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"La Transfiguración no es un espectáculo destinado a la multitud"

Transfiguración

Seis días después. Mateo abre así la escena (17,1-9), con una indicación temporal. ¿Seis días después de qué? Jesús toma consigo a tres discípulos —Pedro, Santiago y Juan— y sube a una montaña alta. No a todos. Solo tres. Ya es una elección narrativa: restringir el encuadre, aislar a los testigos. Ya es la premisa de algo que está a punto de suceder.

La montaña es un lugar distante. Se sube, se deja atrás la llanura, los pueblos, las voces. El camino es cuesta arriba. Mateo no describe el paisaje. Imaginamos piedras, viento, luz más nítida. Al llegar a la cima, ocurre algo inesperado. Jesús «se transfiguró ante ellos». El verbo es repentino. El rostro cambia, las vestiduras se vuelven luminosas. Así, de repente. Como cuando se enciende una bombilla en la oscuridad.

Transfiguración

La luz no es un efecto escénico. No es el sol que brilla más. Es una luminosidad que parece venir del interior, como en los cuadros de Turner, donde la figura casi se disuelve en la luz que la atraviesa. El cuerpo no desaparece. La carne brilla. Es el mismo hombre al que han seguido por los caminos, y sin embargo no es el mismo.

A su lado aparecen Moisés y Elías. No llegan caminando. Ya están allí. Hablan con él. Mateo no relata las palabras. Se limita a mostrar la escena. Es un encuentro entre diferentes épocas, entre figuras que pertenecen a épocas lejanas. La montaña se convierte en un cruce de caminos. La historia se pliega, se superpone. La Transfiguración se divide entre lo alto luminoso y lo bajo agitado. Aquí, sin embargo, lo bajo no se ve. Solo hay lo alto.

Pedro reacciona como puede. Habla. «Señor, qué bien estamos aquí», dice. La frase es sencilla, casi ingenua, casi inoportuna. Es la reacción de quien quiere retener el instante. Propone tres tiendas, como si se pudiera construir una casa para el acontecimiento. Como si tuviera la capacidad de detener la luz bajo una tela. Es un gesto humano: transformar un momento irrepetible en un lugar estable. Pero mientras habla, una nube los envuelve.

La nube no es amenazante, pero los cubre: los oscurece y los protege. De allí viene una voz no amortiguada. No es un discurso largo: «Este es mi Hijo, el amado. Escuchadlo». La escena se contrae en esta frase. No dice miradlo. Dice escuchadlo. La vista se ha saturado de luz; ahora el centro vuelve a la palabra.

Los discípulos caen al suelo, presa del miedo. Es el único gesto físico que realizan, involuntario, por cierto. Caen. Jesús se acerca, los toca. El relato vuelve al cuerpo. Un gesto sencillo: una mano que roza un hombro. «Levantaos, no temáis». Cuando levantan los ojos, ya no ven a nadie más que a Jesús solo.

Es un final abrupto. Moisés y Elías desaparecen, la nube se disipa, la luz vuelve a la normalidad. Queda el hombre que conocen. Comienza el descenso. La montaña no se convierte en santuario. No se permanece en lo alto. La escena luminosa no funda un lugar que visitar en una peregrinación de devotos. Se vuelve a bajar. Durante el descenso, Jesús pide silencio. «No contéis a nadie lo que habéis visto», dice. El relato retiene el acontecimiento, lo sustrae de la crónica.

La Transfiguración no es un espectáculo destinado a la multitud. Es una fisura en la percepción de tres hombres, en sus sentidos. Han visto algo que no pueden retener, que no pueden reproducir. La luz no ha permanecido: solo queda el recuerdo, y queda el descenso.

Mateo construye así una escena suspendida entre la visión y el regreso. Lo alto no borra lo bajo, lo prepara. La montaña no sustituye al camino. La luz no elimina la sombra, por tanto. Y cuando todo se cierra, queda un hombre que camina con tres compañeros en silencio. Ya no deslumbrados, sino conmovidos en lo más profundo y de nuevo en el camino.

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