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Del monte a la vida

La fiesta de la Transfiguración nos regala una de las imágenes más bellas del Evangelio. Jesús sube al monte con Pedro, Santiago y Juan. Allí contemplan su gloria. Quieren quedarse. Pero Jesús no les deja instalarse en la comodidad de la experiencia espiritual

Transfiguración. Alexander Ivanov. 1824.

La fiesta de la Transfiguración nos regala una de las imágenes más bellas del Evangelio. Jesús sube al monte con Pedro, Santiago y Juan. Allí contemplan su gloria. Quedan fascinados. Quieren quedarse. Quieren levantar tres tiendas y prolongar aquel instante para siempre.

Pero Jesús no les deja instalarse en la comodidad de la experiencia espiritual. Hay que bajar del monte.

Porque la fe no es un refugio para escapar del mundo, sino una fuerza para transformarlo. La oración no nos aleja de la realidad; nos prepara para abrazarla con más amor y más coraje. 

Quien contempla de verdad el rostro de Jesús, después irradia su luz con las obras. Menos palabras, más gestos. Menos quejas, más esperanza. Menos indiferencia, más amor.

Indiferencia
La fe que no se convierte en misericordia es un espejismo

Quien ha contemplado el rostro de Jesús no puede vivir de espaldas al sufrimiento de sus hermanos. El Papa León XIV lo recordó con fuerza en la celebración del Corpus Christi en Madrid: no podemos adorar a Jesús presente en la Eucaristía mientras ignoramos su presencia en el pobre, en el enfermo, en quien está solo o descartado. La adoración verdadera siempre desemboca en el servicio.

El Papa Francisco insistió una y otra vez en que una Iglesia encerrada en sí misma deja de parecerse a Jesús. La fe auténtica nos pone en camino, nos saca de nuestras seguridades y nos empuja hacia las periferias, donde Dios sigue esperando nuestro sí.

Al final de la vida no nos preguntarán cuántas veces subimos al monte, sino cuánto amor sembramos cuando bajamos de él.

Hoy necesitamos cristianos que recen con los ojos abiertos. Que contemplen, sí, pero que después se bajen al barro, salgan a las plazas, toquen las heridas de sus hermanos. Necesitamos creyentes creíbles que sepan arrodillarse ante el sagrario y también ante quien necesita ser levantado del suelo. La luz de la Transfiguración no fue un espectáculo para admirar, sino una misión para cumplir.

La fe que no se convierte en misericordia es un espejismo. Porque el rostro de Cristo brilla en el monte, pero nos espera, cada día, en las heridas del mundo.

Solidaridad

Recordad: Jesús les mostró y nos muestra el camino: hay que bajar.

Subamos al monte para encontrarnos con Jesús. Pero no nos quedemos allí. Bajemos para hacer un mundo mejor. Ahí nos espera Dios, en cada persona que necesita una mano, una palabra o una oportunidad.

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