Alzar la mirada sobre lo que queda en la cuneta
La invitación a “alzar la mirada” puede sonar esperanzadora, pero pierde fuerza cuando no se afronta lo que queda en tierra sin ser mirado ni atendido.
En la vida eclesial, también existen silencios que no son neutros: condicionan la credibilidad de toda palabra sobre la verdad.
En los últimos días se nos ha invitado, una vez más, a “alzar la mirada”. La expresión —tomada del Evangelio y recientemente recuperada en una conocida carta pastoral— apela a la esperanza, a salir del desaliento, a no quedar atrapados en la grisura de lo inmediato. Se agradece el tono. Se reconoce la intención. Pero conviene decirlo con claridad: no toda mirada puede elevarse si antes no se revisa lo que la puede estar condicionando desde abajo.
En ese mismo contexto se ha hablado incluso de una “brisa… que nos ha ayudado a mirar sin claudicaciones la verdad”, expresión utilizada en una reciente reflexión pastoral del arzobispo de Oviedo, Jesús Sanz Montes, en torno a la visita del Papa. El lenguaje es sugerente, el propósito comprensible. Pero la pregunta permanece: qué verdad es la que se contempla cuando no siempre se afrontan con la misma intensidad ciertas realidades más cercanas o menos visibles.
Se reconoce la intención. Pero conviene decirlo con claridad: no toda mirada puede elevarse si antes no se revisa lo que la puede estar condicionando desde abajo.
Porque el problema no está en el horizonte, sino en el suelo. Y el suelo, en ocasiones, puede resultar áspero o difícil de transitar.
Se ha hablado también de “mentiras de las gobernanzas”, de “trampas” o de “desigualdades” que dificultan la vida social. Es una denuncia legítima. Pero su fuerza puede verse matizada cuando no se aplica con el mismo nivel de exigencia hacia dentro de las propias estructuras eclesiales, donde también pueden darse dinámicas complejas.
No en forma de grandes titulares ni necesariamente de conflictos públicos, sino en una trama más discreta: situaciones en las que algunas personas que han servido con entrega pueden llegar a sentirse cuestionadas, desplazadas o insuficientemente escuchadas en determinados procesos o decisiones.
En algunos casos, y sin necesidad de concretar situaciones, estas dinámicas pueden dejar tras de sí una realidad especialmente dura: personas que han sido objeto de juicio, de sospecha o de desgaste en su reputación, y que terminan quedando en una especie de periferia invisible, como si acabaran en una cuneta simbólica de la vida eclesial, sin voz, sin reparación y sin que nadie parezca recordar su trayectoria ni su entrega.
En algunos casos, y sin necesidad de concretar situaciones, estas dinámicas pueden dejar tras de sí una realidad especialmente dura: personas que han sido objeto de juicio, de sospecha o de desgaste en su reputación, y que terminan quedando en una especie de periferia invisible, como si acabaran en una cuneta simbólica de la vida eclesial, sin voz, sin reparación y sin que nadie parezca recordar su trayectoria ni su entrega.
Existe una forma de daño que no siempre es visible ni explícita. Puede construirse en la acumulación de insinuaciones, en la falta de explicaciones completas o en decisiones que no siempre van acompañadas de procesos de contraste suficientemente claros. En esos casos, la percepción de injusticia puede instalarse incluso sin que exista una voluntad explícita de causarla.
En este contexto, se menciona con frecuencia —también en el debate interno— lo que algunos describen como dinámicas de corporativismo clerical. No como acusación generalizada, sino como riesgo estructural: cuando la preocupación por preservar la imagen institucional o la estabilidad interna puede llegar a situarse por delante de la transparencia o del acompañamiento adecuado de todas las personas implicadas.
El Evangelio, en cualquier caso, mantiene una exigencia que no se relativiza. «Conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres» (Jn 8,32). Una verdad que no parece referirse únicamente a la formulación doctrinal, sino también a la honestidad en los procesos, en las relaciones y en el modo de gestionar los conflictos.
Y también: «No hay nada oculto que no haya de ser manifestado» (Lc 8,17). No como juicio sobre situaciones concretas, sino como recordatorio de que lo que no se aborda con claridad tiende a reaparecer en forma de tensiones prolongadas o heridas no resueltas.
En este contexto, se menciona con frecuencia —también en el debate interno— lo que algunos describen como dinámicas de corporativismo clerical. No como acusación generalizada, sino como riesgo estructural: cuando la preocupación por preservar la imagen institucional o la estabilidad interna puede llegar a situarse por delante de la transparencia o del acompañamiento adecuado de todas las personas implicadas.
Hay además un aspecto especialmente sensible: las personas que pueden verse afectadas por estas dinámicas. Sin aludir a casos concretos ni a situaciones identificables, es constatable que en cualquier organización compleja pueden darse momentos en los que trayectorias de servicio se vean alteradas por interpretaciones diversas, decisiones acumuladas o procesos no siempre suficientemente explicitados. En esos casos, lo relevante no es solo el contenido de la decisión, sino la calidad del acompañamiento y de la explicación que la sustenta.
Cuando esa dimensión falla o resulta insuficiente, el silencio institucional puede ser percibido como una forma de distancia que agrava el malestar.
El propio Evangelio introduce aquí un criterio exigente: «Si vas a presentar tu ofrenda en el altar y recuerdas que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda… y reconcíliate primero» (Mt 5,23-24). No se trata de invalidar el culto, sino de recordar que la relación humana tiene prioridad cuando ha quedado herida.
La credibilidad institucional no depende únicamente del discurso, sino también de la percepción de coherencia entre lo que se proclama y lo que se gestiona en la práctica. En ese sentido, la transparencia, la escucha y el cuidado de las personas concretas son elementos que sostienen la autoridad moral tanto como los mensajes explícitos.
Por eso, antes de insistir en elevar la mirada, conviene atender al suelo que la sostiene. Qué se escucha. Qué se explica. Qué se revisa. Y también qué puede estar quedando sin el suficiente grado de transparencia o de contraste.
Porque alzar la mirada, sí. Pero no como evasión ni como sustitución de lo que reclama atención más inmediata.
Alzar la mirada solo tiene sentido cuando no se ha dejado de mirar lo que la fundamenta.
La credibilidad institucional no depende únicamente del discurso, sino también de la percepción de coherencia entre lo que se proclama y lo que se gestiona en la práctica. En ese sentido, la transparencia, la escucha y el cuidado de las personas concretas son elementos que sostienen la autoridad moral tanto como los mensajes explícitos.
Y entonces sí, la mirada puede elevarse sin huida. No como escape, sino como consecuencia de una verdad trabajada, asumida y suficientemente cuidada en todos sus niveles.