El debate sobre la eutanasia vuelve al primer plano entre juicios, doctrinas y posiciones enfrentadas. Pero, en el fondo, no habla de ideas: habla del sufrimiento humano y de nuestra capacidad —o incapacidad— para acompañarlo con compasión.
La participación del cardenal Müller en un entorno alineado con Donald Trump revela una preocupante deriva: la fe utilizada para legitimar discursos de poder, confrontación y amenaza.
Cuando el Evangelio se mezcla con la lógica del “matón de barrio”, no solo se traiciona su esencia, sino que se pone en riesgo la credibilidad misma de la Iglesia.
En el silencio de Nazaret, San José encarna una de las revoluciones más profundas del Evangelio: la de un hombre que aprende a ser padre renunciando a poseer.
Más allá de tópicos devocionales, su figura revela una vocación creyente radical, hecha de escucha, conversión y cuidado de lo sagrado en lo cotidiano.
Frente a una Iglesia tentada por el poder, Juan Cejudo representa, sesenta años después, la vigencia de un Evangelio vivido sin privilegios: desde el trabajo, la comunidad y la cercanía a los excluidos.
Durante siglos los primeros cristianos comprendieron esa enseñanza de forma literal. Muchos se negaban a participar en las guerras del Imperio porque intuían algo que la historia confirmaría una y otra vez: la violencia tiene una lógica propia que termina devorando incluso a quienes creen utilizarla para una causa justa.
Hay textos que pretenden defender el sacerdocio, pero en realidad lo que terminan defendiendo es el viejo reflejo clerical de sospechar del Pueblo de Dios. El artículo de Jorge González Guadalix parece partir de una idea inquietante: que la Iglesia corre peligro en cuanto los laicos participan, las mujeres preguntan y la comunidad deja de limitarse a obedecer. Una tesis curiosa para una fe que nació precisamente sin clericalismo y con comunidades vivas.
Los gestos también hablan en la Iglesia. La recuperación del título de “Vicario de Cristo” y el regreso de León XIV al Palacio Apostólico marcan un cambio respecto a la sencillez que quiso encarnar Francisco y reavivan el debate sobre la verdadera naturaleza de la autoridad cristiana: el poder o el servicio.
El endurecimiento del bloqueo estadounidense contra Cuba ha provocado una crisis que golpea directamente a la población civil, afectando alimentos, energía y medicamentos. Frente a esta realidad, surge una pregunta moral profunda: ¿puede justificarse políticamente una estrategia que multiplica el sufrimiento humano, incluso a la luz del mensaje bíblico de justicia y compasión?
La fotografía que acompaña este artículo dio la vuelta al mundo hace algo más de un año. En ella aparece el Papa Francisco en silla de ruedas, con oxígeno, vestido con ropa sencilla y cubierto por una manta o poncho. No hay sotana blanca, no hay solemnidad litúrgica, no hay protocolo ni escenografía de poder. Solo un anciano frágil que quiere rezar.
En un tiempo en que la guerra vuelve a presentarse como estrategia y negocio, el cardenal Domenico Battaglia alza la voz con una denuncia que no busca diplomacia, sino conciencia. Su “Carta a los mercaderes de la muerte” es un grito moral contra quienes convierten la sangre en beneficio y el dolor en cálculo, recordando —desde el Evangelio según Mateo— que ninguna razón de poder puede justificar la muerte de un solo niño.
Las consecuencias humanas ya no son una advertencia futura: son una realidad diaria. En hospitales de todo el país se registran apagones prolongados que obligan a suspender cirugías, a racionar cuidados intensivos y a limitar servicios esenciales. La electricidad, que debería ser incuestionable en cualquier sistema sanitario, se convierte en un bien intermitente incluso en los espacios donde no puede fallar nunca.
La lucha por los recursos, las rutas comerciales y la hegemonía tecnológica está redefiniendo el orden mundial. Pero el Apocalipsis recuerda que los imperios que se presentan como eternos terminan cayendo, porque ningún poder construido sobre la dominación puede sostenerse indefinidamente.
Cada 8 de marzo el mundo denuncia la discriminación contra las mujeres. Pero la Iglesia, que predica la dignidad igual de todos ante Dios, sigue manteniendo una de las exclusiones más persistentes y difíciles de justificar: pedir a las mujeres que sostengan la vida de las comunidades mientras se les niega el acceso real a la autoridad y a los ministerios.
La imagen de varios pastores evangélicos imponiendo las manos sobre Donald Trump en el Despacho Oval pretende transmitir fervor religioso. Pero observada con un mínimo de distancia crítica revela algo más inquietante: cuando la oración se acerca demasiado al poder, corre el riesgo de convertirse en simple legitimación política.
Cada vez que alguien sugiere que la guerra no debería ser la primera opción, surge el coro que lo acusa de ingenuidad. Lo curioso es que muchas de esas voces defendieron hace veinte años una guerra basada en armas de destrucción masiva que jamás existieron.