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Mujeres en la Biblia: del silencio a la visibilidad y liberación

#8MCuaresma

¿Realmente la Biblia limita el liderazgo para la mujer, o hemos aprendido a leerla desde esquemas culturales que lo hacen parecer así?

#traslashuellasdesophía

Recuerdo que cuando era niña, en las clases bíblicas de escuela dominical, los nombres que aprendíamos casi siempre eran masculinos: Abraham, Moisés, David, Pedro y Pablo. Ellos ocupaban el centro del relato, el centro de la enseñanza y el centro de nuestra construcción espiritual. Eran los llamados, los enviados, los líderes visibles. Las mujeres aparecían, sí, pero casi siempre en un lugar secundario. Sin darme cuenta, fui creciendo con la percepción de que el liderazgo cristiano tenía principalmente rostro masculino.

En la medida que me desarrollaba en el ministerio de la juventud esa percepción se hizo aún más evidente. Crecí viendo cómo el ministerio para la mujer era más complejo. No necesariamente estaba prohibido, pero sí era más cuesta arriba. Las oportunidades no se ofrecían con la misma naturalidad que a mis compañeros de ministerio hombre. Especialmente para aquellas que aspirábamos a presidir ministerios o incluso a responder a un llamado pastoral, el camino parecía tener más preguntas que respaldo.

No era falta de llamado, tampoco falta de preparación. Era la presencia de estructuras, expectativas culturales y lecturas tradicionales que hacían el proceso más difícil.

Esa experiencia me llevó a volver al texto bíblico con nuevas preguntas: ¿realmente la Biblia limita el liderazgo para la mujer, o hemos aprendido a leerla desde esquemas culturales que lo hacen parecer así?

Al leer con mayor atención, descubrí que la historia de la salvación no fue construida únicamente por hombres. Desde el Génesis hasta los Evangelios y la iglesia primitiva, las mujeres estuvieron allí. No como personajes complementarios, sino como participantes activas en el plan de Dios. Lideraron, profetizaron, enseñaron, tomaron decisiones valientes y fueron testigos fundamentales en la construcción del Reino de Dios.

En el ministerio de Jesús vemos algo profundamente transformador. Jesús dialoga públicamente con mujeres en una cultura que lo consideraba inapropiado. Permite que aprendan como discípulas. Defiende su dignidad frente a acusaciones injustas. Confía a mujeres el anuncio de la resurrección, destacando la figura de María Magdalena. En Cristo no vemos silencio; vemos dignidad restaurada.

Sin embargo, muchas veces el problema no ha estado en el texto bíblico, sino en la forma en que fue enseñado. No siempre hubo silencio en la Escritura; muchas veces el silencio estuvo en la interpretación. No se eliminaron los nombres, pero se cambió el enfoque. Se resaltó más la obediencia que el liderazgo, lo que influyó en la percepción del ministerio para la mujer, especialmente cuando una mujer aspira a posiciones de presidencia o pastoral. Se narró la historia desde una perspectiva donde lo masculino se presentaba como norma universal.

La teología feminista se convierte en una herramienta de discernimiento. No sustituye la Escritura, sino que nos ayuda a examinar cómo el patriarcado ha influido en su interpretación, a recuperar voces minimizadas y, hoy, a reafirmar nuestra propia voz y llamado ministerial como parte legítima del plan de Dios.

Cuando releemos la Biblia con esta conciencia crítica, encontramos a Débora ejerciendo autoridad política y espiritual; a Hulda interpretando la ley con legitimidad profética; a las hijas de Zelofehad reclamando justicia y siendo escuchadas por Dios; a María proclamando el Magníficat como un canto de justicia social; a María Magdalena anunciando la resurrección como primera testigo.

El problema no es la ausencia de mujeres en la historia de la salvación. El problema ha sido cómo se ha contado la historia.

Hablar de “del silencio a la visibilidad” no significa añadir algo moderno a la Biblia. Significa recuperar lo que siempre estuvo allí. Significa permitir que el texto hable con toda su amplitud y no solo desde una perspectiva parcial.

Y cuando esa visibilidad se recupera, ocurre algo más profundo: ocurre liberación. Liberación de lecturas reduccionistas. Liberación de etiquetas permanentes. Liberación de estructuras que minimizan dones hacia la mujer. Liberación de la idea de que el liderazgo espiritual tiene un solo rostro.

Escuchar sus voces no transforma la fe en algo distinto; la devuelve a su profundidad original y a su intención liberadora.

Lcda. Joabdelitza Mahmud Báez, MSW, MS

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