Mística para gente normal: Manual para encender el fuego de Dios en el día a día
Me he preguntado muchas veces qué relación podía haber entre Jesús y su afirmación en el evangelio de que "El es la puerta". He investigado las interpretaciones habituales, lo he discutido con amigos, monjes y laicos, y nunca había llegado a ninguna explicación realmente satisfactoria, hasta ahora.
Hace poco encontré la respuesta escuchando a un alguien que, curiosamente, no era cristiano: un monje budista. Fue muy revelador, porque enlazaba directamente con la experiencia de San Juan de la Cruz y Santa Teresa de Jesús.
La vida mística es de todos y para todos
La puerta representa la entrada al momento presente, y esto para nosotros los cristianos tiene un nombre: Jesucristo. Él es quien nos da, con su amor, la certeza de que el ahora es lo mejor que nos podía pasar. Por eso dice: "Yo soy la puerta: quien entre por mí se salvará y podrá entrar y salir, y encontrará pastos" (Jn 10,9).
Pero hay factores que nos roban ese presente. El pensamiento compulsivo nos distrae y nos dispersa; gran parte de nuestro estrés y falta de energía son consecuencia de ese flujo de pensamientos automáticos y sin control. Estos son los ladrones de los que habla Jesús: los que entran por otra parte, no por la puerta, para robar y matar. Nos roban la paz y la alegría y con ello la capacidad de estar aquí y ahora, de habitar el instante presente donde Jesús nos espera.
Esta es la "vida de las mariposas de noche" a la que se refería Santa Teresa: todos esos pensamientos que vuelan sin rumbo y que anulan la voluntad. Por eso insistía tanto en la necesidad de "recogimiento interior", de volver la mirada hacia dentro para encontrar a Dios. Muchas veces echamos la culpa de nuestra tristeza o de nuestro cansancio al trabajo o a las relaciones con los demás —y con razón, porque ambas cosas son hoy en día fuente de conflicto—. Pero si renunciamos a estar en ese exterior disperso y nos detenemos un momento, descubriremos una manera de ser y de vivir que ni imaginábamos que podía existir.
Esta puerta no se atraviesa con prisas ni con ruido. San Juan de la Cruz lo expresó en el comienzo de su "Noche oscura": la salida hacia Dios ocurre "estando ya mi casa sosegada" . La "casa" es nuestra alma, y el "sosiego" es el silencio interior. No hay encuentro real con Dios mientras los pensamientos gritan, mientras la casa está revuelta. Por eso el santo llama "dichosa ventura" a esa noche en que todo se aquieta: porque es en el silencio donde Dios puede hablar.
Es curioso cómo se iguala la experiencia de Dios en todas las religiones cuando atendemos al plano místico. Los budistas lo llaman meditación; nosotros, los cristianos, oración en silencio. El nombre cambia, pero la puerta es la misma: el momento presente habitado con atención y amor.
Es curioso cómo se iguala la experiencia de Dios en todas las religiones cuando atendemos al plano místico. Los budistas lo llaman meditación; nosotros, los cristianos, oración en silencio. El nombre cambia, pero la puerta es la misma: el momento presente habitado con atención y amor.
Santa Teresa describió este camino con una imagen sencilla: el alma es como un jardín que necesita agua para crecer. El agua puede sacarse de muchas maneras: del pozo con esfuerzo (la oración vocal), de la noria con más trabajo (la meditación discursiva), o dejando que llueva (la oración contemplativa, que es puro regalo de Dios). Pero en todos los casos, sin agua —sin oración— el jardín se seca.
En esa meditación u oración silenciosa nos descubrimos más allá de lo que dábamos por hecho. Descubrimos que, en lo más íntimo, somos una presencia compartida con Dios: una presencia que no juzga, que no tiene miedo, que está por encima y más allá de ese ego que hemos construido con los años y que nos proporcionaba una falsa y desesperanzadora identidad.
San Juan de la Cruz describe el momento culminante de este camino con una de las estrofas más bellas de la poesía universal: "¡Oh noche que juntaste amado con amada, amada en el Amado transformada!" . El alma no desaparece, no se anula: se "transforma" en Dios, como el hierro al rojo vivo se transforma en fuego sin dejar de ser hierro. La identidad verdadera no es el ego (que es pura apariencia), sino esa presencia compartida que emerge cuando la casa se sosiega.
Y si perseveramos en esa oración, podremos ver cómo esa presencia —que es lo que somos en realidad— empieza a emerger en nuestro día a día, transformando por completo nuestra manera de ver el mundo y de vivir los acontecimientos.
Y si perseveramos en esa oración, podremos ver cómo esa presencia —que es lo que somos en realidad— empieza a emerger en nuestro día a día, transformando por completo nuestra manera de ver el mundo y de vivir los acontecimientos.
Este es el Pastor del que habla el Evangelio. No es un extraño que nos grita desde fuera. Es nuestro yo verdadero, el que existe en comunión con el Padre. Es la voz que las ovejas reconocen porque la llevan grabada en lo más hondo.
Santa Teresa llamaba a esta voz la "presencia real" de Dios en el centro del alma. Decía que Dios está en lo más íntimo del espíritu "como quien está en su propia casa", y que basta con retirarse a ese "castillo interior" para encontrarlo. No hay que subir al cielo ni bajar al abismo: Dios está dentro, esperando que cesemos el ruido.
San Juan de la Cruz añade que esta guía es "más cierta que la luz del mediodía". Paradójicamente, la noche (la ausencia de certezas externas) se convierte en la luz más segura, porque ya no dependemos de lo que vemos o sentimos, sino de la fe que arde en el corazón. Cuando aprendemos a silenciar a los ladrones (los pensamientos que roban y matan), esa voz empieza a guiar nuestra vida. Y entonces, como prometió Jesús, tenemos vida, y vida en abundancia.
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