El Papa Francisco denunció sin ambigüedades una economía que descarta y una política que protege más a los mercados que a las personas. Y conviene decirlo con claridad: una política que acepta que los techos de un hospital público se caigan mientras se reclama más gasto en armas es una política moralmente fallida, aunque se vista de patriotismo y retórica de seguridad.
La referencia a supuestos aduladores o a un presunto aislamiento moral introduce un elemento psicológico que, aunque literariamente eficaz, carece de base verificable. No existen datos que permitan afirmar que las decisiones responden a un entorno acrítico o a una desconexión ética. Incorporar este tipo de argumentos desplaza el debate del terreno institucional al de la sospecha personal, empobreciendo el análisis.
Hoy, más que nunca, se percibe que un cristianismo clerical y paternalista está de capa caída. La Iglesia es, antes que nada, el pueblo de Dios, no los jerarcas que se creen dueños de la fe y de los creyentes. Estos forman parte de la Iglesia, pero no son la Iglesia, ni mucho menos; su autoridad no puede reemplazar la libertad y la conciencia de todo bautizado.
Que Torres Queiruga hable en un seminario no es una amenaza, sino una oportunidad formativa. Los futuros sacerdotes no necesitan burbujas ideológicas, sino herramientas para pensar, discernir y acompañar a comunidades reales, marcadas por preguntas profundas y sufrimientos concretos.
Este es el país real que algunos se empeñan en negar. El de las personas migrantes que sostienen sectores enteros de la economía, que pagan impuestos, que contribuyen a la Seguridad Social, que rejuvenecen una sociedad envejecida. El de quienes no vienen a quitar nada, sino a sumar vida, esfuerzo y esperanza
«Es nuestro destino manifiesto extendernos por el continente que la Providencia nos ha asignado para el libre desarrollo de nuestros millones que crecen cada año».
Todo este trabajo pastoral y social tiene un claro impulso en la figura del obispo diocesano, Fernando García Cadiñanos. Cercano, trabajador y atento a la realidad del territorio, el prelado ha apostado desde el inicio por una Iglesia en salida, comprometida con el mundo rural, la acogida de migrantes y el acompañamiento de los jóvenes.
Fue un obispo incómodo también por eso. Cercano a los últimos, atento a las heridas sociales de su tierra, convencido de que no hay paz verdadera sin justicia. Sabía —como decía Helder Câmara— que “si doy pan a los pobres me llaman santo, pero si pregunto por qué los pobres no tienen pan, me llaman comunista”. A él le ocurrió lo segundo.
Así, sin aspavientos y sin necesidad de aplausos, el burlador termina burlado, no por una asociación, ni por un adversario ideológico, sino por aquello que nunca falla: la verdad, que no se ríe, pero tampoco se deja ridiculizar.
No hubo en su intervención tonos ideológicos ni discursos de confrontación. Al contrario, el obispo apeló al diálogo, a la responsabilidad compartida y al bien común, recordando que ninguna sociedad se construye excluyendo ni enfrentando.
No era la droga. O al menos no solo. A Estados Unidos le interesa el petróleo venezolano, y su presidente lo ha dicho sin eufemismos. Venezuela posee las mayores reservas de crudo del mundo, incluso por encima de Arabia Saudí.
La lógica del Herodes contemporáneo no se limita a un solo país. En el continente americano, Donald Trump volvió a mostrarla con crudeza. En su discurso sobre Venezuela, no pronunció ni una sola vez la palabra “democracia”, pero repitió 27 veces la palabra “petróleo”. El mensaje fue inequívoco: lo que está en juego no son valores universales, sino recursos estratégicos y control geopolítico.
Su historia nos recuerda que ser Iglesia es, sobre todo, ser coherente, humano y valiente, y que, en muchas ocasiones, los verdaderos constructores de la comunidad cristiana no están en la cúpula, sino en la vida concreta de cada creyente que vive su fe con integridad y amor.
La política de Trump combina deportaciones masivas, presión económica sobre países pobres y una estrategia de apropiación de recursos que genera sufrimiento humanitario. Las sanciones, bloqueos y amenazas de intervención no solo debilitan la economía y provocan escasez, sino que empujan a millones a buscar refugio fuera de sus fronteras. Cada política anunciada, cada declaración de interés sobre recursos extranjeros, tiene un efecto directo sobre la vida de familias que no tienen otra opción que migrar.
Desde una mirada creyente, la vida de Chelo Carballal Balsa confirma que Dios sigue actuando hoy. No a través de grandes estrategias, sino mediante personas buenas, disponibles, capaces de asumir la fatiga histórica sin perder la ternura. Dios se deja ver en vidas así.
Las calles brillan intensamente mientras, en tantos hogares, la nevera permanece a media capacidad. La contradicción es tan evidente que casi duele: millones gastados en luces mientras miles no pueden costear una cena digna.
No es casual que a Jesús se le despreciara por su origen. “¿No es este el hijo del carpintero?”, se preguntaban. Venía de Nazaret, un lugar sin prestigio. El desprecio por lo pequeño no es nuevo. Ya entonces se dudaba de que algo valioso pudiera surgir de un sitio así. Y, sin embargo, desde allí se pronunció un mensaje que sigue interpelando siglos después.