Donald Trump se presenta como dueño del mundo, repartiendo amenazas, sanciones y castigos como si los pueblos fueran piezas de un tablero de ajedrez en el que él marca cada una de las reglas del juego.
Mientras la guerra vuelve a presentarse como solución y el poder bendice la violencia, la voz del Papa y el clamor de los niños recuerdan una verdad incómoda: el Evangelio no admite neutralidad ante la muerte. Entre misiles, discursos patrióticos y silencios cómplices, la paz vuelve a ser una exigencia moral, no una consigna ingenua.
Frente a quienes, desde ciertas posturas dogmáticas, quisieron tachar a Castillo de hereje, su obra espiritual lo retrata como lo que verdaderamente fue: un hombre de Dios, un teólogo de rodillas, un pensador que rezaba y un orante que pensaba.
La muerte de Antonio Tejero Molina, aclamado y bendecido en sus últimos días, contrasta con la memoria de quienes entregaron su vida al servicio de los demás y sufrieron persecución por su compromiso. Este contraste invita a preguntarnos cómo vive hoy la Iglesia la coherencia del Evangelio entre justicia, misericordia y memoria histórica.
El auge de los proyectos políticos que hacen de la exclusión su bandera no es solo una amenaza para el Estado social, sino una quiebra moral que interpela directamente a la conciencia cristiana. El Papa ha advertido en los últimos meses del peligro que supone la instrumentalización de la fe, la normalización del miedo y la tentación de redefinir la dignidad humana en función de la utilidad o el origen. España se encuentra hoy ante ese riesgo. Lo que se presenta como un simple cambio de gobierno encierra, en realidad, un modelo que desconfía del pobre, señala al migrante y vacía de contenido la justicia social, en abierta contradicción con el corazón del Evangelio y con la Doctrina Social de la Iglesia.
Venezuela celebra mientras aún no ha terminado de contar el precio. Tras años de hambre, represión y oscuridad, el alivio ha llegado rápido y desde fuera, y precisamente por eso resulta peligroso. Porque cuando la libertad llega empaquetada, con contratos firmados en despachos lejanos y decisiones tomadas sin el pueblo, la pregunta ya no es si el país ha salido del infierno, sino si ha entrado en una nueva forma de dependencia más ordenada, más limpia y más difícil de combatir.
Las iglesias se vacían, las estadísticas enfrían y la fe parece diluirse. Pero la Cuaresma vuelve a recordarnos que el Evangelio no se mide en números, sino en vidas transformadas y en comunión reconstruida.
No llevan alzacuellos ni viven en palacios, pero sin ellos la Iglesia simplemente dejaría de existir en medio mundo. Son 2,9 millones de rostros anónimos...
“Tienen ojos y no ven” (Mc 8,18), dice el Evangelio. La negación del cambio climático no es solo un error científico, sino una opción moral que sacrifica la vida en el altar del beneficio. Cuando se desmontan las políticas de protección ambiental y se desacredita el conocimiento, no se está defendiendo la libertad, sino legitimando la muerte lenta de millones de personas y la devastación de la creación, ese don que no nos pertenece, pero del que somos responsables.
La trata de personas no es un fallo del sistema, sino una de sus consecuencias más coherentes. Allí donde todo se compra y se vende, también se compran cuerpos, se trafica con vidas y se normaliza la esclavitud mientras la sociedad mira hacia otro lado.
La democracia se erosiona no solo desde el poder, sino también desde una oposición que convierte el insulto en estrategia y el ruido en proyecto. Las palabras y los gestos de Miguel Tellado no son anécdotas ni errores aislados: son la confirmación de una forma de hacer política incompatible con la convivencia democrática y con los principios éticos que el Partido Popular asegura representar.
Se evita hablar de pobres y se usan términos como “vulnerables” o “deambulantes”. En 2024, 189.000 familias y 350.000 personas solas dependían de programas sociales.
Mientras tanto: sanidad colapsada, listas de espera indecentes, cribados de cáncer desmantelados. Personas que llegan tarde al diagnóstico. Personas que no llegan. Frente a eso, no hay cuidado: más paciencia, más sacrificio, más silencio. Muy evangélico todo, si tu evangelio se escribe con billetes.
Y entonces llegó la herida más dura. Enfermo, no pudo asistir a una misa obligatoria del régimen, una misa de Primo de Rivera. Por esa ausencia —debida a que estaba Enfermo— fue expulsado del cargo de guardia municipal. Sin juicio, sin defensa, sin explicación.
La Doctrina Social de la Iglesia es tajante. Gaudium et Spes afirma que la persona humana es el principio, el sujeto y el fin de toda organización social. Cuando ese orden se invierte y la contabilidad ocupa el lugar de la vida, no estamos ante una opción técnica, sino ante un pecado estructural.
Frente a ese mundo de muros, expulsiones y castigo al inocente, la actitud de Fernando García Cadiñanos se sitúa en una lógica radicalmente distinta: la del Evangelio de la compasión, la centralidad del vulnerable y la primacía de la persona. No es casual que su ministerio haya estado marcado por la cercanía a los presos, la defensa de la reinserción y la atención constante a quienes quedan fuera del sistema.