Durante siglos, la Iglesia ha anunciado el Evangelio de la igualdad mientras mantenía estructuras que silenciaban a la mujer. Volver a Jesús —y a su forma de mirar, acoger y enviar— no es opcional: es la única manera de recuperar la credibilidad perdida.
¿Y si el mayor peligro no fuera la guerra, sino la banalización de lo sagrado? Xabier Pikaza lanza una advertencia incómoda: cuando el dinero ocupa el lugar de Dios, incluso Jerusalén puede convertirse en un escaparate sin alma.
La postura de Édouard Divry sobre la mujer en la Iglesia revela una teología cerrada —es decir, una teología que confunde fidelidad con repetición y que rechaza toda revisión como amenaza— que ignora la acción viva del Espíritu Santo en la historia. Lejos de defender la Tradición, la convierte en un sistema inmóvil ajeno al Evangelio y al sensus fidei del Pueblo de Dios.
En un mundo saturado de pantallas y conexiones fugaces, la soledad se ha convertido en la gran herida silenciosa de nuestro tiempo.
Frente a este espejismo digital, la figura de Constantino Bada emerge como un testimonio vivo de que también en las redes es posible sembrar encuentro, fe y humanidad.
Romano Guardini lo expresó de un modo luminoso: “El que se abandona en Dios, no se pierde, se encuentra”. El abandono no es rendición ciega, sino confianza amorosa
El debate sobre la eutanasia vuelve al primer plano entre juicios, doctrinas y posiciones enfrentadas. Pero, en el fondo, no habla de ideas: habla del sufrimiento humano y de nuestra capacidad —o incapacidad— para acompañarlo con compasión.
La participación del cardenal Müller en un entorno alineado con Donald Trump revela una preocupante deriva: la fe utilizada para legitimar discursos de poder, confrontación y amenaza.
Cuando el Evangelio se mezcla con la lógica del “matón de barrio”, no solo se traiciona su esencia, sino que se pone en riesgo la credibilidad misma de la Iglesia.
En el silencio de Nazaret, San José encarna una de las revoluciones más profundas del Evangelio: la de un hombre que aprende a ser padre renunciando a poseer.
Más allá de tópicos devocionales, su figura revela una vocación creyente radical, hecha de escucha, conversión y cuidado de lo sagrado en lo cotidiano.
Frente a una Iglesia tentada por el poder, Juan Cejudo representa, sesenta años después, la vigencia de un Evangelio vivido sin privilegios: desde el trabajo, la comunidad y la cercanía a los excluidos.
Durante siglos los primeros cristianos comprendieron esa enseñanza de forma literal. Muchos se negaban a participar en las guerras del Imperio porque intuían algo que la historia confirmaría una y otra vez: la violencia tiene una lógica propia que termina devorando incluso a quienes creen utilizarla para una causa justa.