La polémica entre Abascal y el Papa expone una tensión incómoda: cuando el Evangelio se usa como argumento político, pierde su capacidad de interpelar.
En el fondo, no se discute solo sobre migración, sino sobre qué parte del mensaje cristiano se decide escuchar… y cuál se prefiere ignorar.
La Iglesia no se divide solo por ideologías: se debilita cuando olvida lo esencial. Hoy, más que reorganizar estructuras, urge volver al bautismo y recuperar la comunión.
Una visita papal debería ser, ante todo, un gesto de encuentro. Sin embargo, hay silencios que pesan más que cualquier palabra pronunciada.
Cuando quienes han sufrido abusos quedan fuera del marco principal, lo que se pone en juego no es la agenda, sino la credibilidad de toda una institución.
Ayer escribí. Y hoy vuelvo a escribir, como la viuda del Evangelio que no se cansaba de llamar a la puerta del juez injusto. No porque esperara justicia inmediata, sino porque sabía que callar era rendirse. Hoy, después de seis años de silencio ante el sufrimiento de Rafael Vez, y ante la cercanía de una visita papal que muchos temen estéril, insistir se ha convertido en una forma de fidelidad al propio Evangelio.
Cuando quien denuncia posibles abusos de poder termina castigado y olvidado, la cuestión deja de ser disciplinaria y se vuelve evangélica. El caso de Rafael Vez obliga a preguntarse si la Iglesia está siendo fiel a aquello que predica.
Bajo la apariencia de un mensaje espiritual, desembarca en Madrid un modelo de fe convertido en espectáculo, poder e influencia política. Lo que se presenta como esperanza corre el riesgo de ser, en realidad, una maquinaria ideológica que mercantiliza la religión y relativiza sus propios principios éticos.
Cuarenta y cuatro adultos han sido confirmados en la catedral de Mondoñedo en la vigilia de Pentecostés, en una celebración que marca el final de su iniciación cristiana.
Más allá del rito, el acontecimiento invita a repensar el sentido de la confirmación como compromiso vivo con el Evangelio en la vida cotidiana.
La Primera Comunión se ha convertido en uno de los grandes ritos sociales de nuestra cultura, pero quizá hemos olvidado su núcleo más hondo: el encuentro con una vida que se ofrece como alimento.
Entre celebraciones que pasan y experiencias que se diluyen, vuelve la pregunta decisiva: qué significa realmente comulgar y qué queda después en la vida de un niño.
La encíclica recién publicada del Papa sitúa la justicia social en el centro de la vida humana, donde la dignidad del último se convierte en la medida de toda política.
En un mundo atravesado por migraciones, tecnología y desigualdad, el Evangelio vuelve a exigir una fraternidad que no excluye a nadie.