Lefebvre y Roma: un conflicto que revela los límites de un modelo de Iglesia
El conflicto entre Roma y los seguidores de Marcel Lefebvre no cuestiona realmente el clericalismo
Mientras el sujeto efectivo de la Iglesia siga siendo una minoría clerical —aunque esté dividida entre Roma y Ecône— seguirán reproduciéndose conflictos como el actual.
Hay conflictos que, por mucho que se presenten como debates doctrinales, en realidad hablan sobre el modelo de Iglesia que subyace a ellos. El prolongado enfrentamiento entre el Vaticano y el movimiento lefebvriano es uno de esos casos.
Desde hace más de medio siglo, la discusión gira en torno a la autoridad, la tradición, la liturgia, el Concilio Vaticano II o la obediencia. Sin embargo, una lectura desde una eclesiología evangélica, de comunión, participativa y desclericalizada permite descubrir que el verdadero problema no es únicamente qué doctrina se defiende, sino quién posee el poder para definirla y cómo se estructura la comunidad eclesial.
Paradójicamente, el conflicto entre Roma y los seguidores de Marcel Lefebvre no cuestiona realmente el clericalismo; enfrenta dos maneras distintas de comprender y ejercer la autoridad eclesial. No son posiciones equivalentes. La propuesta del Vaticano, especialmente desde el Concilio Vaticano II, incorpora una renovación eclesiológica de enorme alcance. Pero el conflicto sigue desarrollándose, en buena medida, dentro de un marco donde el protagonismo efectivo continúa concentrado en las élites clericales.
La nueva ordenación que ha reabierto la crisis
La reciente decisión de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X de proceder a una nueva ordenación episcopal sin mandato pontificio ha vuelto a situar el conflicto en primer plano. Después de décadas de contactos intermitentes con la Santa Sede y de algunos gestos de acercamiento, la Fraternidad ha optado nuevamente por garantizar su propia sucesión episcopal al margen de la autorización de Roma.
Desde la perspectiva vaticana, el problema es evidente: en la eclesiología católica hegemónica, la comunión con el Obispo de Roma se expresa también en que ningún obispo puede ser consagrado legítimamente sin mandato pontificio. La ordenación de un obispo sin esa autorización supone una ruptura grave de la disciplina eclesial y cuestiona la unidad visible de la Iglesia.
Para la Fraternidad, en cambio, la situación de “estado de necesidad” que, según ellos, vive la Iglesia justificaría actuar sin ese consentimiento para preservar la tradición litúrgica y doctrinal que consideran amenazada.
Ahora bien, ambas posiciones no poseen el mismo grado de consistencia eclesiológica. La postura de la Santa Sede se apoya en un principio constitutivo de la tradición católica hegemónica: la comunión episcopal articulada en torno al ministerio del Obispo de Roma. La decisión lefebvriana, por el contrario, introduce una excepción cuya legitimidad decide el propio grupo que la aplica. Paradójicamente, para defender la autoridad de la tradición termina atribuyéndose una autoridad superior a la de la propia Iglesia que afirma querer preservar.
Las posiciones son conocidas. Lo interesante es advertir qué presupuestos siguen compartiendo. Porque la discusión vuelve a girar casi exclusivamente en torno a quién tiene autoridad para transmitir el ministerio episcopal.
El centro del debate no son las comunidades cristianas, ni la evangelización, ni los pobres, ni el anuncio del Reino, sino la legitimidad del ejercicio del poder sacramental y jurisdiccional. Una vez más, el sujeto visible del conflicto son, sobre todo, las élites clericales.
Una disputa dentro de un paradigma todavía muy clerical
Si algo caracteriza al discurso eclesiológico crítico, que busca una Iglesia desclericalizada, es la insistencia en distinguir entre la Iglesia nacida del Evangelio y determinadas formas históricas que ha adoptado la institución eclesiástica.
La Iglesia no se identifica sin más con su aparato jurídico ni con sus estructuras de poder. Es, ante todo, el Pueblo de Dios convocado por el Espíritu.
Desde esta perspectiva, el Vaticano y el lefebvrismo comparten todavía importantes rasgos de una eclesiología donde el protagonismo efectivo continúa concentrándose en la jerarquía. Sin embargo, no lo hacen con la misma intensidad ni en la misma dirección. Mientras el Vaticano II abrió una comprensión de la Iglesia como Pueblo de Dios, comunión y sinodalidad —aunque su recepción práctica siga siendo incompleta—, el lefebvrismo representa precisamente una reacción frente a ese desarrollo conciliar y acentúa un modelo mucho más rígidamente clerical y piramidal.
Naturalmente, existen diferencias importantes entre ambos. Roma defiende la recepción del Vaticano II, mientras que la Fraternidad mantiene una crítica profunda a aspectos centrales del Concilio. Pero, incluso en la Iglesia postconciliar, las decisiones decisivas continúan descansando en gran medida en el ámbito episcopal y clerical. El pueblo cristiano aparece con demasiada frecuencia como destinatario de esas decisiones, más que como verdadero sujeto eclesial.
El debate se desarrolla entre obispos, cardenales… Los y las fieles apenas existen como protagonistas.
El pueblo ausente
Uno de los aspectos más originales de la eclesiología del Vaticano II consiste en recuperar la centralidad del bautismo frente a la hipertrofia del ministerio ordenado. La Iglesia no nace del sacerdote. Nace de la fe compartida.
El ministerio existe para servir a la comunidad; no la comunidad para legitimar el ministerio. Cuando esta relación se invierte, aparece el clericalismo: una concepción según la cual la vida eclesial queda monopolizada por quienes ejercen el poder sacramental o jurídico.
Precisamente eso explica por qué un conflicto como el actual acaba ocupando el centro de la escena eclesial.
Las negociaciones nunca se plantean preguntando qué necesitan las comunidades cristianas para anunciar mejor el Evangelio, cómo favorecer una mayor participación de los y las laicas o cómo hacer más visible el Reino de Dios.
El centro del problema son cuestiones como el estatuto canónico de una fraternidad sacerdotal, la jurisdicción para administrar sacramentos, las competencias doctrinales o la autoridad del Papa.
Ahora, con la nueva ordenación episcopal, el foco vuelve a situarse sobre la sucesión apostólica entendida como problema de legitimidad jurídica entre obispos. El resto de la Iglesia permanece prácticamente invisible.
El peso de una eclesiología piramidal
Buena parte de los malestares contemporáneos en la institución provienen de conservar una imagen excesivamente jerárquica de la Iglesia.
Aunque el Vaticano II recuperó la categoría bíblica de Pueblo de Dios y abrió caminos como la colegialidad y la sinodalidad, en muchos aspectos la práctica posterior siguió funcionando mediante un esquema vertical: la autoridad decide; la base recibe.
En ese contexto resulta perfectamente comprensible que pueda producirse un conflicto como el actual entre Roma y los lefebvrianos. La disputa consiste principalmente en determinar quién representa legítimamente la autoridad. Es una discusión semejante a la que puede producirse dentro de cualquier institución altamente centralizada: todos aceptan la necesidad de una autoridad, aunque discrepan profundamente sobre quién puede ejercerla y en qué condiciones.
¿Y si el problema fuera el modelo?
¿Qué ocurriría si la Iglesia estuviera organizada de otra manera? Si las comunidades locales tuvieran una auténtica capacidad deliberativa. Si los procesos de discernimiento fueran realmente sinodales. Si los y las laicas participaran corresponsablemente en las decisiones. Si la autoridad fuera entendida prioritariamente como servicio y no como concentración de competencias.
En un modelo así, la ordenación de un obispo no sería percibida únicamente como un acto de transmisión de poder dentro de una élite clerical, sino como un acontecimiento que implicaría verdaderamente a la comunidad que ese ministerio está llamado a servir.
Conflictos como el actual perderían buena parte de su dramatismo, porque dejarían de ser luchas por el control institucional para convertirse en procesos de discernimiento eclesial.
Las primeras comunidades como referencia
Las primeras comunidades cristianas ofrecían una imagen mucho más dinámica y participativa. Existían ministerios. Había liderazgo. Pero la comunidad precedía a la institución. Las decisiones importantes nacían del discernimiento común bajo la acción del Espíritu.
El llamado Concilio de Jerusalén constituye precisamente un ejemplo de búsqueda comunitaria más que de imposición unilateral. La fórmula “Hemos decidido el Espíritu Santo y nosotros” expresa una autoridad compartida que difícilmente puede identificarse con el monopolio de una élite clerical.
Naturalmente, sería ingenuo idealizar aquellas comunidades. Pero también sería un error olvidar que el cristianismo nació mucho más cerca de una soro-fraternidad de iguales que de una organización piramidal.
El clericalismo adopta formas distintas
El clericalismo no tiene un único color ideológico. Puede ser progresista. Puede ser conservador. Puede defender el Vaticano II. Puede combatirlo.Puede celebrar la liturgia reformada. Puede celebrar exclusivamente el rito preconciliar.
En todos los casos aparece cuando la Iglesia deja de entenderse como comunidad de bautizados y pasa a concebirse principalmente como una organización dirigida por especialistas de lo sagrado, los clérigos.
Desde este punto de vista, el lefebvrismo constituye una expresión particularmente intensa del clericalismo tradicional, pues identifica casi por completo la continuidad de la Iglesia con la continuidad de un determinado modelo de autoridad clerical.
La posición de Roma, por el contrario, incorpora elementos decisivos de renovación eclesiológica gracias al Vaticano II. Sin embargo, corre el riesgo de reproducir parcialmente esa misma lógica cuando la resolución del conflicto queda reducida casi exclusivamente a una cuestión de competencias jurídicas entre autoridades eclesiásticas, dejando nuevamente en un segundo plano al conjunto del Pueblo de Dios.
Volver al Evangelio
Se trata de recuperar la convicción evangélica de que todos los y las bautizadas participan de una misma dignidad y de una misma responsabilidad en la misión.
Eso era, en buena medida, lo que el Vaticano II abrió como horizonte para una auténtica renovación eclesiológica. El problema no reside tanto en el Concilio cuanto en la insuficiente recepción de algunas de sus intuiciones más profundas. Mientras el sujeto efectivo de la Iglesia siga siendo una minoría clerical —aunque esté dividida entre Roma y Ecône— seguirán reproduciéndose conflictos como el actual.
Cuando el verdadero sujeto vuelva a ser el Pueblo de Dios, la pregunta dejará de ser únicamente quién tiene derecho a ordenar obispos y pasará a ser la decisiva: cómo anunciar hoy el Evangelio de Jesús y construir comunidades donde la autoridad sea, de verdad, servicio.