El becerro de oro de la motosierra: la crueldad política y la apostasía social en Argentina
OPINIÓN I CRÍTICA SOCIAL
"Una interpelación ética e individual frente al desmantelamiento del Estado, el severo costo humano del ajuste fiscal y la preocupante falta de idoneidad en la gestión pública"
Desde mi estricta responsabilidad individual y con la mirada puesta en el sufrimiento de los sectores más desprotegidos, levanto la voz ante el experimento político y económico que atraviesa Argentina. No se trata de un simple plan de ajuste; es una preocupante cruzada ideológica conducida por la improvisación y la falta de idoneidad institucional. Ante un modelo que idolatra el superávit fiscal sacrificando la dignidad humana en el altar del mercado, la vocación ética y pastoral me impide guardar silencio ante lo que considero una auténtica apostasía social.
No se puede servir a dos señores, y en la sociedad contemporánea, el altar de la patria común parece profanado para adorar a un nuevo becerro de oro: el superávit fiscal a costa del bienestar más elemental de los inocentes. Desde esta tribuna personal, donde la fe no puede convertirse en cómplice del silencio ni la política en un mero ejercicio de descarte humano, me veo compelido a levantar la voz ante el experimento que hoy atraviesa Argentina. Estamos ante un modelo que no solo genera fracturas políticas y sociales profundas, sino que plantea un serio dilema ético que choca frontalmente con la defensa de los marginados y expone una pavorosa degradación en las altas esferas de la gestión pública.
El misterio de la incompetencia encumbrada
La gran incógnita que asalta a cualquier observador racional al mirar el actual organigrama de gobierno es cómo y por qué determinados personajes han llegado a ocupar los sillones de mayor trascendencia nacional. Asistimos a una preocupante deserción del profesionalismo y de la cordura institucional. Ocupan ministerios, secretarías y bancas legislativas figuras que no exhiben la idoneidad necesaria en la administración del Estado, en las leyes fundamentales o en la realidad más elemental del entramado social que pretenden dirigir.
Se trata de un alarmante vacío de preparación. Sin caer en el agravio fácil ni etiquetar estas conductas con descalificaciones clínicas, la reality cotidiana de sus declaraciones lo sugiere con fuerza. Los arrebatos doctrinarios combinados con un dogmatismo económico ciego configuran un escenario que desafía toda lógica gubernamental. Ver a funcionarios públicos celebrar el congelamiento de fondos para la asistencia alimentaria básica, con una frialdad preocupante en el rostro, obliga a preguntarse si se ha perdido colectivamente el juicio. No es una dolencia médica, es algo más profundo: es una desconexión total con la dignidad humana y una incompetencia evidente disfrazada de revolución ideológica.
El cinismo burocrático en la función pública
Lo verdaderamente inquietante de este panorama no es solo la falta de herramientas técnicas para gobernar, sino que la escasez de propuestas sólidas viene acompañada de una marcada soberbia. Dirigentes que carecen de trayectoria en la gestión de crisis estructurales y que desconocen el funcionamiento de las redes de contención comunitaria dictan hoy el destino de millones de almas desde la distancia digital. Manejan una realidad humana y compleja como si se tratara de un frío algoritmo financiero.
Cuando la ineptitud se reviste de poder absoluto, el resultado inmediato es el debilitamiento de las instituciones legítimas y el florecimiento del desamparo. El costo de esta improvisación en el ejercicio del mando lo están pagando los jubilados que no alcanzan a cubrir sus medicamentos. Gobernar requiere templanza, una sólida preparación y, sobre todo, una profunda empatía; virtudes que parecen ausentes en este esquema de conducción.
La política del descarte y la idolatría del mercado
La gestión pública se ha transformado en una cruzada radical. Bajo la consigna de la reducción absoluta del Estado, se ejecuta un programa que vulnera el bienestar de las clases medias y de los sectores más desprotegidos. No estamos ante un simple plan de estabilización económica; nos encontramos ante la decisión política deliberada de retirar la protección pública de sus funciones más sagradas: la justicia distributiva, la salud, la educación y el amparo de los más débiles.
Hacer política destruyendo el tejido comunitario no es audacia; es una preocupante crueldad institucionalizada. Mientras los indicadores de vulnerabilidad social aumentan a niveles alarmantes, el relato oficial celebra la frialdad de los números macroeconómicos en un ejercicio de soberbia que contrasta con cualquier conciencia democrática y humanista. La política, que debería ser una de las formas más altas de la caridad orientada al bien común, ha sido secuestrada por un mesianismo económico que sacrifica vidas humanas en aras del capital.
La contradicción espiritual y la manipulación de los valores
Este fenómeno también interpela profundamente la dimensión espiritual y comunitaria. Desde mi vocación pastoral, observo con genuina preocupación la utilización de conceptos elevados. La retórica del mandatario, plagada de apelaciones místicas y un uso puramente instrumental de símbolos de fe, contrasta violentamente con el núcleo del mensaje de compasión y la tradición profética que exige ponerse siempre al lado del oprimido. El plano espiritual no legitima el egoísmo individualista ni el sálvese quien pueda.
No es coherente invocar una supuesta inspiración superior mientras se persigue, se estigmatiza o se asfixia a las redes de solidaridad que sostienen la vida en los barrios más desfavorecidos. La verdadera dimensión ética no se mide en discursos histriónicos ni en el alineamiento con extremos ideológicos globales; se mide en el pan compartido y en el abrigo al desamparado. La defensa de la vida implica defender la dignidad del ser humano, no un libertarismo radical que idolatra la codicia como motor social.
El aislamiento internacional y la quiebra del diálogo
En el plano exterior, la diplomacia se ha visto reducida a un escenario de confrontación ideológica permanente. Los agravios innecesarios a líderes de otras naciones, los desplantes en foros multilaterales y la retórica hostil no engrandecen las relaciones internacionales; aíslan al país y limitan sus posibilidades de desarrollo. Esta rigidez gubernamental no solo daña los vínculos históricos de la nación, sino que debiliza la calidad institucional interna al alimentar un clima de intolerancia hacia el periodismo y hacia cualquier voz disidente.
La falta de idoneidad se traduce aquí en un evidente peligro geopolítico. Cuando la política exterior se maneja con la inmadurez propia de un foro de discusión digital, la nación pierde credibilidad y respeto. Quienes dirigen las relaciones con el mundo parecen desconocer las normas fundamentales de la convivencia internacional, arrastrando el prestigio acumulado hacia el abismo del descrédito.
Clamor por la dignidad humana
La economía debe estar decididamente al servicio del ser humano, y nunca el ser humano supeditado a los intereses de la economía. El severo ajuste fiscal que hoy sufre la ciudadanía no representa un sacrificio inevitable; constituye una falta de orden moral que afecta la paz social.
Esta Plaza Pública mantendrá mi compromiso inquebrantable de no callar ante un proyecto que deshumaniza la acción política, entrona la incompetencia y pervierte los valores de la solidaridad y la fraternidad universal. La reconstrucción de una sociedad justa no vendrá de la mano de un individualismo radical conducido por manos inexpertas, sino del reencuentro comunitario, de la justicia social y de la defensa irrenunciable de los derechos de los postergados. Es hora de detener el deterioro, exigir idoneidad a quienes nos gobiernan y encender, de una vez por todas, los valores de la dignidad y la compasión.