La historia de un sueño…
"Para las víctimas de todas las violencias, para los abandonados al borde de nuestros caminos, para los que lloran a Cristo crucificado, para quienes lo buscan entre los muertos, para todos ellos es hoy el mandato de Cristo resucitado: 'Alegraos'"
El Dios de nuestra fe es un soñador obstinado, “terco”, “tozudo”, empeñado desde el principio en mantener con el hombre una alianza de amor.
“Alprincipio creó el cielo y la tierra… Y creó Dios al hombre a su imagen; a imagen de Dios lo creó; varón y mujer los creó… Y los bendijo”. Estableció con ellos una alianza de vida, de la que era evidencia y memoria el jardín de Edén, una alianza destinada a ser para siempre, y que el hombre, varón y mujer, profanaron; el hombre salió del jardín para habitar en el reino de la muerte; pero el Señor no les retiró la bendición ni el amor con que los había creado.
Hizo el Señor una alianza nueva con Abrahán y su descendencia: “Te colmaré de bendiciones y multiplicaré a tus descendientes como las estrellas del cielo… Todas las naciones de la tierra se bendecirán con tu descendencia, porque has escuchado mi voz”. La fe reconoce y confiesa que, desde el principio, anda el Señor ofreciendo lo que es, lo que tiene: bendiciones, un decir que llega encinta de bien y de paz -encinta de Dios-, a la vida de lo que son bendecidos.
Por fidelidad a la palabra dada a Abrahán, hizo el Señor que, en Egipto, su pueblo pasara de las tinieblas a la luz, de la esclavitud a la libertad, de la muerte a la vida. Por fidelidad a la palabra dada, “él los introdujo y los plantó en el monte de su heredad”.
Y si preguntas la razón de la pasión de Dios por bendecir, no hallarás otra si no es su amor: “Con amor eterno te quiero… juro no irritarme contra ti ni amenazarte. Aunque los montes cambiasen y vacilaran las colinas, no cambiaría mi amor, no vacilaría mi alianza de paz”. “Sellaré con vosotros una alianza perpetua”.
Dichosos los que escuchamos la palabra de Dios, los que llevamos en el corazón la ley de Señor, “los que conocemos lo que agrada al Señor” … porque “la ley del Señor es perfecta y es descanso del alma” …
En la noche santa de la resurrección de Cristo Jesús, todo se nos revela amado y bendecido: la creación entera entra con Cristo en la libertad de los hijos de Dios… El arco iris de la paz, que es Cristo resucitado, brilla ya para siempre en el cielo… Dios lo ve, y recuerda su alianza eterna con nosotros… Nosotros lo vemos, y recordamos el amor con que Dios nos ama…
En esta noche santa, la humanidad entera pasa, en Cristo Jesús, de las tinieblas a la luz, de la esclavitud a la libertad, del odio al amor, del país lejano a la casa del Padre, de la muerte a la vida…
Para las víctimas de todas las violencias, para los abandonados al borde de nuestros caminos, para los que lloran a Cristo crucificado, para quienes lo buscan entre los muertos, para todos ellos es hoy el mandato de Cristo resucitado: “Alegraos”.
La fe intuye que la luz de ese mandato alcanza a la Iglesia entera, a todos los que en ella buscamos a Cristo para escucharlo, para acudirlo, para amarlo. La fe intuye que la luz de ese mandato ilumina también el abismo donde han sido abandonados los que no cuentan, los arrojados al borde del camino, los lázaros olvidados en la puerta de los epulones. La fe intuye que la última palabra sobre la vida de los pobres la tiene el amor: “Alegraos”
“Alegraos”, es el mandato de Cristo resucitado a la Iglesia que lo busca: Él es la razón de esa alegría, él es la alianza nueva y eterna que Dios selló con la humanidad, él es la bendición que Dios soñó para siempre y para todos. Hagamos que, ya ahora, alegría, alianza y bendición alcancen también la vida de los pobres…