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Milagros XXL: ¿Serían suficientes para convertirnos?

Si viéramos el mar abrirse ante nuestros ojos, ¿creeríamos más que los israelitas?

Cruzando el Mar Rojo | Ramón Fandos

Hay un momento en la historia del Pueblo de Israel que resulta especialmente inquietante: cuando Dios, cansado de tantas quejas e infidelidades, declara que “no entrarán en su descanso”. Ni el pueblo, ni siquiera Moisés, que también dudó al golpear dos veces la roca. Dios les había concedido todo lo que habían pedido, pero el pueblo elegido nunca se daba por satisfecho.

Caminar —como vivir— no es fácil. Las adversidades aparecen sin avisar: el mal, la desgracia, los golpes que no esperábamos. Y con ellos surgen las quejas. La historia de Israel se repite hoy, aquí, en nuestras vidas, en nuestro deseo de que todo sea como creemos que debería ser.

Nuestras preferencias han cambiado: en lugar de maná y codornices, pedimos trabajo, dinero, salud perfecta, éxito, estabilidad, que nada se complique, que todo salga como yo quiero...

Cuando pedir cosas se convierte en el centro de nuestra relación con Dios, el corazón entra en una dinámica muy peligrosa. Primero se vuelve dependiente: incapaz de madurar, siempre esperando recibir y sin fuerza para entregarse. Después se vuelve exigente: lo que ayer era un regalo, hoy se vive como un derecho, y nunca parece suficiente. Y finalmente se vuelve ciego: Dios puede hacer maravillas delante de nosotros y, aun así, no las vemos, porque estamos obsesionados con lo que falta.

El desierto no endurece el corazón. Lo endurece "la expectativa constante de que Dios me resuelva la vida".

No nos engañemos. Aunque Dios hiciera hoy milagros tan grandes como los de Egipto —el mar abriéndose, el Faraón derrotado, el Sinaí temblando, la nube que guiaba, el maná cayendo, el agua brotando de la roca— seguiríamos sin tener suficiente. Cuando uno vive pendiente de lo que le falta, ni los milagros pueden saciarlo.

Con un corazón abierto y entregado a la voluntad de Dios, en cambio, hasta lo pequeño se vuelve milagro. Porque Dios está constantemente obrando en nuestra vida, igual que lo hacía con los israelitas.

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