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JESÚS DE NAZARET EN EL DESIERTO NUESTRAS RUTAS HACIA LA METANOIA.

#8MCuaresma

¿Cómo podemos las mujeres caminar hacia la Pascua venciendo tentaciones que siempre regresan y que están a la vuelta de la esquina?

#traslashuellasdesophía (3)

Relatan los evangelios que Jesús antes de iniciar su misión se retira al desierto, “cuarenta días”. Según la numerología, 40 significa tiempo de transición, tiempo de cambio, posibilidades de y llamados a, un nuevo comienzo… Jesús vive ese tiempo de desierto imagino que en recogimiento, en ayuno, dando vueltas a sus propios interrogantes. Como en todo creyente, su confrontación con Dios en los tiempos de desierto es más intensa. Y como es lógico también, en estos días experimenta sus propias tentaciones. Como todo texto poético, este es difícil de “cerrar” y definir exactamente de qué tentaciones se trata. En todo caso por ahí rondan el dinero, el poder, la ambición, la seguridad… Tentaciones permanentes del devenir humano en sociedad.

Tentaciones muy ligadas al individualismo exacerbado en el que hoy nos movemos. Si queremos sintonizar con este tiempo y con estas vivencias, la primera pregunta y la más pertinente sería: ¿Cuál es nuestra mayor tentación? ¿Esa que se repite, que siempre vuelve, que no nos abandona? Esa tentación dice mucho de cada una o cada uno, dice -según el sentir popular: ¿de qué lado cojeamos? Pero puede decir también de nuestras fortalezas: ¿Con qué resortes respondemos, cómo la sorteamos? ¿Cómo la hemos rechazado a lo largo de nuestros días?

En el cruce del mes de marzo (en tanto que mes de la mujer) y la cuaresma, me parece importante ir más allá de nuestro propio hacer y sentir y preguntarnos: ¿Qué tentaciones tenemos las mujeres creyentes hoy contra las que es necesario luchar, a las que tenemos que resistir? ¿Cómo en esta cuaresma podemos alejarnos de ellas con la misma contundencia de Jesús en el desierto? ¿Cómo podemos las mujeres caminar hacia la Pascua venciendo tentaciones que siempre regresan y que están a la vuelta de la esquina?

Creo que estas podrían ser tentaciones que siempre nos acosen:

La tentación del conformismo. Creer que ya las cosas no tienen arreglo, no vislumbrar el otro lado. Si nuestra pareja es un hombre violento o un hombre que no permite que crezcamos… pensar que mi fe me exige “tolerarlo y seguirlo amando”. Si padecemos en el trabajo jefes o directivos machistas… creer que no vamos a encontrar otro trabajo y conformarnos “con paciencia”.  Si nuestra vida está rodeada de prácticas de subestimación a las mujeres no luchar contra ellas sino más bien refugiarme en “consuelos espirituales” que me desmovilicen.

La tentación del aislamiento. En medio de una sociedad que menoscaba la dignidad de las mujeres, sentir que es mejor refugiarse en cualquier forma de alienación y encerrarse en sí mismas… La peor tentación es no buscar la complicidad y el apoyo de nuestras congéneres, una tentación fuerte incrustada en el corazón mismo del sistema es la de no trabajar con las otras mujeres el hermanamiento, la sororidad, el caminar juntas con las frentes en alto. Creer que el llamado a la “fraternidad universal” del evangelio no se concreta y actualiza para nosotras en relaciones sororas cotidianas y de largo alcance.

La tentación del cansancio o desgano. Después de resistir por unos años, después de acercarse a los feminismos… puede llegarnos el cansancio, porque las leyes se suspenden, porque las conquistas se arrebatan… porque los curas o pastores nos insisten y “predican” la resignación. La tentación que nos habita entonces es la de poner punto final y “entregarnos”: No resistir a esas voces que son los pilares morales del mundo patriarcal. Esta es quizás la mayor tentación que desde “el pináculo del templo” trata de seducirnos.

A la manera de Jesús, salgamos del desierto con el Espíritu de la sabiduría en nuestros cuerpos, y miremos al frente dispuestas a construir -desde lo cotidiano- una sociedad más justa y más amable para todas las mujeres y habitantes del mundo.

Carmiña Navia Velasco

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