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Apagouse un lume (y II)

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Los ojos de los pájaros muertos guardan la memoria que son los recuerdos grabados por el viento en el tiempo, decía. En su corazón solo escuchaba el silencio de las palabras ahogadas en la boca de los que ya se habían ido. En los reflejos del sol en el estanque del camino, a la puerta de su casa, veía el mundo como olas vibrantes que se desmoronaban en las orillas de su alma sin edad. Andaba envuelto en una niebla,  honda y profunda, como la que amortaja a los muertos que le hacían señales desde la lejanía. Las fronteras de todos los seres se habían desvanecido. Había olvidado todo lo que había vivido, conocido y sufrido. El mundo le era como un rostro desconocido. Ya nada tenía nombre, pero todo estaba impregnado de la infinita sencillez del descanso y la paciencia. El último destello de lucidez que los vivos recuerdan haberle oído, hacía mucho tiempo, fue: “Y tuvimos la arrogancia de pensar que teníamos todo por delante”.

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