Jesús no ofrece un código más severo. Ofrece un espejo para observar los movimientos del corazón
El sol aún está alto sobre la montaña y la multitud no se ha movido. Jesús permanece sentado. Sin embargo, Mateo registra un cambio de tono. No cuenta una parábola, no evoca campos ni pájaros. Dice: «No penséis que he venido a abolir la Ley...». Es una aclaración que anuncia un cambio.
Luego alza la voz: «Habéis oído que se dijo a los antiguos...». Sí, todos conocen las palabras de la tradición. Parece que Jesús quiere reafirmarla. «No matarás; quien haya matado será sometido a juicio», continúa. Obvio, claro, todo correcto. En este punto, como un cuchillo en la frase, cae un «pero»: nítido, seco. Jesús dice: «Pero yo os digo: cualquiera que se enoje con su hermano será sometido a juicio. Quien diga a su hermano: «Estúpido», será sometido al sinedrio; y quien le diga: «Loco», será destinado al fuego».
Es la revolución del juicio la que desplaza la atención del acto a la intención del corazón. Cuando habla del asesinato, Jesús no describe un cuchillo. Habla de la ira. De la que crece en silencio, cuando las manos aún están quietas. Jesús no señala con el dedo un gesto realizado, sino el momento en que nace el gesto.
No es la escena del tribunal, es la de la cocina, del patio, de la calle de todos los días. ¿Cuántos sentimientos albergamos en nuestro interior? Un hermano llamado «estúpido», un vecino mirado con desprecio. La culpa ya no está lejos, ya no es rara. Es escandalosamente banal, cotidiana. Es como en algunos relatos de Chéjov, donde la tragedia no estalla de forma estrepitosa, sino que se acumula en los detalles mínimos, en los silencios, en las frases a medias.
Cuando pasa al deseo que lleva a la traición amorosa, la tensión aumenta. Jesús no habla de una relación sexual, sino de una mirada que se prolonga demasiado. De una imagen retenida en la mente. El gesto aún no ha ocurrido, pero la escena ya ha comenzado. Es un momento casi invisible, pero decisivo.
Las palabras se endurecen progresivamente y se vuelven rítmicas. «Si tu ojo te escandaliza, sácalo». Y aún más: «Si tu mano derecha es motivo de escándalo, córtala y arrójala lejos de ti». La frase es brutal.
Algunos contienen la respiración mientras la imaginación nos hace ver un ojo vacío que sangra y el muñón vendado que gotea sangre oscura. Parece una invitación a la mutilación, pero es un golpe seco y paroxístico contra la indiferencia. Jesús sacude el alma con imágenes pulp, inadecuadas para un llamamiento ético. «Que vuestro hablar sea: sí, sí; no, no».
Es una petición seca: decir la verdad sin protecciones, sin invocar al cielo para dar credibilidad a lo que se dice. Hay un minimalismo en decir la verdad que no admite diplomacias, sino frases breves, donde cada palabra pesa.
La multitud escucha. No se registra entusiasmo. Las frases de Jesús no consuelan. Desvían la atención hacia lo que ocurre antes del gesto, antes del acto visible. La batalla no está fuera, sino en el momento en que una mirada decide detenerse o ceder, una palabra herir o detenerse.
La Ley ya no es un texto lejano, grabado en piedra. Es un movimiento que atraviesa los cuerpos, las relaciones, las palabras cotidianas. Jesús no ofrece un código más severo. Ofrece un espejo para observar los movimientos del corazón.
Cuando Jesús deja de hablar, no hay una conclusión solemne. Sus palabras no han construido un sistema, no han diseñado un programa político. Han llevado la cuestión al punto más íntimo. Allí donde nadie puede sustituir a nadie.
La ley no ha sido abolida. Se ha vuelto más cercana, más sutil, más exigente. No está por encima de nuestras cabezas. Está dentro de los gestos que aún están por suceder.