León XIV: "El mundo no se salva afilando las espadas, juzgando, oprimiendo o eliminando a los hermanos"
En la solemnidad de la Madre de Dios y Jornada mundial de la Paz
"El pesebre lugar de la paz 'desarmada y desarmante' por excelencia, lugar de la bendición"
En su homilía de la misa del primer día del año, León XIV glosó la "bellísima bendición" del libro de los Números, para concluir que, gracias al amor generoso de Dios, "cada día puede ser, para cada uno de nosotros, el comienzo de una vida nueva" en un nuevo año que comienza para que podamos ser "libres y portadores de libertad, perdonados y dispensadores de perdón".
Tras abordar el misterio de la maternidad de María, el Papa aportó una bella definición: "San Agustín enseñaba que en María 'se hizo hombre quien hizo al hombre. De esa manera toma el pecho quien gobierna los astros'". Y concluyó asegurando que "el pesebre lugar de la paz 'desarmada y desarmante' por excelencia, lugar de la bendición" y que, por eso, "el mundo no se salva afilando las espadas, juzgando, oprimiendo o eliminando a los hermanos"
Homilía integra del Papa
Queridos hermanos y hermanas:
Hoy, solemnidad de María Santísima Madre de Dios, inicio del nuevo año civil, la Liturgia nos ofrece el texto de una bellísima bendición: «Que el Señor te bendiga y te proteja. Que el Señor haga brillar su rostro sobre ti y muestre su gracia. Que el Señor te descubra su rostro y te conceda la paz» (Nm 6,24-26).
Esta sigue, en el libro de los Números, a las indicaciones acerca de la consagración de los Nazireos, para subrayar, en la relación entre Dios y el pueblo de Israel, la dimensión sagrada y fecunda del don. El hombre ofrece al Creador todo lo que ha recibido y Él responde volviendo hacia él su mirada benévola, como en los orígenes del mundo (cf. Gn 1,31).
Por lo demás, el pueblo de Israel, al que se dirigía esta bendición, era un pueblo de liberados, de hombres y mujeres renacidos después de una larga esclavitud gracias a la intervención de Dios y a la respuesta generosa de su siervo Moisés. Era un pueblo que en Egipto había gozado de algunas seguridades —no faltaba el alimento, así como un techo y cierta estabilidad—, pero al precio de ser esclavo, oprimido por una tiranía que exigía cada vez más dando siempre menos (cf. Ex 5,6-7). Ahora, en el desierto, muchas de las certezas pasadas se habían perdido, pero a cambio estaba la libertad, que se concretaba en un camino abierto hacia el futuro, en el don de una ley de sabiduría y en la promesa de una tierra en la que vivir y crecer sin más grilletes ni cadenas; en definitiva, en un renacer.
Así, al inicio del nuevo año, la Liturgia nos recuerda que cada día puede ser, para cada uno de nosotros, el comienzo de una vida nueva, gracias al amor generoso de Dios, a su misericordia y a la respuesta de nuestra libertad. Y es hermoso pensar así el año que comienza: como un camino abierto, por descubrir, en el que aventurarnos, por gracia, libres y portadores de libertad, perdonados y dispensadores de perdón, confiados en la cercanía y en la bondad del Señor que siempre nos acompaña.
Recordamos todo esto mientras celebramos el misterio de la Divina Maternidad de María, que con su “sí” contribuyó a dar a la Fuente de toda misericordia y benevolencia un rostro humano: el rostro de Jesús, a través de cuyos ojos de niño, luego de joven y de hombre, el amor del Padre nos alcanza y nos transforma.
Así pues, al inicio del año, mientras nos ponemos en camino hacia los días nuevos y únicos que nos esperan, pidamos al Señor experimentar en todo momento, a nuestro alrededor y sobre nosotros, el calor de su abrazo paterno y la luz de su mirada que bendice, para comprender cada vez mejor y tener siempre presente quiénes somos y hacia qué destino maravilloso avanzamos (cf. CONC. ECUM. VAT. II, Cost. past. Gaudium et spes, 41). Al mismo tiempo, sin embargo, también nosotros démosle gloria, con la oración, con la santidad de vida y haciéndonos, los unos para los otros, espejo de su bondad.
San Agustín enseñaba que en María «se hizo hombre quien hizo al hombre. De esa manera toma el pecho quien gobierna los astros; siente hambre el pan (cf. Jn 6,35; Mt 4,2); […] para librarnos a nosotros, a pesar de ser indignos» (Sermo 191, 1.1). Recordaba así uno de los rasgos fundamentales del rostro de Dios: el de la total gratuidad de su amor, por la cual se nos presenta —como he querido subrayar en el Mensaje de esta Jornada Mundial de la Paz— “desarmado y desarmante”, desnudo, indefenso como un recién nacido en la cuna. Y esto para enseñarnos que el mundo no se salva afilando las espadas, juzgando, oprimiendo o eliminando a los hermanos, sino más bien esforzándose incansablemente por comprender, perdonar, liberar y acoger a todos, sin cálculos y sin miedo.
Este es el rostro de Dios que María dejó que se formara y creciera en su seno, cambiándole completamente la vida. Es el rostro que anunció a través de la luz gozosa y frágil de sus ojos de madre que espera; el rostro cuya belleza contempló día tras día, mientras Jesús crecía, niño, muchacho y joven, en su casa; y que luego siguió, con su corazón de discípula humilde, mientras recorría los senderos de su misión, hasta la cruz y la resurrección. Para hacerlo, también ella bajó la guardia, renunciando a expectativas, pretensiones y seguridades, como saben hacer las madres, consagrando sin reservas su vida al Hijo que por gracia había recibido para, a su vez, volver a donarlo al mundo.
En la Maternidad Divina de María vemos así el encuentro de dos inmensas realidades “desarmadas”: la de Dios que renuncia a todo privilegio de su divinidad para nacer según la carne (cf. Flp 2,6-11) y la de la persona que con confianza abraza totalmente su voluntad, rindiéndole homenaje, en un acto perfecto de amor, de su potencia más grande: la libertad.
San Juan Pablo II, meditando sobre este misterio, invitaba a mirar lo que los pastores encontraron en Belén: «La desarmante ternura del Niño, la pobreza sorprendente en la que se halla, y la humilde sencillez de María y José transforman la vida de los pastores: se convierten así en mensajeros de salvación» (Homilía en la solemnidad de santa María, Madre de Dios, XXXIV Jornada Mundial de la Paz, 1 enero 2001).
Lo decía al final del gran Jubileo del 2000, con palabras que también pueden ayudarnos a reflexionar: «¡Cuántos dones —afirmaba—, cuántas ocasiones extraordinarias ha ofrecido el gran jubileo a los creyentes! En la experiencia del perdón recibido y dado, en el recuerdo de los mártires, en la escucha del grito de los pobres del mundo […] también nosotros hemos percibido la presencia salvífica de Dios en la historia. Hemos palpado su amor que renueva la faz de la tierra», y concluía: «Como a los pastores que fueron a adorarlo, Cristo pide a los creyentes, a quienes ha dado la alegría de encontrarlo, una valiente disponibilidad a ponerse nuevamente en camino para anunciar su Evangelio, antiguo y siempre nuevo. Los envía a vivificar la historia y las culturas de los hombres con su mensaje salvífico» (ibíd.).
Queridos hermanos y hermanas, en esta fiesta solemne, al inicio del nuevo año, cerca de la conclusión del Jubileo de la esperanza, acerquémonos al pesebre, en la fe, como al lugar de la paz “desarmada y desarmante” por excelencia, lugar de la bendición, donde hacer memoria de los prodigios que el Señor ha realizado en la historia de la salvación y en nuestra existencia, para luego volver a partir, como los humildes testigos de la gruta, «alabando y glorificando a Dios» (Lc 2,20) por todo lo que hemos visto y oído. Que este sea nuestro compromiso, nuestro propósito para los meses venideros y para toda nuestra vida cristiana.