El lado materno de Dios
#LectioDivinaFeminista
Cierra los ojos, mantén una postura cómoda y sitúate en la escena de la última cena...
Lectio (Lectura)
En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Si ustedes me aman, cumplirán mis mandamientos. Y yo rogaré al Padre, y él les dará otro Paráclito para que esté siempre con ustedes: el Espíritu de la Verdad, a quien el mundo no puede recibir, porque no lo ve ni lo conoce. Ustedes, en cambio, lo conocen, porque él permanece con ustedes y estará en ustedes. No los dejaré huérfanos, volveré a ustedes.
Dentro de poco el mundo ya no me verá, pero ustedes sí me verán, porque yo vivo y también ustedes vivirán. Aquel día comprenderán que yo estoy en mi Padre, y que ustedes están en mí y yo en ustedes. El que recibe mis mandamientos y los cumple, ese es el que me ama; y el que me ama será amado por mi Padre, y yo lo amaré y me manifestaré a él».
Meditatio (Meditación)
Iniciamos esta meditación invocando a la divina Ruah, para abrir nuestra mente y corazón a la reflexión sobre las lecturas de este domingo.
Esta perícopa es una continuación del sermón de la última cena que comenzamos el domingo pasado. Jesús ya ha anunciado lo que vendrá en las siguientes horas: la traición de Judas, su partida inminente. Ahora comienza a dejar un testamento entre sus discípulos. Conviene detenerse en cada uno de sus puntos para disfrutarlo con mayor profundidad.
1. "Si ustedes me aman, cumplirán mis mandamientos" (Jn 14,15)
El amor no es una condición ni el premio de portarse bien. Es un don, algo que se nos regala sin temor y sin mérito previo. Jesús no establece una competencia entre amar a los demás y amarle a Él o al Padre. El único mandamiento es el amor, que se nos ha regalado y que nosotros debemos regalar.
Vale la pena detenerse en la palabra "mandamiento". En el horizonte bíblico, mitzvá no es una orden imperativa, sino un acto de confianza: poner en manos de otro lo que me pertenece, con la plena certeza de que el otro va a cuidarlo. El amor no nace de nosotros; lo recibimos y lo devolvemos.
2. "Yo rogaré al Padre y él les dará otro Paráclito" (Jn 14,16)
Este es el primer anuncio del paraklêtos: el Defensor, el Abogado, el que acompaña en cualquier circunstancia. Jesús había sido hasta ese momento ese defensor visible: el pastor que cuida su rebaño (Jn 10,11), el maestro que camina con sus discípulos. Pero al partir físicamente, promete que no quedarán solos: el Padre enviará al Espíritu de la Verdad.
Aquí se revela con claridad la Trinidad: el Hijo ruega al Padre para que envíe al Espíritu. Y entonces aparece lo que parece una paradoja: Jesús anuncia algo que vendrá, pero añade que "ya lo conocen, porque permanece con ustedes". No es una contradicción. Es la lógica del amor divino, que anticipa su presencia antes de que seamos capaces de reconocerla, como una madre que cuida antes de que el hijo sepa que está siendo cuidado.
3. "No los dejaré huérfanos" (Jn 14,18)
En tiempos de Jesús, los huérfanos y las viudas eran las personas más desprotegidas de la sociedad: vivían de las sobras y de la caridad ajena. La partida de Jesús significaría para sus discípulos quedar así de expuestos al mundo. Sin embargo, Jesús transforma esa imagen: el que permanece en el Padre y envía su Espíritu llenará ese vacío de una manera que ninguna presencia física podría.
Toda esta perícopa es un ejemplo perfecto de que el Evangelio es Buena Noticia sin fecha de caducidad. No es un evento que ya pasó ni que simplemente pasará: sucede, en todo momento, en la eternidad abierta por la resurrección de Jesús. Como criaturas, nosotros buscamos a Dios como el niño busca a su madre: en silencio, en la urgencia del dolor y del gozo, con la necesidad de sentir el abrazo. El Salmo 131 lo expresa con una ternura inusual en la Escritura: "He acallado y aquietado mi alma, como un niño destetado en el regazo de su madre" (Sal 131,2).
Cuando Jesús dice "volveré a vosotros", no habla de una segunda venida, sino del retorno del Espíritu de Jesús resucitado: ese volver a suceder, místico y glorioso, que se renueva en cada encuentro genuino con Dios.
4. "El mundo ya no me verá, pero ustedes sí me verán" (Jn 14,19)
No se trata solamente de no verle ya físicamente. Se trata de aprender a ver con otros ojos: los ojos de la fe, que reconocen a Jesús dando vida en abundancia allí donde el mundo solo ve ausencia. Es el mismo dinamismo que experimenta María Magdalena en el huerto del domingo de Resurrección: busca un cuerpo, encuentra un Viviente (Jn 20,14-16). Ver a Jesús resucitado es siempre un acto de conversión de la mirada.
5. "Ustedes están en mí y yo en ustedes" (Jn 14,20)
Al participar de la misma vida de Dios de la que el propio Jesús participa, los discípulos experimentan la unidad más profunda posible. Es el sentido más pleno del ágape: ya no hay un sujeto que ama y un objeto amado por separado. Es una comunión de ser absoluta, tan viva que nadie puede arrebatársela. El amor-Dios se manifiesta en ellos como se manifestó en Jesús: "Yo y el Padre somos uno" (Jn 10,30), y a esa misma identificación estamos llamados nosotros.
Hacernos una cosa con Dios no significa perder la identidad. Dios no está en nosotros como una parte de algo mayor, sino como el fundamento mismo de nuestro ser, sin el cual nada de nosotros podría existir. Se dejan de ser dos, pero nadie desaparece. Somos totalmente humanos y totalmente divinos. Vivir esa realidad es la plenitud a la que todas y todos estamos llamados.
6. "Yo lo amaré y me manifestaré a él" (Jn 14,21)
La presencia del Padre y de Jesús en la vida del discípulo no será puntual ni ocasional, sino continua. Dios no tiene que venir de ningún lugar porque ya está en nosotros antes de que empecemos a ser, como lo proclama el Salmo 139: "Tú me conocías cuando aún estaba siendo formado en lo oculto" (Sal 139,15). El verbo que se repite a lo largo de este pasaje es permanecer, y esa insistencia no es casual: expresa una actitud decidida, una elección amorosa y firme de Dios hacia nosotros.
Ahora ¿Qué tiene que ver todo esto con nosotros, personas del siglo XXI? Pareciera que el mundo evoluciona en conocimiento, ciencia y tecnología, pero en lo esencial seguimos siendo los mismos cristianos del primer siglo: atemorizados, suplicando el retorno de un Jesús que nos tome de la mano en medio de un mundo que nos sacude.
Hoy, en muchos países, se celebra a la madre y recuerdo que hace poco escribí sobre cómo mi propia maternidad me ha servido de ejercicio para encontrar la transparencia de Dios. Y si bien el camino de comunión entre cada criatura y Dios es personal e irrepetible, a todos nos hermana el amor y muchas veces nos conecta la misma búsqueda.
Esta mañana, mientras esperábamos turno en una fuente de sodas, platicaba con mis hijos mientras contemplábamos una paloma que aguardaba cerca de nosotros sin temor, buscando el momento en que algún descuido le dejara algo de comer. Les decía: nosotros, al observarla, podemos entender lo que busca, lo que necesita y cómo vive. Pero ella no puede hacer lo mismo con nosotros. La paloma no sabe que los humanos dividimos el tiempo en segundos y años, que los objetos tecnológicos existen, que el conocimiento acumulado durante siglos llena bibliotecas enteras. No lo necesita, y está bien así.
Algo parecido ocurre entre los seres humanos y Dios. Él nos comprende por completo; nosotros sabemos de Él lo que la paloma sabe de la humanidad. Y, sin embargo, el amor nos impulsa a ofrecerle a esa ave un poco de cereal, un poco de agua, para que pueda continuar. Ese amor que brota desde dentro, ese impulso gratuito hacia el otro, la otra, es la manifestación de Dios en nosotros.
Una madre, desde su sabiduría, sabe cómo cuidar a sus hijos: cómo mostrarles el mundo de a poco, cómo prepararlos para las dificultades del día a día. Y me gusta pensar que el amor de una madre es la parábola del amor de Dios. La esencia última de la fe está en sentir, en lo más hondo, que Dios me quiere. Todo lo demás es consecuencia de eso.
Pero no siempre, sin embargo, la Iglesia ha contemplado con claridad esta imagen de Dios. Cuando dejó oscurecerse el rostro del Padre insistiendo demasiado en el Señor y Juez, el instinto del pueblo cristiano volcó su necesidad de ternura en María, la madre de Jesús: la madre a quien se le puede contar todo, de quien se puede esperar todo.
La devoción a la Madre sustituyó en la piedad popular la relación con Abbá-Immá, el Padre-Madre del que Jesús habla con tal familiaridad. El sentimiento de admiración, de amor, de confianza absoluta que ha inspirado siempre la figura de María potenció hasta límites insospechados la religiosidad, el espíritu evangélico, la entrega, el perdón, todo ello sin temor, sin amenazas, sin lejanías, por la sola fuerza del cariño materno-filial.
Esto muestra con claridad cuál es la esencia de la religiosidad cristiana, y qué equivocadamente vestimos a veces a Dios de majestades terribles y judicaturas amenazantes, con la vana esperanza de que el miedo sea más eficaz que el amor para la conversión.
No pintemos nuevas caras de Dios. Lo mejor será siempre mirar el rostro de Jesús, en el que vemos el amor materno de Abbá-Immá, el Dios que nos conoce, nos cuida y nos sostiene antes incluso de que supiéramos que lo necesitábamos.
Oratio (Oración)
Abbá, Immá, tú que me conocías antes de que yo supiera tu nombre, que me formaste en lo oculto y contaste cada uno de mis días antes de que comenzara el primero:
aquí estoy.
No vengo con las palabras correctas ni con el corazón perfectamente ordenado. Vengo como la paloma que espera cerca, sin saber bien lo que busca, pero sabiendo que algo bueno puede venir de ti.
Abre mis oídos para escuchar lo que hoy me dices. Abre mis ojos para reconocerte donde no te estoy buscando. Y si hay en mí algún miedo que me impida acercarme, disuelve ese miedo con tu ternura, como una madre que levanta al niño caído sin preguntarle por qué tropezó.
Espíritu de la Verdad, tú que permaneces, quédate hoy conmigo.
Amén.
Contemplatio (Contemplación)
Cierra los ojos, mantén una postura cómoda y sitúate en la escena de la última cena, estás cerca de los discípulos, Jesús te dice: no los dejaré huérfanos, concéntrate en esa frase.
Jesús no dice: "Estaré cerca", ni "los visitaré de vez en cuando". Dice: no los dejaré huérfanos.
Esa palabra “huérfanos” carga con todo el peso de lo que significa quedarse sin amparo, sin quien te llame por tu nombre, sin la mano que conoce la tuya. Y Jesús la elige precisamente para nombrar lo que no pasará.
Quédate un momento con esa promesa. ¿Hay en tu vida algún lugar que se siente huérfano hoy? ¿Alguna decisión que estás tomando a solas? ¿Algún dolor que cargas sin saber bien a quién mostrárselo?
Dios no llega a ese lugar como un juez que evalúa. Llega como la madre que despierta de madrugada porque escuchó que algo no estaba bien, sin esperar que le expliques, sin pedirte que primero te compongas.
El Espíritu que Jesús promete no es una fuerza abstracta. Es presencia. Es compañía. Es el que permanece cuando todos los demás se han ido a dormir.
Contempla ahora esta imagen: tú eres la paloma. Dios te observa con una comprensión que va mucho más allá de lo que tú puedes comprender de ti mismo. Te conoce entera, entero. Y aun así, precisamente por eso, extiende la mano con algo de pan.
No porque lo merezcas. Porque el amor no necesita otra razón que amar.
Permanece en silencio cuanto necesites.No hay prisa. Dios también espera.
Actio (Acción)
Hoy, elige una persona en tu vida que esté viviendo su propio huérfano: alguien que carga algo solo, que se siente desprotegido, que quizás no ha pedido ayuda porque no sabe cómo hacerlo.
No hace falta que tengas las palabras perfectas. No hace falta resolver nada.
Basta con que hagas lo que hace el amor: estar. Nombrarle. Tender la mano.
Un mensaje, una llamada, sentarte a su lado, prepararle algo de comer, escucharle sin el reloj en la cabeza.
Recuerda: cuando amamos así, gratuitamente, sin esperar recompensa, no somos solamente nosotros quienes amamos. Es el mismo Dios quien ama, a través de nosotros.
"Al amar ellos, es el mismo Dios quien ama."
Eso es el Espíritu que permanece. Eso eres tú, espejo de Abbá-Immá, co-creadora, co-creador de un mundo más humano.
De igual forma, aprovecha este día para agradecer a tu madre, donde esté, cómo esté. El ser un reflejo del amor de Dios. Felicidades a todas.
Con cariño les comparto esta canción, me gusta pensar que el lado materno de Dios, es el más puro ejemplo de entrega https://www.youtube.com/watch?v=GTkdiuJnp3c