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TODO el viaje del Papa a España, #primeroRD

La gira de León XIV: un balance

Con tan solo examinar las etapas, resulta muy llamativa la preocupación por las migraciones

El Papa en las Cortes

El ombligo patrio atrae y ofusca; por eso, para mejor evaluar qué ha significado este periplo español de León XIV conviene recordar que el papa está, en realidad, de gira europea. España era la primera etapa, las próximas semanas, Italia (Pavía, Rímini, Lampedusa) y ya en septiembre, Francia (París, Lourdes, Metz). Hay también una invitación formal al Parlamento Europeo de Estrasburgo, pero aún no está cerrada la fecha. El foco de la gira no es, pues, España y olé, sino Europa, y si me apuran, “Occidente”. ¿Y el sentido? 

El Papa en las Cortes

Con tan solo examinar las etapas, resulta muy llamativa la preocupación por las migraciones, “el verdadero nudo político global de nuestros días”, como decía Francisco. Canarias ha sido la razón (heredada, como se sabe, de Bergoglio) y el colofón del viaje a España; Lampedusa –otro-4-de-julio-es-posible– rematará su minigira italiana. En el llamado “muelle de la vergüenza” de Arguineguín, grieta atlántica de la Fortaleza Europa, León XIV regañó a Europa y al mundo: “Este drama debe convertirse en examen de conciencia: para las naciones de origen, que deben crear condiciones de paz, justicia y desarrollo; para las naciones de tránsito, llamadas a proteger y no a dejar a los débiles en manos de redes criminales; para Europa, que no puede proclamar la dignidad humana y acostumbrarse a que el Mediterráneo y el Atlántico sean cementerios sin lápidas; para la comunidad internacional, llamada a una cooperación eficaz y perseverante”. 

A diferencia de Francisco, que se pateó pastoralmente las periferias del mundo, León XIV siente la necesidad de volver a suelo europeo y visitar los santuarios más populares de España, Italia o Francia exhibiendo la liturgia más folklórica: procesión del Corpus en Cibeles (hacía 700 años que no se celebraba en una capital europea distinta de Roma), visitas a la Almudena, la catedral de Barcelona, rosario en Montserrat, misa en la Sagrada Familia. No pudieron ser más espectaculares ciertos shows, sobre todo, los de los estadios de Montjuic y el Bernabéu, summa ecuménico-futbolera-musical de la nívea estrella pop, que también se vio privadamente con Bad Bunny. León XIV está convocando orgullosamente a Europa: le enseña su patrimonio, le recuerda su ascendiente. Acrisolando las visiones europeas de Benedicto XVI y Francisco, León XIV propone un nuevo popularismo católico basado en un regreso a la política “analógica”. León XIV va tejiendo redes, y teje tela.

Hay que tener garra para empujar a la Conferencia Episcopal Española a solicitar que se concediera una visita al Congreso. Hay que ser listo como Pedro Sánchez para saber que esta vez, sin tener por qué, tocaba ir a misa. El papa Prevost se siente en el derecho y el deber de lanzar el mensaje católico en el Parlamento de un estado aconfesional. La presencia tangencial en la política y la fobia al temporalismo de Francisco (“No va más el partido católico”) habían dejado un vacío en Europa que intentaron colmar la ultraderecha identitarista en la política y los evangélicos en la religión. 

El Papa ante el Congreso

¿Cómo es entonces que no ha habido como cuando Benedicto XVI una mayor oposición o tirantez en la izquierda? ¿Alguien puede explicar el milagro del aplauso conjunto del Congreso de los Diputados? Lo obvio es obvio: León XIV es un sólido aliado antifascista, proeuropeo, antineoliberal y ecologista, lo cual, siendo mucho, no basta para explicar el milagro; menos aún cuando León XIV lanzó sus pullas a un parlamento que había aprobado leyes para el aborto y la eutanasia. Enric Juliana sostiene que, tras 20 años de dramático teatrino de ruido y furia, había hambre de catarsis real, de que alguien llegara al Parlamento y que, elevando el lenguaje, la mirada y la misión, sacara a la clase política del canutazo, el barro y la cloaca cotidianos. Israel Merino habló de orfandad de la izquierda entregada a un anciano vicario. Pero hay más. ¿Rebrote católico? En ello trabajan, a la Iglesia le encantaría, pero no parece según los datos. El hecho es que hay sed: sed de comunidad, sin duda; sed de ideales, también.

Allá por agosto de 2017, Massimo Faggioli, uno de los historiadores del catolicismo en activo más agudos, acuñó con gracia un término nuevo: “catolicismo de heladería”. Lo hacía para distinguirlo del “catolicismo de cafetería”, o sea, esa fe que se concreta en mil caprichos personales distintos: “con leche cortito de café”, “con leche cortito de café sin espuma”, “con leche cortito de café sin espuma y en vaso”. El viaje a España de León XIV ha resultado bastante cafetero. En vísperas del viaje se temía que se politizara el discurso del papa y así ha sido. La directora de la edición española del Osservatore Romano, Silvina Pérez, tuiteó: “Cada uno tiende a quedarse con una parte del discurso. El Papa en cambio, intenta mantener unido todo el mensaje”. Y el mensaje es la heladería.

Salvo el killer Jiménez Losantos, que acusó al papa de haber hecho un discurso “que parecía de la asociación de los Hermanos Musulmanes”; salvo las compañeras de Podemos, partisanas guardianas de la ortodoxia laicista ante el invasor papa ayatolá; salvo un tropel de mujeres a quienes, con toda la razón, se les retuercen las tripas escuchando discursos en defensa de la vida que siempre las ningunean; y salvo la indignación de ciertas asociaciones víctimas de abusos sexuales a las que excluyeron, hubo milagro: abundan los neopapistas. Feliz el Gobierno: Bolaños y Albares. Felices las adversarias Yolanda Díaz y Díaz Ayuso. Feliz hasta el lerdo de Abascal, que se marcó una cita fake del papa, sin olvidar al santurrón de Feijóo, prevostiano “de la A a la Z”, aunque omitiera en su bienvenida al papa la “g” de guerra, la “r” de rearme, y sobre todo, la “m” de migrantes. 

¿Por qué entonces el milagro? ¿Dónde reside el éxito de Prevost? Pues tal vez en ese catolicismo de heladería que decía Faggioli en el que caben absolutamente todos los gustos –las cremas, las frutas y hasta los granizados– pero a nadie se le ocurre discutirlos. Lo que a uno le parece asquerosamente empalagoso o hipócrita –no al aborto o a la eutanasia– al otro le parece divino. Lo que a uno le parece mítico desarme al otro le sabe a buenismo anodino. Lo que cuenta es que todos se encuentren en la heladería y todos calmen su sed. Frente al catolicismo cafetero, refunfuñón y siempre dispuesto al calentón, Prevost parece más propenso al catolicismo helado: frío, fresco y tradicional, para todos los gustos y edades, local y global, siempre rico, siempre dulce.

El Papa y Sánchez

¿Qué queremos de un buen heladero? Que sea limpio, honesto, que sus productos sean frescos, que la fresa sepa a fresa y la crema a crema, que no empalague, que no nos hinche, ni nos timen con emulsionantes. También que no falle jamás en los clásicos: el chocolate, la avellana, el pistacho, el turrón, el mantecado, la crema, la fresa, el limón. 

¿Qué podemos querer de un papa? Que no falle en la justicia social, el bien común, el desarme, la paz, el multilateralismo. Que sea lo más evangélico posible. ¿Y en el aborto y la eutanasia? Que no sea impositivo ni punitivo. Que respete, como dijo Prevost en el Parlamento, “la misión propia de las instituciones y la legítima responsabilidad de quienes han recibido el mandato de legislar”. Que comprenda que los regustos absolutistas los aborrecemos y nos deje seguir pensando en esa frase sibilina con la que concluyó su párrafo en el congreso: “aquellas vidas que atraviesan mayor fragilidad”. ¿Cuáles antes? ¿Las de las mujeres, los migrantes, los pobres, los enfermos o los no nacidos?

El viaje de León XIV, que ha dejado un montón de enseñanzas, siembra también una inquietud: da cosa que se vitoree al papa en el Congreso (¿hemos vuelto al s. XIX?); da pena que, si el papa habla de aborto y eutanasia ante el Parlamento, no haya más respuesta laica que la de compararlo con un ayatolá o reivindicar el ateísmo perdedor. León XIV encabeza hoy una ofensiva ideológica del catolicismo que, por un lado, hay que celebrar en cuanto freno a otra ofensiva –trumpista y tecnofascista– que porfía desde hace años por hacerse con el poder del altar romano. Muchos ateos orgullosos se niegan a verlo. Mucha gente no se explica cómo es posible que un papa tenga hoy tanto imperio. Tiene imperio porque, como repite Guillem Martínez, tras cuatro décadas de destrucción neoliberal, “lo único que hoy queda con capacidad organizativa en el Norte Global, lo único que, junto al islam y al budismo, queda en el Sur Global, es el catolicismo”.

Dicho esto, mucho ojo: toda ofensiva católica presenta una vocación hegemónica que tiende a entrar en conflicto con la laicidad del Estado. Un laico sólo podría admitir la idea católica de que haya una “sana laicidad” si entonces recíprocamente se reivindicara un “sano catolicismo”, que no sabemos bien en qué consistiría. ¿Ausentarse como el rey de Bélgica un día para no firmar la ley del aborto? ¿Firmarla como Andreotti aún a sabiendas de que debería responder por ello en el otro mundo?

El Papa en la Sagrada Familia

Antes de ser papa, escribía Prevost que si Europa anhela dialogar “con las grandes culturas del mundo que poseen una convicción religiosa profunda de la realidad”, entonces necesita una “visión de Dios”. Los no creyentes, de este viaje, aprendemos que, desdichadamente, Europa anda muy flojita de ideales. San Pablo VI decía en 1966 que ni lamentaba ni sentía nostalgia ni siquiera un deseo secreto de reivindicar la soberanía temporal. Bien venga que León XIV siga tejiendo redes por el bien común como ha hecho en este primer año de pontificado. Veremos hasta dónde quiere penetrar en su ofensiva europea. En Barcelona, Bob Prevost hizo una confesión futbolística que a lo mejor da una pista de su estrategia: “Jugaba de defensa. No era un goleador”.

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