave del éxito según la sabia enseñanza clásica.
José Manuel Romay Beccaría