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Lo más grandioso de la Iglesia son ustedes.

“Lo más grandioso de la Iglesia son ustedes, los que no son sacerdotes ni religiosas, sino que en la entraña del mundo, en el matrimonio, en la profesión, en el negocio, en el mercado, en el jornal de dada día, ustedes son los que están levantando el mundo y de ustedes depende el santificarlo según Dios. (26 de noviembre de 1978)

En la prensa se tiende a confundir la voz de un obispo o de una conferencia episcopal con la voz de «la Iglesia».  La prensa no entiende la aclaración del Concilio, que habla de la Iglesia como Pueblo de Dios, con muchos carismas y servicios. Monseñor Romero afirma en esta cita que lo más grandioso de la Iglesia son las y los laicos. En su argumentación, hace referencia a la misión fundamental de la Iglesia de ser sacramento (signo e instrumento) del Reino de Dios. Son las y los laicos, con su trabajo y su servicio profesional, quienes «están levantando el mundo». El Dios de Jesús, el Dios de la vida, depende de los laicos para que sean sus instrumentos.

Si el mundo está tan caótico como lo percibimos, no es justo echarle la responsabilidad a la Iglesia.Al fin y al cabo, en la mayoría de los países los cristianos somos minoría. Sin embargo, tampoco vemos diferencias sustanciales con países donde apenas existen experiencias cristianas, a pesar de que las mayorías confiesan una u otra expresión de cristianismo. Es aún más grave darnos cuenta de que el capitalismo también en su forma neoliberal globalizada ha nacido en países con tradición cristiana. ¿Qué está pasando con los laicos para que el pueblo de Dios no haya sido capaz de ser fermento real de un mundo distinto, con economía justa, políticas basadas en derechos humanos, etc.?

Pero no basta con echar la culpa a los laicos. En los países con gran presencia cristiana, la Iglesia no ha sido capaz de garantizar una formación creyente adecuada para que los cristianos, ya sean profesionales, vendedores, campesinos, empresarios, comerciantes o gobernantes, sean de verdad testigos del Evangelio de Jesús y construyan el Reino del Padre. Si nos miramos en un espejo, nos daremos cuenta de que nos hemos conformado con administrar los bautizos y las confirmaciones, y registrarlos en los libros parroquiales. Hemos dedicado energías a enseñar la doctrina básica para que los niños puedan hacer la primera comunión. Organizamos algunas charlas presacramentales. A lo largo del año, tenemos una serie de fiestas religiosas tradicionales y procesiones. Celebramos las liturgias y rezamos la liturgia de las horas y otras oraciones. En algunas parroquias se da testimonio de los mártires y se organizan cursos bíblicos u otros cursos.  Sin embargo, si nos fijamos en los resultados de las empresas, los poderes del Estado, el sistema judicial, las leyes que se promulgan, el sistema de salud y educación, la agricultura, la organización social y política del pueblo, los niveles de pobreza extrema, el fracaso escolar, la falta de recursos en los hospitales, la corrupción y la evasión de impuestos, etc., entonces está bien claro que los laicos del país aún no han logrado «arrancar de raíz el sistema injusto» y que aún estamos muy lejos de la promesa de Dios: su Reino de Justicia y Paz. ¿Qué responsabilidad histórica tenemos los sacerdotes, obispos, animadores de comunidades, religiosos, profesores de religión en los colegios, etc., en esas grandes fallas y omisiones? 

Nos preguntamos: ¿no es hora de que los creyentes que tenemos alguna responsabilidad pastoral en nuestra Iglesia revisemos juntos con los laicos nuestras actividades y nuestro quehacer pastoral?  El enfoque principal debería ser, creemos, transformarnos todos y todas en verdaderos constructores del Reino en todas sus dimensiones. ¿Qué habrá que cambiar en los procesos de formación para que aquellos empresarios cristianos puedan crear empresas «diferentes», donde lo primero es el ser humano y no la ganancia para el propietario? Y esta pregunta debemos hacérnosla para cada sector de la humanidad, para cada dimensión de la vida. No puede ser que sigamos siendo Iglesia y predicando en nombre de Jesús sin lograr que quienes son «lo más grandioso de la Iglesia» sean verdaderamente testigos del Evangelio y actúen de manera radicalmente diferente a como lo harían quienes no son cristianos.

Jesús no se preocupó por las tradiciones religiosas ni por las doctrinas, sino por hacer visible y presente el Reino de Dios. Jesús abrió el horizonte para que sus seguidores (laicos y laicas) vivieran de manera diferente «en la entraña del mundo, en el matrimonio, en la profesión, en el negocio, en el mercado, en el jornal de cada día», grandes testigos de «otro mundo posible», de respeto a la naturaleza (creación), de procesos de liberación de todas las esclavitudes, empobrecimientos y exclusiones. Creemos que ahí está la tarea principal de quienes hemos sido llamados al trabajo pastoral en la Iglesia. ¿No será que nos hemos olvidado de lo principal? Recordemos Mt 6, 33: «Busquen primero el Reino de Dios». 

Cita 10 del capítulo III (La Iglesia) en el libro “El Evangelio de Mons. Romero”

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