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"No hay milagros: solo palabras, tiempo pasado juntos sin efectos especiales"

Jesús y la samaritana

Es mediodía. El sol está en lo alto, las sombras son cortas, el camino está polvoriento. Jesús llega a Sicar y se sienta al borde del pozo de Jacob. Está cansado, dice el relato. No va a hacer un milagro: solo tiene sed. Y aquí comienza la comedia de los malentendidos.

Llega una mujer con una jarra. Viene sola, a una hora en la que nadie va al pozo. Él rompe el silencio con una petición tan desarmante como obvia: «Dame de beber». Es la frase más sencilla del mundo. Pero en cuestión de segundos se convierte en un cortocircuito. La mujer lo mira: «¿Cómo es que tú, que eres judío, me pides de beber a mí, que soy mujer y samaritana, y no judía?». No se hace, no está bien.

Jesús y la samaritana en el pozo

Jesús responde cambiando inmediatamente de tema: «Si conocieras el don de Dios... le habrías pedido a él y él te habría dado agua viva». Y aquí surge el primer malentendido. Ella piensa en el agua real, la que se saca con la cuerda. «Señor, no tienes cubo y el pozo es profundo: ¿de dónde sacas esa agua viva?», pregunta ella. Es una pregunta práctica, casi irónica. Él habla de una fuente interior, ella piensa en hidráulica.

Jesús insiste: «El que beba de esta agua volverá a tener sed; pero el que beba del agua que yo le daré, no volverá a tener sed jamás». La mujer solo oye la última parte. «Señor, dame de esa agua, para que no tenga más sed y no tenga que seguir viniendo aquí a sacar agua». Quiere evitar el esfuerzo diario. Él habla de un deseo profundo, ella de la espalda encorvada y el sol abrasador.

En este punto, la escena cambia bruscamente. «Ve a llamar a tu marido y vuelve aquí». Parece fuera de lugar. Ella responde secamente: «No tengo marido». Jesús replica: «Has dicho bien... has tenido cinco maridos y el que tienes ahora no es tu marido». El diálogo pasa del pozo a la biografía. La mujer cambia de tema.

«Señor, veo que eres un profeta». Y enseguida sube el nivel: habla de teología, de Jerusalén, del lugar adecuado para adorar. Otro malentendido. Él no está dando una lección de geografía sagrada, pero ella lleva la conversación a un terreno más seguro: las disputas religiosas. Jesús responde que llegará un tiempo en el que no será ni en este monte ni en Jerusalén, sino «en espíritu y en verdad». La mujer responde con una última carta: «Sé que debe venir el Mesías... cuando venga, nos anunciará todo».

Y aquí viene la frase central, casi teatral: «Yo soy, el que habla contigo». Sin efectos especiales. Solo una frase dicha por un hombre cansado y sediento a una mujer sola, al mediodía, junto a un pozo. Una situación que no tiene nada que ver con solemnes teofanías y revelaciones prodigiosas.

Justo entonces regresan los discípulos. Otro malentendido. Se sorprenden de que hable con una mujer, pero no dicen nada. Ella deja la jarra —detalle decisivo— y corre a la ciudad: «Venid a ver a un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho. ¿Será él el Cristo?». No lo afirma, que quede claro, sino que pregunta con tono emocionado. Y la ciudad se pone en movimiento.

Mientras tanto, los discípulos insisten: «Rabí, come». Una vez más, Jesús da un giro a la conversación. Responde: «Yo tengo un alimento que vosotros no conocéis». Ellos se miran: «¿Acaso alguien le ha traído de comer?». Nuevo malentendido. Él habla de hacer la voluntad de quien le ha enviado; ellos piensan en un bocadillo escondido.

Llegan los samaritanos, escuchan y le piden a Jesús que se quede. Se queda dos días. No hay milagros: solo palabras, tiempo pasado juntos sin efectos especiales. Al final, le dicen a la mujer que Jesús los ha convencido. La comedia de los malentendidos ha abierto la mente: el único discurso teológico eficaz se ha desarrollado a través de malentendidos y equívocos. Hasta revelar la verdad sobre Jesús.

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