La secularización era esto (1).
Hemos abandonado las iglesias, pero no la necesidad de lo sagrado.
Durante décadas, gran parte de las élites intelectuales occidentales creyó haber entendido la dirección de la historia. Que, a medida que avanzaran la educación, la ciencia, la tecnología y la prosperidad, la religión retrocedería. Que las iglesias se vaciarían, que los dogmas perderían su influencia y que lo sagrado terminaría por ocupar un lugar cada vez menos significativo en la vida colectiva.
Todo parecía indicar que esta tesis era irrefutable. Sobre todo en Europa, la práctica religiosa disminuyó; descendió el número de vocaciones religiosas; la autoridad de las instituciones religiosas se resintió. En conclusión, la secularización se mostró como uno de los pocos procesos históricos tan inexorables como la ley de la gravedad.
Entonces sucedió algo inesperado. Las iglesias comenzaron a vaciarse, pero las sociedades no se volvieron menos fervorosas; las antiguas ortodoxias perdieron parte de su autoridad y surgieron otras nuevas; los grandes relatos religiosos sufrieron un retroceso en la aceptación de su significado y otros relatos potentes ocuparon buena parte de su espacio. La evidencia muestra que la necesidad de vincularse a una comunidad moral y de sentido permaneció intacta. Entonces, ¿qué desapareció o qué disminuyó realmente? La respuesta apunta a las formas que tradicionalmente estructuraban lo sagrado y no a la necesidad humana que las sostenía.
Puede que esta sea la gran sorpresa cultural de nuestro tiempo. La secularización ha triunfado menos de lo esperado y de lo que creemos. Y no porque la religión tradicional haya regresado. Digamos claramente que no lo ha hecho. La sorpresa es más profunda. Lo que ha ocurrido es que lo sagrado ha cambiado de lugar.
Durante años, la discusión se ha centrado en si vivimos en sociedades religiosas o seculares. ¿Y si la pregunta estaba mal formulada desde el principio? ¿Y si la cuestión fundamental no es si creemos más o menos en Dios que nuestros abuelos? Porque la cuestión de fondo es qué realidades consideramos hoy intocables.
Porque toda sociedad, por muy racional, tecnológica y laica que se considere, establece zonas de fuerte protección simbólica. Me refiero a determinadas ideas, valores, identidades, símbolos o narrativas que dejan de ser simples opiniones y se convierten en referencias absolutas. Son realidades que no solo se defienden, sino que incluso llegan a venerarse; no solo generan discusión, sino que también son consideradas sagradas, tanto moral como existencialmente.
Desde esta perspectiva, reconocemos la misma dinámica en numerosos ejemplos de la política contemporánea. Hasta hace solo unas pocas décadas, las ideologías se presentaban principalmente como proyectos orientados a organizar la economía y las instituciones. En cambio, actualmente funcionan cada vez más como sistemas de identidad que no se limitan a proponer soluciones, sino que también —y principalmente— ofrecen vínculos de pertenencia, reconocimiento y sentido. Producen por doquier ortodoxias, herejías y mecanismos de exclusión, y sentencian quién pertenece al grupo y quién queda fuera.
Las redes sociales han actuado como catalizadores de este proceso. Pensemos que nunca resultó tan fácil construir comunidades morales tan rápido, casi instantáneamente. Nunca estuvo tan al alcance identificar de inmediato las desviaciones doctrinales. Y nunca tuvimos una infraestructura tecnológica tan capaz de responder a cualquier discrepancia mediante un espectáculo público masivo y demoledor.
No fue casual la aparición de la palabra “cancelación” —boicot público y masivo en las redes sociales contra alguien, en castigo por alguna publicación—. Lo significativo no es que surjan conflictos, pues estos son inevitables. Lo llamativo es la forma que adoptan en nuestra época. Porque las polémicas digitales se desarrollan cada vez más como disputas sobre la pureza moral y cada vez menos como discusiones racionales entre ciudadanos. La lógica que subyace ya no es la del debate, sino la de la contaminación. El problema ya no radica en que alguien pueda estar equivocado, sino en que se le considera impuro y, por lo tanto, debe ser silenciado y apartado. Y es preciso señalar que este fenómeno no se da exclusivamente en una ideología concreta. Aparece en casi todos los ámbitos políticos y culturales, donde los contenidos varían, pero la estructura de castigo permanece.
Podemos identificar el mismo patrón en el ámbito del consumo. Durante mucho tiempo, pensábamos —ingenuamente— que las marcas solo vendían productos. Hoy ya nos hemos dado cuenta de que lo que realmente venden las grandes marcas son identidades. La compra de determinados productos se ha convertido en una expresión pública de quiénes somos y de la comunidad a la que pertenecemos. Como consumidores, cuando elegimos lo que compramos, no solo adquirimos bienes, sino que también nos sumergimos en narrativas cautivadoras, buscamos reconocimiento, mostramos valores e incluso exhibimos cierto estatus. El mercado ha aprendido una lección a la que la teoría social va a la zaga. Y es que los seres humanos no compramos únicamente movidos por criterios de utilidad, sino que también compramos sentido.
El deporte también reproduce esquemas similares. Resulta difícil encontrar otro fenómeno capaz de aglutinar a cientos de millones de personas en torno a símbolos compartidos, rituales periódicos e intensas experiencias emocionales colectivas. Quien haya vivido un estadio de fútbol lleno en una final importante sabe que allí ocurre algo que va mucho más allá del entretenimiento. Y no es casualidad que el lenguaje que utilizan los aficionados y los periodistas esté lleno —ya sea de manera sutil o explícita— de referencias a la fe, la devoción, el sacrificio, la gloria o la redención. Durante mucho tiempo, estas semejanzas se han interpretado como simples metáforas, aunque tal vez no lo sean y estemos observando la misma necesidad humana expresándose en contextos distintos.
El auge de las espiritualidades alternativas apunta en la misma dirección. Mientras las religiones institucionales pierden su influencia en amplios sectores de la población, proliferan nuevas formas de búsqueda espiritual. Meditación, mindfulness, retiros, experiencias transformadoras, prácticas de bienestar, conciencia expandida, psicologías del crecimiento personal y un sinfín de propuestas híbridas ocupan un espacio cada vez mayor en el ámbito social y vital. A menudo se presentan como fenómenos completamente nuevos, pero no lo son. Lo nuevo no es que haya una búsqueda de trascendencia, sino que dicha búsqueda ya no necesita presentarse como religión.
Y entonces aparece la inteligencia artificial. La conversación pública de 2026 está llena de preguntas sobre regulación, empleo, productividad o seguridad. Sin duda, son cuestiones muy importantes. Pero quizá estemos pasando por alto otra cuestión aún más inquietante. ¿Qué ocurre cuando los individuos de una sociedad delegan la orientación intelectual, emocional e incluso existencial en los sistemas algorítmicos? Ciertamente, las tecnologías siempre han potenciado las capacidades humanas. Lo singular de la inteligencia artificial va más allá y empieza a ocupar territorios que antes reservábamos para otras figuras de autoridad. Cada vez más personas consultan a la IA sobre su salud, el amor, qué estudiar, cómo educar a sus hijos, cómo afrontar una crisis personal o qué sentido darle a una decisión difícil. Lo significativo y preocupante es que no estamos hablando simplemente de herramientas, sino de confianza. Y toda confianza profunda tiene implicaciones culturales que van mucho más allá del ámbito tecnológico.
Llegados a este punto, conviene aclarar un posible malentendido. Nada de esto significa que el fútbol sea realmente una religión, que las marcas sean iglesias o que la inteligencia artificial sea un nuevo dios. La cuestión de fondo es otra. Las sociedades actuales están llenas de experiencias que funcionan como religión, pero sin llamarse religión. Son experiencias que proporcionan identidad, comunidad, orientación moral, trascendencia simbólica y narrativas compartidas.
Durante años hemos observado estos fenómenos por separado. La política, por un lado; el consumo, por otro; las redes sociales, por otro; el deporte, por otro; la tecnología, por otro. Quizá el error haya sido precisamente ese. Quizá todos estos formen parte de una misma historia y del mismo sustrato.
Porque la gran equivocación de las élites culturales no fue pensar que las religiones podían perder influencia. Eso era perfectamente plausible y, en buena medida, ha ocurrido. La equivocación consistió en creer que la desaparición de las formas religiosas implicaría también la de su raíz, que no es otra que la necesidad humana de lo sagrado.
La historia reciente parece sugerir exactamente lo contrario. Cuanto más secular se declara una sociedad, más visible resulta la energía que dedica a crear nuevos espacios de significado absoluto. Y aquí aparece una consecuencia inesperada. Durante mucho tiempo, hemos contado la secularización como una historia de pérdida. Como la pérdida de Dios, de la trascendencia, de la religión. Tal vez debamos empezar a considerarla de otra manera. Tal vez la secularización no sea la historia de cómo desapareció lo sagrado, sino la historia de cómo lo sagrado escapó de sus antiguas formas e instituciones. Como la historia de una fuerza cultural, una realidad que abandonó un territorio para colonizar muchos otros y se diversificó. En otras palabras, nos centramos en la historia de una mutación.
Porque quizá Dios no haya muerto del todo en la cultura contemporánea. Quizá simplemente haya dejado de vivir donde pensábamos y lo buscábamos. Y quizá la tarea intelectual más urgente de nuestro tiempo no sea explicar por qué las sociedades modernas han dejado de creer, sino comprender en qué creen ahora.