“Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?”: La pasión se repite, y a confabularse para prender y condenar a Jesús somos siempre los mismos
No puedo imaginar lo que pensarán los fieles que, cada domingo, acuden a la celebración de la eucaristía, cuando escuchen hoy, la pregunta de Jesús a sus discípulos: “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?”
Son muchas las respuestas que se pueden dar a esa pregunta: podemos ignorarla, como ignoramos lo que no nos interesa; podemos entenderla como dirigida a aquellos discípulos que, en aquel tiempo, iban con Jesús, pero no a nosotros, que no nos consideramos -tal vez nadie nos ha dicho que somos- discípulos de Jesús; podemos entenderla como pregunta que Jesús nos dirige hoy a nosotros, y que respondemos desde el catecismo, desde el Credo que recitamos cada domingo, o desde lo que hemos leído en algún libro sobre creencias piadosas; y podemos también entenderla como pregunta que Jesús nos dirige a nosotros, y que hemos de responder desde nuestra vida.
Si se da desde la vida, esa respuesta deja de ser igual para todos, y empieza a ser única para cada uno de nosotros.
El evangelio recoge la confesión que el apóstol Pedro hizo en aquel tiempo: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”.
Si busco, ahora, en el secreto de mi corazón, mi respuesta personal a la pregunta que hoy se nos hace a todos, puede que sólo sepa decir palabras que he aprendido en el regazo de la Iglesia, palabras que todos hemos aprendido, palabras de la única fe que todos profesamos, pero que, a lo largo de la vida, se han ido llenando de significado propio para cada uno de nosotros: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”; tú eres mi Señor, mi Dios; tú eres el Pan de la vida, que ha bajado del cielo; tú eres el camino, la verdad y la vida; tú eres la resurrección y la vida; tú eres nuestro salvador, nuestra paz, nuestra alegría, nuestra esperanza, nuestra gloria…
Y podría añadir: Tú eres aquel a quien siempre busco en el secreto de la oración, dentro del corazón, en el trabajo de cada día… Tú eres aquel por quién siempre pregunto en la oscuridad de la noche…
Pero tú insistes en preguntar: “¿Quién soy yo para ti?”, y no es porque no haya respondido a la pregunta, sino porque todavía no has conseguido que me fijara en ti.
Allí, sólo vi a un invasor -lo repiten todos los días los medios de tu Iglesia en España-, allí te señalé como una amenaza, y fui diciendo a todos que eras un violador, un ladrón, un violento, un mafioso, un vago… un ilegal, un irregular, un clandestino… y pedí armas para rechazarte, y normas que me permitan impedirte poner pie en una tierra que es mía y de nadie más…
Me lo has preguntado en la eucaristía, mientras escuchaba tu palabra y cuando nos encontramos en la comunión. Allí, en la quietud de la celebración sacramental, no tuve dificultad alguna para reconocerte y tratarte con respeto y admiración y gratitud…
Pero cuando me lo has preguntado en la calle: “¿quién soy yo para ti?”, allí, mi Señor, mi Dios, no te reconocí… Allí, sólo vi a un invasor -lo repiten todos los días los medios de tu Iglesia en España-, allí te señalé como una amenaza, y fui diciendo a todos que eras un violador, un ladrón, un violento, un mafioso, un vago… un ilegal, un irregular, un clandestino… y pedí armas para rechazarte, y normas que me permitan impedirte poner pie en una tierra que es mía y de nadie más… Yo, bautizado en tu nombre, no me acerqué a ti para limpiar tu rostro ensangrentado. Yo, puede que aún oveja dócil del redil eclesial, sólo pedí no volver a verte, no volver a saber de ti… que te devuelvan al lugar de donde has venido… Que venga el ejército para prevenir la amenaza que tú representas para los buenos cristianos de nuestros templos, para los buenos ciudadanos de nuestras calles.
Todavía no he caído en la cuenta de que hoy, en los pobres -en los inmigrantes de todas las fronteras- es Cristo quien nos pregunta: “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?”
Y algo me dice que, mientras en los pobres no honremos el cuerpo de Cristo, la fe sólo será para nosotros motivo de condenación.
P.S.:
“Entonces (Jesús) dijo a los sumos sacerdotes, a los oficiales del templo y a los senadores que habían venido a prenderlo: _ ¡Habéis salido con machetes y palos, como en busca de un bandido! … Esta es vuestra hora, cuando mandan las tinieblas” (Lc 22, 52-53).
La pasión se repite, y a confabularse para prender y condenar a Jesús somos siempre los mismos.