De la disidencia orgánica a la amnesia colectiva: La gran traición al legado de Bergoglio
ECUMENISMO E HISTORIA
"Ha pasado algo más de un año desde la muerte de Jorge Mario Bergoglio y los sectores más rancios del catolicismo romano pretenden imponer un olvido sistemático. Su objetivo es presionar a León XIV para volver a un invierno eclesial que el nuevo pontífice ya ha rechazado mantener"
La memoria eclesiástica suele ser un territorio en disputa, y el escenario posterior al primer aniversario del fallecimiento del Papa Francisco resulta desolador. Como sacerdote anglicano que observa el latir de la fe desde este foro público, me veo en la obligación de denunciar que estamos ante una flagrante traición ecuménica y ante el síntoma de una sociedad anestesiada que prefiere el sectarismo identitario antes que la fraternidad del Evangelio. Quienes durante más de una década recurrieron a todas sus plataformas para desgastar, impugnar y desobedecer abiertamente al pontífice argentino han pasado, casi sin transición, de la resistencia activa al intento de desmantelar su herencia por la vía del silencio y la restauración neoconservadora. Pero este retroceso no es solo un problema interno del catolicismo romano, nos afecta a todos los que caminamos bajo la gracia de Cristo.
Para entender la deriva actual, considero obligatorio hacer memoria histórica y teológica con rigor, poniendo nombres, apellidos y títulos a esta campaña sin ambigüedades. Los mismos sectores inmovilistas que hoy intentan borrar a Francisco llevan años manipulando la figura de su antecesor, Joseph Ratzinger. Olvidan, de forma interesada, que Benedicto XVI fue un auténtico visionario de la Iglesia contemporánea. En un acto de una lucidez institucional sin precedentes en la era moderna, Ratzinger fue capaz de renunciar al cargo el 28 de febrero de 2013 exactamente; un paso al frente revolucionario para no caer en la misma situación que su antecesor, Juan Pablo II, cuya dolorosa y sobreexpuesta agonía paralizó los mecanismos de gobierno de la Curia. Ratzinger entendió antes que nadie que el papado no era un trono absoluto ni un martirio biológico obligatorio, sino un servicio que exigía unas fuerzas que él ya no poseía. Aquella renuncia profética no fue una huida, sino el acto doctrinal que abrió, precisamente, la puerta a las reformas urgentes de Francisco.
Sin embargo, observo con dolor cómo el ultraconservadurismo eclesial más integrista ha preferido amputar la complejidad de Ratzinger para convertirlo en un fetiche dogmático y usarlo como ariete contra Bergoglio. En el plano curial e internacional, esta disidencia orgánica estuvo articulada en primer término por los purpurados firmantes de los célebres dubia: el cardenal estadounidense Raymond Leo Burke, el alemán Walter Brandmüller y los ya fallecidos Carlo Caffarra (arzobispo de Bolonia) y Joachim Meisner (arzobispo de Colonia), quienes cuestionaron formalmente el magisterio petrino. A esta resistencia doctrinal se sumaron altas dignidades de la Curia Romana, destacando el cardenal Gerhard Ludwig Müller, exprefecto del Dicasterio para la Doctrina de la Fe, cuyas publicaciones censuraron abiertamente el desarrollo del Sínodo, el cardenal guineano Robert Sarah, exprefecto de la Congregación para el Culto Divino, y el arzobispo y exnuncio apostólico Carlo Maria Viganò, quien llegó a exigir públicamente la renuncia del propio pontífice. En nuestro propio suelo, palpo cómo esta insurrección institucional contra el modelo de hospital de campaña de Francisco ha sido respaldada por miembros de la jerarquía episcopal española como Jesús Sanz Montes (Arzobispo de Oviedo) y Juan Ignacio Munilla (Obispo de Orihuela-Alicante). Estos prelados, en estrecha alianza con los canales de agitación digital que dirigen sacerdotes como Francisco José Delgado Martín, Gabriel Calvo Zarraute o Juan Manuel Góngora desde la plataforma La Sacristía de la Vendée, han operado sistemáticamente para debilitar las bases de la comunión.
Durante años, comprobé cómo intentaron dinamitar los puentes ecuménicos fundamentales que Francisco construyó con mi propia comunidad, la Comunión Anglicana —a la que Bergoglio nunca miró como una realidad de segunda, sino como hermana de camino—. Hoy, al no haber podido derribar la sinodalidad ni la teología de la misericordia en vida del Papa argentino, esta facción rancia pretende forzar un violento golpe de timón bajo el actual pontificado, utilizando la fe como un arma de confrontación en una sociedad civil polarizada que devora con ansia dogmas ideológicos porque ha perdido la capacidad de pensar críticamente. Quienes buscan socavar la primavera eclesial yerran en su dirección teológica: el Papa León XIV ya ha dejado claro en sus primeros pasos que la sinodalidad y la fraternidad universal no fueron una ocurrencia pasajera de su antecesor, sino el rumbo irreversible del pueblo de Dios. La presión asfixiante que los colectivos rigoristas ejercen sobre Roma no busca convencer al nuevo pontífice —cuya línea de continuidad es firme—, sino amedrentar a las bases y aislar los avances conseguidos.
La estrategia de la amnesia y la parálisis de la CEE
El gran exceso que hoy denuncio en mi propio espacio, es el silencio calculado de los sectores incapaces de asimilar la modernidad. En multitud de diócesis españolas, veo con estupefacción cómo las reformas del Sínodo se han metido discretamente en un cajón y los encuentros de oración conjunta vuelven a ser vistos bajo la sospecha del relativismo por parte de quienes añoran una cristiandad medieval. Quienes veían con pánico una estructura menos piramidal actúan hoy como si la primavera de Francisco nunca hubiera existido, desoyendo los llamamientos del nuevo Papa a no dar un solo paso atrás. Mientras tanto, contemplo una Conferencia Episcopal Española (CEE) que se debate en una parálisis crónica, prefiriendo callar para no incomodar a los sectores más ruidosos y adinerados del catolicismo patrio.
El colapso ético de una sociedad en tregua
Este repliegue eclesial se retroalimenta con la complacencia de una ciudadanía secularizada que prefiere un estamento ornamental, mudo y predecible antes que una voz transversal que le recuerde sus propias miserias morales. La religión se devalúa así hasta ser instrumentalizada con fines puramente partidistas para justificar discursos excluyentes que criminalizan al diferente y al inmigrante. Olvidan unos y otros que la fe no es un refugio ideológico contra la modernidad, sino un espacio de encuentro.
La Iglesia en España —en toda su diversidad y tradiciones— no puede permitirse dar pasos atrás. Enterrar el legado ecuménico de Francisco y olvidar la lección histórica de honestidad institucional que nos dejó la renuncia de Benedicto XVI para regresar a una institución aduana sería un suicidio evangélico. Hoy más que nunca, desde la fraternidad bautismal que nos une, sostengo que necesitamos que el catolicismo español se sacuda el inmovilismo rancio y se sume sin ambages al rumbo de apertura que León XIV mantiene vivo, demostrando que este foro público debe seguir siendo un lugar incómodo, inclusivo y verdaderamente fiel al Evangelio.