El miedo y la culpa detrás de los abusos: El suicidio espiritual en el seno de la Iglesia

En Juan 16,8‑11, Jesús describe la misión del Espíritu Santo con tres palabras que se convierten en un diagnóstico claro de nuestra condición de hijos de Dios y de los poderes religiosos que intentan oprimirla.

“Cuando venga, dejará convicto al mundo acerca de un pecado, de una justicia y de una condena.”

No hagáis lo que ellos hacen
No hagáis lo que ellos hacen | Ramon Fandos

Acerca de un pecado

El pecado del que habla Jesús no tiene que ver con robar, mentir o cometer actos impuros. El pecado —el único pecado— es “no creer en Él”, es decir, desvirtuar la lógica del Amor que Jesús encarna.

Creer en Jesús es aceptar una forma de vivir donde la libertad vale más que la norma y la dignidad más que la obediencia; justo lo contrario de lo que ocurre cuando el miedo se convierte en el motor de la vida, obligándonos a depender de poderes que nos prometen seguridad a cambio de nuestra sumisión más absoluta.

Acerca de una justicia

A Jesús lo mataron porque los "buenos y religiosos" de turno no pudieron manipularlo. No tenía miedo y nunca dejó de confiar en ese Amor que lo impulsaba a denunciar la injusticia. Esa fidelidad lo colocó directamente en el punto de mira de estos poderes que desenmascaraba, y fueron ellos quienes acabaron crucificándolo.

Estos son los verdaderos “príncipes de este mundo”. No son seres caricaturescos con cuernos y cola, sino personas y estructuras que se imponen porque necesitan controlar para existir. Ese “príncipe” es toda forma de poder —religioso, político o psicológico— que se alimenta del miedo y se sostiene mediante la culpa.

El poder del “príncipe” no necesita violencia explícita. Le basta con ocupar el lugar de Dios en la conciencia: decir cómo es Dios, qué piensa, a quién aprueba y a quién rechaza. Ese es el poder más maligno y a la vez más difícil de detectar: el que se reviste de sacralidad para someter.

"Acerca de una condena"

Pero Jesús afirma que ese poder ya está condenado. No porque haya sido destruido, sino porque ha sido desenmascarado. Cuando el Espíritu revela la verdad, el miedo pierde su aguijón. Cuando aparece el amor, la culpa deja de ser herramienta de control.

El mundo —acostumbrado al miedo y a la manipulación— necesita descubrir que existe otra manera de vivir, otra manera de relacionarse con Dios y con los demás. Y, sobre todo, necesita descubrir que hay una manera de derrotar a este príncipe opresor: el amor. El amor incondicional que condena y desarma al tirano porque libera del miedo.

Ahí está el núcleo del evangelio de Juan: El príncipe somete con el miedo; Jesús libera con el amor.

"Pues estoy convencido de que ni muerte, ni vida, ni ángeles, ni principados, ni presente, ni futuro, ni potencias, ni altura, ni profundidad, ni ninguna otra criatura podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor". (Rm 8,38‑39)

fandosrj@gmail.com

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