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La dignidad de Pérez Pueyo en Torreciudad

"«Que sea para ti como el pagano y el publicano» no significa: abandónalo. Significa: vuelve a empezar"

Jesús habla de cuando las cosas se tuercen entre hermanos. Mateo (18,15-20) se adentra en un terreno que a ningún maestro de la sabiduría antigua le gustaba frecuentar: el conflicto dentro de la comunidad, la brecha entre personas que comparten el mismo camino

Comunidad

Jesús habla de cuando las cosas se tuercen entre hermanos. Mateo (18,15-20) se adentra en un terreno que a ningún maestro de la sabiduría antigua le gustaba frecuentar: el conflicto dentro de la comunidad, la brecha entre personas que se conocen, que comen en la misma mesa, que comparten el mismo camino. No se trata del enemigo, que está fuera de las murallas o del propio perímetro. El hermano que te ha hecho daño y al que volverás a ver mañana por la mañana, pues.

«Si tu hermano comete una falta contra ti, ve y repréndelo a solas, solo tú y él». La palabra clave es «solo». Solo, es decir, a solas, sin testigos, sin público: tú y él. La ofensa pierde interés narrativo: no da pie a una escena, no es un espectáculo, no se puede contar. Es algo entre dos y entre dos debe quedarse, al menos al principio. Es lo contrario de lo que dicta el instinto. El instinto dice: cuéntaselo a todos, busca aliados, actúa con astucia, construye tu caso. Jesús dice: «Cierra la puerta». Vemos una habitación pequeña con dos personas dentro y una herida en medio. Nada más, no podemos saber nada más. Si la política y la diplomacia se han convertido en un teatro tragicómico, en un espectáculo, Jesús dice que en el conflicto no se puede interpretar un papel.

«Si te escucha, habrás ganado a tu hermano», concluye. Ganado, sí. La palabra es comercial. No «salvado», ni «corregido». Ganado, como se gana algo que se estaba perdiendo. El hermano que se equivoca es una pérdida en la economía de las relaciones. Quien va a hablar con él no hace de juez: hace lo que hace quien va a recuperar la moneda que se ha caído debajo del mueble, la oveja que ha caído al barranco.

Escucha

Pero si no te escucha, la escena se amplía: «Lleva contigo a una o dos personas, para que todo se resuelva por el testimonio de dos o tres testigos». La habitación se abre, entran otros. Dos o tres testigos son el mínimo necesario para que no sea tu palabra contra la suya, sino una palabra verificada por más de un par de ojos.

Y si aún así no te escucha, «díselo a la comunidad». El círculo se amplía aún más. La herida privada se convierte en un asunto común, público, porque una culpa no sanada entre dos personas acaba envenenando a todos —cualquiera que haya vivido en una familia, en una oficina o en una comunidad de vecinos lo sabe.

Y he aquí que, al final, llega la frase más dura: «Si tampoco escucha a la comunidad, que sea para ti como el pagano y el publicano». Fuera. Vete. Extranjero. La sentencia parece definitiva, una puerta que se cierra de un portazo. Pero Mateo escribe para lectores que saben quién es Jesús: aquel que come con los publicanos y los pecadores, aquel que toca a los paganos y a los extranjeros, aquel que acaba de contar la parábola de la oveja perdida. «Que sea para ti como el pagano y el publicano» no significa: abandónalo. Significa: vuelve a empezar desde cero con él, vuelve a hacerlo todo desde el principio.

«Donde dos o tres se reúnen en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos», dice ahora Jesús. Vuelve a la esencia más básica, a la lógica de las relaciones verdaderamente personales que resuelven los conflictos: no la del templo lleno, de la asamblea solemne, de la multitud que aclama, de la masa. Es la escena más reducida posible —una mesa, dos o tres sillas— y Jesús dice: yo estoy ahí.

Mateo está escribiendo sobre las relaciones humanas, hechas de agravios y perdones, de puertas cerradas de un portazo y reabiertas. Quizá Pirandello habría reconocido esta escena: personajes que se buscan, se acusan, se rechazan, se reencuentran: Seis personajes en busca de autorAsí es (si os parece)… la dinámica es esa. La diferencia es que, en Pirandello, la presencia central es un vacío, una ausencia que los personajes no logran llenar. En Mateo es una promesa: donde estéis vosotros, allí estoy yo.

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