La propuesta de Feijóo para facilitar las devoluciones de migrantes evidencia una contradicción difícil de ocultar: aplaudir al Papa cuando defiende a los extranjeros y legislar después en sentido contrario.
El celibato obligatorio no nace del Evangelio, sino de una decisión histórica que hoy muestra sus grietas. Mantenerlo como ley universal no solo es discutible: es ignorar un problema que la Iglesia ya no puede seguir aplazando.
Cada vez más sacerdotes viven en silencio una crisis que no es solo personal, sino estructural. Entre la soledad y la falta de comunidad, su vocación se resquebraja.
Cuando desde la Iglesia se señala al Estado por falta de ética, conviene mirar también hacia dentro: la coherencia es la primera condición de la autoridad moral.
En una democracia plural, las lecciones públicas exigen algo más que palabras contundentes.
Llama la atención que quienes más invocan el Evangelio lo utilicen para juzgar, señalar y tomar partido político. Tal vez el problema no sea la sociedad, sino una fe convertida en altavoz ideológico que ha olvidado a quién debía escuchar primero.
La excomunión ya no hace temblar conciencias, porque quien la impone ha dejado de de tener credibilidad. Cuando la autoridad moral se derrumba, incluso el castigo más severo se convierte en ruido vacío.
La estrategia de Miguel Tellado sitúa la gobernabilidad en el centro del debate, pero obliga a preguntarse a qué precio se alcanza. Lo que está en juego no es solo quién gobierna, sino si España avanza en derechos o retrocede en igualdad y memoria democrática.
La Iglesia no se juega hoy solo su relevancia social, sino algo más profundo: su fidelidad al Evangelio frente a la lógica del poder que la tienta a protegerse.
Entre estructuras que se agotan y un cristianismo que busca renacer, la pregunta ya no es institucional, sino radicalmente evangélica: ¿servicio o dominio?