Hay momentos en los que la fe se queda sin apoyos: Dios calla y nada parece sostener. El Sábado Santo no lo explica; lo pone delante. Y en ese silencio, María permanece.
Se puede creer y, sin embargo, vivir descentrado. San Agustín lo reconoció sin rodeos: “Tarde te amé”. No buscaba poco, buscaba mal. Volver al centro no es un añadido espiritual; es la condición para que todo encaje.
Entre la presión de una cultura secularizada y la tentación de adoptar lógicas de poder dentro de la propia Iglesia, el cristiano está llamado a una fidelidad serena: permanecer en el mundo sin diluir el Evangelio ni convertir el servicio en ambición.jgsf
La sinodalidad no es una reforma de estructuras, sino una llamada a vivir de verdad la comunión. Y eso interpela de lleno al modo concreto de ejercer el sacerdocio hoy.
Reducir el mal a explicación psicológica o social no lo elimina; lo desfigura. Existe una dimensión personal que interpela la libertad humana y que no puede ser disuelta sin vaciar de contenido la responsabilidad moral.