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¿Final de Belorado (en Belorado)?

Del sainete al perdón: lo que el arzobispo Iceta todavía les debe a las ex monjas de Belorado

"Si las exmonjas dan el paso de pedir perdón y si Iceta responde con gestos concretos de acogida, el desahucio no será el epílogo amargo de una tragicomedia, sino el umbral de una historia distinta"

Iceta y la ex abadesa

La sentencia de desahucio, que se ejecutará dentro de tres días, ha cerrado el primer acto del caso Belorado: los conventos de las monjas cismáticas volverán, poco a poco, a la obediencia de Roma y a la tutela del comisario pontificio, Mario Iceta. Pero si la Iglesia se conforma con eso, habrá ganado una causa judicial y habrá perdido, a la vez, una oportunidad evangélica de oro.

La cuestión ahora no es solo quién tiene las llaves de los monasterios, sino qué se hace con las monjas heridas y con la imagen de una Iglesia que ha quedado marcada por un esperpento de falsos obispos, curas cocteleros y clarisas en prime time.

Ex monjas de Belorado

Un esperpento que hizo daño a todos

Lo que empezó como conflicto interno terminó derivando en tragicomedia. Las monjas de Belorado, Orduña y Derio rompieron con Roma, se pusieron bajo la tutela de un falso obispo y de un “cura coctelero”, redactaron un “manifiesto” de sabor cismático y arrastraron a toda la Iglesia a un espectáculo tan llamativo como dañino.

Dañino para la propia imagen de las monjas, que quedaron asociadas a un sainete mediático; dañino para la Federación de Clarisas, para las hermanas mayores que nunca quisieron esa deriva y para las que salieron a tiempo; dañino, en fin, para una Iglesia, que se vio retratada como incapaz de gestionar un conflicto sin convertirlo en culebrón.

En ese contexto, el papel de monseñor Iceta, arzobispo de Burgos, ha sido, hasta ahora, el del comisario que debía poner orden. Y ha cumplido con su papel. Ha asumido deudas, ha defendido la titularidad de los bienes, ha cuidado -con luces y sombras- a las hermanas ancianas, y ha seguido el camino de los tribunales hasta lograr la sentencia de desahucio. Nadie puede decir que se haya inhibido. Pero, precisamente porque la parte jurídica está encarrilada, ¿no toca ahora preguntarse si basta con eso?

Mario Iceta | EFE

El primer paso: pedir perdón

Todo indica que un proceso serio de discernimiento tiene que empezar por las exmonjas. Fueron ellas quienes apostaron por la ruptura, quienes dieron credibilidad a personajes disparatados, quienes firmaron documentos gravemente lesivos para la comunión eclesial y para su propia credibilidad.

Les corresponde, por tanto, dar un primer paso claro y reconocer que se equivocaron, que convirtieron un conflicto real en una deriva cismática y que ese error ha causado mucho daño a todos los actores implicados en el caso.

Como es lógico, este primer paso incluye que las monjas cismáticas pidan perdón: a la Iglesia, a las clarisas de otras comunidades, a las hermanas mayores usadas -consciente o inconscientemente- como escudo, y a los fieles que vieron cómo se dinamitaba la imagen de la vida contemplativa.

Sin ese movimiento interior, cualquier intento de recomposición será un maquillaje. No se trata de humillar a las exmonjas, sino de ayudarlas a salir del relato de victimismo que han alimentado. Porque ellas no son mártires perseguidas por la “Iglesia apóstata”, sino mujeres consagradas que tomaron decisiones muy graves y que ahora necesitan una salida que no pase por seguir cavando el agujero del cisma y de la apostasía.

Belorado, un año después: las ex monjas siguen ErreQErre

El segundo paso: un obispo con entrañas

Si ese gesto de reconocimiento llega -y ojalá llegue-, la pelota pasará de inmediato y sin tiempo que perder al tejado de Iceta. Y ahí es donde se verá si el arzobispo de Burgos se queda en la justicia de los tribunales o es capaz de encarnar la misericordia del Evangelio.

La referencia para el prelado burgalés es obvia: la parábola del hijo pródigo que él mismo ha citado, para referirse al caso de Belorado. En esa parábola, el padre no espera en el zaguán con los brazos cruzados ni manda un burofax, sino que sale al encuentro, corre, abraza, devuelve dignidad.

Traducida y aplicada al caso Belorado, la parábola evangélica implica tres cosas muy simples, pero muy exigentes:

Rueda de prensa de Iceta

Hasta ahora, Iceta ha dado la cara sobre todo en los juzgados y en ruedas de prensa. Falta verle escenificar esa dimensión de “obispo con entrañas”, que se deja ver buscando a la oveja perdida, aunque esté llena de barro y no tenga claro que quiere volver al redil.

Belorado como espejo de una Iglesia adulta

El caso Belorado ha puesto sobre la mesa más cosas que un pleito de propiedad. Ha mostrado las fragilidades de la vida religiosa, la presión de ciertos entornos ultraconservadores, la fuerza de las redes para amplificar descontentos y la tentación, muy humana, de convertir el desencanto en ruptura total. Ahora puede convertirse también en laboratorio de cómo una Iglesia adulta gestiona sus propios conflictos.

Un discernimiento honesto en Burgos -y en España- debería dejar claro que:

Si las exmonjas dan el paso de pedir perdón y si Iceta responde con gestos concretos de acogida, el desahucio no será el epílogo amargo de una tragicomedia, sino el umbral de una historia distinta. Una historia en la que Belorado deje de ser sinónimo de sainete y vuelva a serlo de Evangelio vivido con fragilidad, sí, pero también con verdad y perdón. Monseñor, le quedan unos días. Aprovéchelos y preséntese en el monasterio de incógnito y sin avisar. Como el pastor que busca hasta el último momento a las ovejas perdidas.

Torno de Belorado

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