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Biblia Textual Contemporánea: La primera Biblia traducida por la IA. Fidelidad a los originales griegos y hebreos.

Durante años, la traducción de la Biblia desde las lenguas originales ha estado al alcance de muy pocos. Mi mujer y yo hemos querido contribuir a cambiar eso. Con la ayuda de herramientas de inteligencia artificial, hemos traducido los 73 libros de la Biblia directamente del hebreo y del griego, y hemos puesto el resultado a disposición de todos, de forma gratuita, en Salmodiando.es. La traducción está disponible en castellano, valenciano, catalán, gallego, euskera e inglés.

Con frecuencia, las palabras encierran matices, imágenes y formas de pensar que van mucho más allá de su traducción literal. Cuando esos matices se comprenden y se conservan, el mensaje original adquiere una profundidad y una claridad que a menudo pasan desapercibidas en una simple equivalencia entre palabras.

Blblia | Ramón Fandos

Enseño inglés desde 1982, y si algo me ha revelado el oficio es que una palabra rara vez cabe entera en su traducción. Lleva dentro una imagen, y en esa imagen reside casi siempre lo más valioso.

Pongamos un ejemplo. En inglés, room unas veces significa «habitación» y otras «sitio». El alumno se desconcierta, porque recibe dos traducciones que parecen no guardar relación alguna. Pero basta mostrarle la idea que las une para que todo encaje: room es espacio.Bedroom es el espacio de la cama, el dormitorio; y «hazme sitio» se dice make room.

Este cambio de enfoque transforma por completo el aprendizaje. El alumno deja de acumular traducciones inconexas y empieza a comprender la lógica interna del idioma. Ya no memoriza palabras; comprende conceptos. Y la diferencia es tan evidente que la compruebo cada día en mis clases online: cuando se entiende la idea que hay detrás de las palabras, el inglés deja de ser un conjunto de excepciones y se convierte en un sistema coherente y mucho más fácil de dominar.

Con el hebreo y el griego sucede lo mismo, aunque con una diferencia que conviene decir en voz alta: en inglés, una mala traducción confunde; en la Biblia, puede sembrar de miedo una vida entera. El Eclesiastés proclama: «Vanidad de vanidades, todo es vanidad» (Ecl 1,2). La palabra hebrea es hével: vaho, aliento, ese vapor que brota de la boca en una mañana fría y se desvanece al instante. El autor no desprecia la vida; nos recuerda que es breve y que no podemos retenerla. Leída así, la frase deja de sonar a condena y se convierte en una invitación a vivir con plenitud (Ecl 9,7-9).

Ante una Biblia nueva, muchos católicos de buena fe se preguntan quién la respalda: lo que no lleva el aval de Roma, intuyen, no merece confianza. Por eso no responderé con opiniones; dejaré que hable la historia.

Cuando traducir costaba la vida

En 1526, el sacerdote inglés William Tyndale publicó el Nuevo Testamento traducido del griego. Donde la tradición decía «sacerdote», escribió «anciano»; donde decía «haced penitencia», «arrepentíos»; donde decía «Iglesia», «congregación». No inventó nada: eso es exactamente lo que dicen las palabras griegas. Pero cada una quitaba un ladrillo al poder clerical.

Tomás Moro, canciller de Inglaterra, acusó a Tyndale de traducir mal esas palabras y defendió entregar a los herejes al brazo secular. Durante su cancillería, seis personas murieron en la hoguera por herejía, y en al menos tres casos Moro persiguió e interrogó personalmente a los acusados. Tyndale acabó estrangulado y quemado como hereje en 1536. Moro, venerado hoy como mártir de su conciencia, negó ese mismo derecho a quienes leían la Biblia de otra manera.

¿Qué clase de institución condena a muerte a quien no le da la razón? No era el exceso de un fanático: en 1520, León X condenó como error la afirmación de Lutero de que quemar herejes va contra la voluntad del Espíritu (Exsurge Domine). También la Ginebra de Calvino quemó a Servet: el mal no era de una confesión, sino de toda autoridad religiosa que confunde la verdad con su supervivencia. Quien mata para que no se discuta su interpretación ya no defiende la verdad: defiende su poder. Caifás lo dijo sin pudor: «Os conviene que muera uno solo por el pueblo» (Jn 11,50).

Esconder sin prohibir

Hoy nadie quema traducciones. Basta con cargar ciertas palabras de un peso moral que no tenían. Metánoia, la primera palabra que predica Jesús (Mt 4,17), significa cambiar de mirada; durante siglos se leyó «haced penitencia». Con «infierno» se tradujeron por igual el Sheol, la morada de todos los muertos, y la Gehenna, el valle maldito de Jerusalén; por eso el Credo dice que Jesús «descendió a los infiernos»: a la morada de los muertos, no a la de los condenados (CEC 633). Cuando una traducción elige siempre el sentido más duro, ya no traduce: predica.

La propia Iglesia lo reconoce. El papa Francisco admitió que el Padrenuestro francés, aprobado durante cincuenta años, presentaba a Dios como tentador: «Soy yo quien cae, no Dios quien me arroja». Una traducción aprobada puede estar equivocada. El sello certifica que nada contradice la fe; no crea la Palabra. El Magisterio, enseña el Vaticano II, no está por encima de la Palabra de Dios, sino a su servicio (Dei Verbum 10).

Una Biblia que es de todos

En 1478 se imprimió en Valencia la Biblia traducida al valenciano por el cartujo Bonifaci Ferrer, «molt vera e catholica». La Inquisición la destruyó; solo sobrevive una hoja. Hoy la hemos traducido desde el hebreo y el griego al castellano, valenciano, catalán, gallego y euskera, con ayuda de herramientas de inteligencia artificial. Nos han permitido profundizar a fondo en el verdadero sentido de cada palabra original. Una máquina no sabe qué es rezar; pero, bien guiada, ayuda a que un texto antiguo vuelva a leerse sin moralismos. No lleva imprimatur ni lo pretende: quiere leerse junto con la Biblia de la Conferencia Episcopal. No pedimos a nadie que nos crea: ponemos el original delante para que cada uno lo compruebe.

Está en salmodiando.es, una web gratuita, sin publicidad ni registro, para rezar a solas o en comunidad. Se puede leer entera en cualquiera de estas lenguas, o en dos a la vez comparando versículos; buscar una palabra en toda la Biblia; encontrar versículos sobre temas como la ansiedad, el perdón o la soledad; seguir un capítulo cada día o un reto de 30 días; y, sobre todo, rezar con ella. Cada versículo puede abrirse en una aplicación de Lectio Divina especialmente cuidada, basada en la tradición monacal.

Jesús leyó las Escrituras en la sinagoga de su pueblo, ante gente sencilla (Lc 4,16-21). No las encerró. Las abrió.

fandosrj@gmail.com

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