Édouard Divry y la teología del inmovilismo: una crítica a la negación del Espíritu en la Iglesia
La postura de Édouard Divry sobre la mujer en la Iglesia revela una teología cerrada —es decir, una teología que confunde fidelidad con repetición y que rechaza toda revisión como amenaza— que ignora la acción viva del Espíritu Santo en la historia. Lejos de defender la Tradición, la convierte en un sistema inmóvil ajeno al Evangelio y al sensus fidei del Pueblo de Dios.
La posición del dominico Édouard Divry sobre el papel de la mujer en la Iglesia no es simplemente discutible: resulta teológicamente insuficiente, eclesiológicamente reductiva y, en el fondo, contradictoria con la propia dinámica viva de la Tradición que la Iglesia afirma custodiar. Su planteamiento, que pretende defender la fidelidad a la Revelación, termina por convertirla en un sistema cerrado, incapaz de acoger la acción continua del Espíritu Santo en la historia.
El núcleo del problema en Divry es su sospecha sistemática hacia todo desarrollo doctrinal que cuestione estructuras heredadas. Al calificar como “presunción protestante” cualquier intento de revisión, incurre en una simplificación que ignora la propia historia del catolicismo. La Iglesia no ha sido nunca una realidad estática. La comprensión del depósito de la fe ha evolucionado a lo largo de los siglos, no por traición, sino precisamente por fidelidad. Negar esta dinámica equivale a negar el principio mismo del desarrollo doctrinal, articulado con claridad por John Henry Newman y asumido implícitamente por el Magisterio.
Aquí resulta clave recordar las palabras de Jesús: “Cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad completa” (Jn 16,13). No se trata de conservar una verdad ya plenamente explicitada, sino de entrar progresivamente en su profundidad. La postura de Divry parece ignorar esta dimensión escatológica de la verdad cristiana, como si todo hubiera sido ya comprendido de manera definitiva en los primeros siglos. Esta visión no solo empobrece la teología, sino que limita la acción del Espíritu, reduciéndolo a mero garante de repetición.
El propio Jesús advierte contra estructuras religiosas que se cierran a la acción de Dios: “No se echa vino nuevo en odres viejos… el vino nuevo se echa en odres nuevos” (Mt 9,17). Este principio evangélico cuestiona directamente cualquier intento de absolutizar formas históricas como si fueran definitivas.
Además, su defensa de la estructura jerárquica como algo directamente querido por Cristo se apoya en una lectura excesivamente lineal de los orígenes. Que Jesús eligiera a los Doce no implica automáticamente que estableciera un modelo ministerial cerrado y universal para todos los tiempos. La exégesis contemporánea ha mostrado con amplitud que esa elección tiene un fuerte valor simbólico (las doce tribus de Israel) y no puede ser interpretada sin más como normativa absoluta. La identificación directa entre los Doce y el sacerdocio ministerial posterior es, en el mejor de los casos, una construcción teológica posterior, no un dato explícito del Evangelio.
De hecho, los propios evangelios muestran a Jesús actuando de manera que rompe esquemas rígidos: “Le acompañaban los Doce y algunas mujeres… María Magdalena… Juana… Susana… y muchas otras que les servían con sus bienes” (Lc 8,1-3). Y aún más decisivo: las primeras testigos de la Resurrección son mujeres (cf. Mt 28,1-10; Jn 20,11-18), en un contexto cultural donde su testimonio no tenía valor jurídico. Esto cuestiona cualquier intento de absolutizar criterios socioculturales como si fueran voluntad divina inmutable.
Más aún, Divry incurre en una confusión significativa entre diversidad de funciones y exclusión estructural. Nadie discute que en la Iglesia haya diversidad de carismas y ministerios; lo que se cuestiona es si esa diversidad puede justificar una exclusión del ministerio ordenado sistemática basada en el sexo biológico. Apelar a “ya no hay judío ni griego… no hay hombre ni mujer, porque todos sois uno en Cristo Jesús” (Ga 3,28) para afirmar la igualdad fundamental, pero negar sus consecuencias prácticas en el acceso a los ministerios, revela una incoherencia hermenéutica evidente. Si en Cristo no hay distinción en dignidad ni en pertenencia, ¿sobre qué base teológica sólida se sostiene una exclusión sacramental absoluta?
Particularmente débil es su recurso al simbolismo sacramental. La idea de que el sacerdote debe ser varón porque actúa in persona Christi supone una comprensión reduccionista tanto del símbolo como de la encarnación. Si Cristo asume la humanidad entera —no solo la masculinidad—, entonces su representación sacramental no puede depender de una correspondencia biológica estricta. De lo contrario, habría que aceptar consecuencias absurdas: ¿debería el sacerdote ser también judío, del siglo I, y hablar arameo para representar adecuadamente a Cristo?
El argumento simbólico, tal como lo plantea Divry, no resiste un análisis teológico riguroso. La sacramentalidad cristiana opera precisamente en la tensión entre signo visible y realidad invisible, no en una reproducción literal de las condiciones históricas de Jesús. Reducirla a una cuestión de género es empobrecer su profundidad teológica.
En definitiva, la teología de Divry no defiende la Tradición: la congela. Y al hacerlo, corre el riesgo de oponerse precisamente a aquello que pretende salvaguardar: una Iglesia viva, guiada por el Espíritu, en camino hacia una verdad que siempre es mayor que nuestras formulaciones actuales.
Otro punto crítico es su descalificación de las categorías feministas como ajenas a la Revelación. Aquí se percibe una actitud defensiva que evita el diálogo real con las ciencias humanas y sociales. No toda categoría procedente del ámbito sociopolítico es automáticamente incompatible con la fe. La Iglesia misma ha incorporado conceptos modernos —como derechos humanos, dignidad o libertad religiosa— que en su momento también fueron considerados sospechosos. Rechazar de plano nociones como “patriarcado” impide analizar críticamente las mediaciones históricas que han condicionado la vida eclesial.
Más grave aún es su desatención al sensus fidei del Pueblo de Dios. El Concilio Vaticano II afirma con claridad que la totalidad de los fieles no puede errar en la fe cuando manifiesta un consenso universal. Hoy existen innumerables mujeres —formadas teológica, espiritual y pastoralmente— que experimentan una auténtica vocación al ministerio ordenado. Ignorar sistemáticamente esta realidad no es un acto de fidelidad, sino una forma de silenciamiento eclesial.
El propio Jesús advierte contra estructuras religiosas que se cierran a la acción de Dios: “No se echa vino nuevo en odres viejos… el vino nuevo se echa en odres nuevos” (Mt 9,17). Este principio evangélico cuestiona directamente cualquier intento de absolutizar formas históricas como si fueran definitivas.
El Magisterio, además, no opera en el vacío. Como bien señalan, sus enseñanzas no “caen del cielo”, sino que son el resultado de un largo proceso de reflexión teológica, debate, discernimiento y, no pocas veces, conflicto. Pretender que ciertas posiciones actuales son intocables equivale a absolutizar formulaciones históricas que podrían —y en otros casos han podido— evolucionar.
Finalmente, la postura de Divry revela una profunda falta de autocrítica institucional. La Iglesia, que proclama la necesidad de una “nueva evangelización”, parece temer cualquier novedad estructural o doctrinal. Se invoca constantemente la renovación, pero se bloquea cuando esta afecta a cuestiones sensibles como el poder o el ministerio. Aquí se hace evidente la tensión entre discurso y práctica: se habla de apertura, pero se actúa con cerrazón.
Jesús no solo anunció el Reino, sino que desafió estructuras excluyentes: “Los publicanos y las prostitutas os llevan la delantera en el Reino de Dios” (Mt 21,31). Es decir, el criterio de Dios no coincide con los esquemas religiosos cerrados. Aferrarse a formas históricas como si fueran intocables no es fidelidad, sino miedo.
En definitiva, la teología de Divry no defiende la Tradición: la congela. Y al hacerlo, corre el riesgo de oponerse precisamente a aquello que pretende salvaguardar: una Iglesia viva, guiada por el Espíritu, en camino hacia una verdad que siempre es mayor que nuestras formulaciones actuales.